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¿Somos del Antiguo Testamento?

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Domingo 21º del Tiempo Ordinario

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (13, 22-30)

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?” Jesús les dijo: “Hagan esfuerzo en entrar por la puerta estrecha. Yo les digo, muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta se quedarán fuera y llamarán a la puerta diciendo: ‘Señor, ábrenos’, y él les replicará: ‘No sé quiénes son’. Entonces comenzarán a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas’. Pero él les replicará: ‘No sé quiénes son. Aléjense de mí, malvados’. Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando vean a Abrahán, Isaac y Jacob y todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes estarán echados fuera. Y vendrá de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Miren: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”.

Este Evangelio nos relata un episodio acontecido durante el largo camino de Jesús, desde Galilea hasta Jerusalén, cuya descripción ocupa más de una tercera parte del Evangelio de Lucas (Lc 9,51 a 19,28). En este viaje surgen muchas dudas y preocupaciones, sobre todo de sus discípulos. Una de ellas era el número de los que se salvan. Eso preocupaba a los rabinos en tiempos de Jesús, y no hace muchos decenios a los teólogos católicos.

Los rabinos consideraban que, para salvarse, era necesario o poco menos pertenecer al pueblo elegido; ser parte de la tribu de Israel. Hoy diríamos que para salvarse, es necesario ser parte del Pueblo de la Nueva Alianza, de la Iglesia católica, y esto pesaba y tal vez sigue pesando más que una vida personal intachable. Por tanto, se quedó la confianza en salvarse de manera institucional o con un fuerte toque nacional y exclusivista.

La certeza era que se salvarían todos los hijos de Israel con muy pocas excepciones, y según algunos, en tiempos actuales, sólo se salvarían los católicos romanos. ¿De verdad seguimos creyéndolo? ¿Cometemos el mismo error de los israelitas? ¿Sólo cambiamos el nombre de nuestra religión y usamos la vida de Jesús como nos convenga?

Jesús no responde a esa pregunta, que es más teórica que práctica; prefiere ir más al fondo e insistir en la necesidad y la urgencia de la conversión al Evangelio. El tema de la “puerta estrecha” es una alusión al esfuerzo que requiere la auténtica “metanoia” —conversión—. Aparte de que esa puerta es estrecha, también es cierto que puede cerrarse en cualquier momento; de ahí la urgencia: la conversión no puede dejarse para mañana, para Jesús no existe un tiempo perdido. Jesús hace una llamada apremiante a todos los hijos de Israel, a quienes ha sido enviado por el Padre y que no acaban de aceptar su mensaje y su persona. Jesús ha venido “a los suyos”, ha plantado la tienda en medio de su pueblo; pero ni los vínculos de la sangre ni la aproximación física del Mesías al pueblo de Israel, va a servirles de nada si no se convierten al Evangelio.

Hoy, varias veces seguimos con la espera del Jesús Triunfador, confiando más en la Institución y las tradiciones basadas en la obediencia y ritualismo. Sin embargo, falta lo fundamental, el encuentro personal con el humilde carpintero de Nazaret. Lo que importa para la salvación es la fe y la comunión espiritual con la persona de Jesús. Porque lo que cuenta ya no es la descendencia de Abrahán, según la carne, ni pertenecer sacramentalmente a la Iglesia Católica, sino creer con la fe de Abrahán e incorporarse a Cristo y al Reino que él anuncia. Lo que salva es aceptar y vivir con la fe en el Evangelio, que se presenta sin limitaciones raciales o nacionales, y como un mensaje universal.

La Iglesia debe de seguir este camino y crear un ambiente del encuentro, donde todos, sin exclusión, puedan encontrarse con el Jesús Misericordioso que buscaba lo que estaba perdido. No olvidemos que Él estaba en la oposición al fanatismo y ritualismo que creaba la Institución Veterotestamentaria. Jesús nunca aceptó la Ley por encima de la persona humana, luchaba siempre con las autoridades religiosas que obligaban a pagar tantos impuestos, preocupados más por mantener la institución, que el encuentro personal con el Dios Salvador.

Es buen momento para preguntarse: ¿a quién o qué es lo que sigo en la Iglesia? ¿Es a Jesús, abierto al encuentro con cualquier realidad y debilidad humana? ¿Jesús que nos mostró su amor y perdón incansable al hombre equivocado y pecador? ¿Jesús que no dejó ningún libro de castigos o cánones para excluir a los que eran y pensaban diferente, sino una palabra de consuelo y diálogo con el mundo y homo viator? Este Jesús invita y espera, su voz es dulce y firme, su mirada acogedora. ¿Lo mismo encontramos en nuestra Iglesia Diocesana?

Imagino que la gente humilde, sin privilegios, los pecadores, al escuchar estas palabras del Maestro, se llenaron de alegría; también ellos pueden esperar la salvación. Ya no se sienten marginados y excluidos de la Buena Noticia. Las autoridades exigían demasiado y sus normas no eran entendibles y sin sentido. Por ello, en los sectores fariseos criticaron su mensaje y también su acogida a recaudadores, prostitutas y pecadores. ¿No está Jesús abriendo el camino hacia una relajación religiosa y moral inaceptable?

Con estas bellas palabras, el papa Francisco comentó ese fragmento del Evangelio: “La Iglesia no nace aislada, nace universal, una y católica, con una identidad precisa pero abierta a todos, no cerrada, una identidad que abraza al mundo entero, sin excluir a nadie. La madre Iglesia no le cierra a nadie la puerta en la cara. A nadie, ni siquiera al más pecador, a nadie, y esto por la gracia y la fuerza del Espíritu Santo. La madre Iglesia abre sus puertas a todos porque es madre”. (Homilía: 24 de mayo de 2015).

¿Cuántas veces pensamos y actuamos así en la Iglesia, en nuestras comunidades? En ocasiones seguimos a Jesús como si fuera parte del Antiguo Testamento, y como si fuera uno de los sacerdotes u obispos más. Nos dejamos llevar por lo fácil y sin compromiso cegándonos en la Institución, y sólo cambiamos el sacrificio de animales por el sacrificio espiritual de la Eucaristía, en la cual participamos únicamente como espectadores. Y sólo nos concentramos en lo externo y popular, social, en vez de buscar un auténtico encuentro con el Jesús–hermano. Claro que este camino (esta puerta) es fácil, porque no exige nada y no te hace pensar ni mejorar la Iglesia, la comunidad, las personas.

Jesús no rebaja sus exigencias y nos dirá claramente que seamos misericordiosos como el Padre (y no se vale sentir lástima por alguien), y que perdonemos setenta veces siete (siempre). En este camino es necesario esforzarnos, luchar, imitar al Padre, confiar en su perdón. Hay muchos que tal vez intentan silenciar lo genuino del Evangelio a costa de potenciar simplemente, y funcionar con unos parámetros de obediencia ciega a la Institución.

Ya no estamos en los tiempos de la Inquisición, y la Palabra de Dios debe abrir en vez de excluir. Jesús vino a darnos una palabra de aliento y de esperanza, de salvación y de optimismo, que se sostiene en la seguridad de que hay un Dios que trasciende y deja pequeños nuestros pobres e interesados planteamientos.

Te sigues preguntando, repitiendo la frase del Evangelio de hoy: ¿serán muchos o pocos los que se salven? ¿Me salvaré yo? No olvidemos que el hombre no se salva por sus obras, ni Dios es tan bueno como para llegar a ser “tonto”. La cuestión es saber si en el centro de todo lo que hacemos, decimos, pensamos y construimos… vamos poniendo a Dios o nos vamos pregonando a nosotros mismos, o instituciones y personas que nos convienen.

Busquemos esta puerta estrecha que es el mismo Jesús: “Yo soy la puerta; si uno entra por mí será salvo” (Juan 10,9). Entrar por la puerta estrecha es “seguir a Jesús”; aprender a vivir como él; tomar su cruz y confiar en nuestro Padre Dios.

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