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“No nos dejes a merced de la tormenta”

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Domingo de Pasión

PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, SEGÚN SAN MATEO (26,14–27,66).

Creo que a todos los que vimos por televisión una vacía, lluviosa y bríndate Plaza de San Pedro, quedamos impactados con la imagen. Ningún dramaturgo lo hubiera podido describir. La voz emocionada del papa Francisco se unió al aliento, sin aliento, de la tierra nerviosa por la pandemia. “Señor —dijo el Papa— no nos dejes a merced de la tormenta”.

En 1985, García Márquez —ganó el Premio Nobel en el 82— publicó una novela titulada El amor en los tiempos del cólera. Cuenta una colorida historia de cómo la vida aún puede ser generativa a pesar de la epidemia. Bueno, lo que está acosando ahora a nuestro mundo, no es el cólera sino el coronavirus, Covid-19.

Nada en el transcurso de mi vida ha afectado a todo el mundo, tan radicalmente como este virus. Países enteros han cerrado prácticamente todas sus escuelas; las universidades han enviado a sus estudiantes a casa y están ofreciendo clases en línea; nos han disuadido de salir de nuestras casas y de invitar a otros a venir, y nos han pedido que no nos toquemos unos a otros sino que, por el contrario, practiquemos el “distanciamiento social”.

El tiempo ordinario se ha detenido. Estamos en un momento en que ninguna generación, quizás desde la gripe de 1918, ha tenido que atravesar. Además, no prevemos un fin cercano a esta situación. Ninguno, ni nuestros gobernantes ni nuestros médicos, tienen alguna estrategia segura de salida. Nadie sabe cuándo ni cómo acabará esto.

De aquí que, como los ocupantes del Arca de Noé, estamos encerrados y no sabemos cuándo descenderán las aguas del diluvio y nos dejarán volver a nuestras vidas normales, y tal vez nunca volverán a ser igual.

En la narración de la Pasión de Jesucristo, según san Lucas, es asombroso con que violencia lo tratan y cómo reacciona Jesús, con serenidad, y no les paga con la misma moneda. El modo de afrontar y de abrazarse a su pasión y muerte expresa un total abajamiento de humildad. Lo condenan por llevar amor hasta las últimas consecuencias. Por inocente.

No tengamos miedo a esos momentos de dolor e incertidumbre, nadie nos puede quitar la serenidad y la fe. Toda la historia de la humanidad, de nuestras vidas, de nuestros tiempos difíciles actuales, está bajo la protección divina. No tengamos miedo por esas contradicciones que la vida o nosotros podamos tener. Confiemos en que el sufrimiento y el dolor son el pórtico a una nueva y regenerada la vida: la resurrección.

Que en este inicio de la Semana Santa sepamos descubrir el rostro de Jesús en tantos momentos de dolor y sufrimiento.

No perdamos más tiempo y abramos los ojos a la nueva y tan antigua realidad. Como decía R. Frost: “Hay que amar lo que es digno de ser amado y odiar lo que es odioso, más hace falta un buen criterio para distinguir entre lo uno y lo otro”.

Hay que dar la bienvenida a cada día por su frescura, por su riqueza, por lo que trae a tu vida. ¿Qué pasará en unos meses o años? ¿Y después de esta dura experiencia? ¿Qué podrás decir a tu familia, a ti mismo?

Hice algunos amigos de por vida, aprendí algunas lecciones de paciencia a las que aún trato de aferrarme y, por lo menos aprendí algunas lecciones largamente atrasadas de gratitud y aprecio, de no dar la vida, la salud, la amistad y el trabajo por supuestos.

Resultará un gozo especial volver a la vida normal después de esos días de “sabático” reclutado, pero “sabáticos”. El coronavirus nos ha puesto, efectivamente, en un “sabático” reclutado, y está sometiendo a aquellos que lo han contraído a su propio tipo de quimioterapia. Y el peligro es que queramos poner nuestras vidas en espera mientras marchamos por este extraordinario tiempo, y queramos sólo aguantar más que permitirnos ser agraciados por lo que corresponde a esta temporada no invitada.

Los tiempos de Dios son diferentes. Él sabe lo que hace y si permite este diluvio es porque quiere que volvamos a valorar de nuevo lo esencial, lo humano, lo cercano… lo que no tiene precio y tal vez hemos olvidado.

Celebremos esta Semana Santa identificándonos con Jesús, que se solidariza plenamente con el sufrimiento humano. Aclamémoslo no sólo como el Rey que viene en el nombre del Señor, sino también como el que tiene este mismo título por haber entregado su vida para salvarnos, y hacer de nosotros hijos de Dios a su imagen y semejanza.

Esta Semana Santa será diferente por un gran silencio y sencillez. Iglesias vacías y nosotros en casa; parece demasiada coincidencia que precisamente tengamos este “confinamiento” en los días de mayor introspección y de dolor de nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, esta Cuaresma identifícate con Jesús, que camina hacia la Cruz. Hubo mucha gente que le aclamaba, glorificaba, pero después gritó: “Crucifícalo”.

Vivamos estos días sagrados con mucha austeridad y con menos palabras, pero con más seguimiento personal, distanciados, tal vez de los vecinos, de amigos, pero más cerca de Él. Y renovemos nuestro compromiso de vivir como tales, cumpliendo su voluntad, es decir, practicando la justicia de acuerdo con su mandamiento del amor significado en la santa cruz, único camino para lograr la reconciliación y la paz en nuestra vida personal y social.

Jesús no tiene ya duda alguna: el Padre no ha escuchado sus deseos de seguir viviendo; sus discípulos huyen buscando su propia seguridad. Está solo. Sus proyectos se desvanecen. Le espera la ejecución. El silencio de Jesús durante sus últimas horas es sobrecogedor.

            “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” Estas palabras pronunciadas en medio de la soledad y el abandono más total, son de una sinceridad abrumadora. Jesús siente que su Padre querido lo abandona. ¿Por qué? Jesús se queja de su silencio. ¿Dónde está? ¿Por qué se calla?

Este grito de Jesús, identificado con todas las víctimas de la historia, pidiendo a Dios alguna explicación a tanta injusticia, abandono y sufrimiento, queda en labios del crucificado reclamando una respuesta de Dios más allá de la muerte: …Dios nuestro, ¿por qué nos abandonas? ¿No vas a responder nunca a los gritos y quejidos de los inocentes? ¿No es tiempo de que te levantes y nos ayudes con el Coronavirus?

Queremos gritar e invocar junto con el papa Francisco: “no nos dejes a merced de la tormenta”. A pesar de su angustia mortal, Jesús mantiene hasta el final su confianza en el Padre. Hagamos lo mismo. Sus palabras son ahora casi un susurro: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Nada ni nadie lo ha podido separar de él; el Padre ha estado animando con su espíritu toda su vida. Terminada su misión, Jesús lo deja todo en sus manos. El Padre romperá su silencio y lo resucitará. Lo mismo hará con nosotros y con ese mundo que tanto amó y donde mandó a su único Hijo.

Nunca olvides que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta, nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, enfermedades, lágrimas y desgracias. Él está en todos los calvarios de nuestro mundo: en Lombardía, en Campeche.

Este “Dios crucificado” no permite una fe frívola y egoísta en un Dios omnipotente al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado. Nosotros seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el “Dios crucificado”.

Hemos aprendido, incluso, a levantar nuestra mirada hacia la Cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión. Sin esto, se diluye nuestra fe en el “Dios crucificado” y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones.

Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo. Puedes estar seguro de que no nos dejará a la merced de esa tormenta.

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