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¿Somos hospital de campaña?

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Domingo 4º de Pascua

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (10,1-10):

En aquel tiempo, dijo Jesús: “En verdad, en verdad les digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: “En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”.

El papa Francisco, hace poco, invitó a que toda la Iglesia se convierta en hospital de campaña. Me llamó mucho la atención este comentario, y me hizo pensar lo qué implicaría cumplir el deseo del Papa en nuestra Iglesia de Campeche. Antes que nada, debemos reconocer que ahora mismo la Iglesia en general, incluida nuestra Diócesis, no es hospital de campaña o al menos no mucho. Demasiadas iglesias de todas las denominaciones ven al mundo más como el oponente que debe ser combatido, que como un campo de batalla sembrado de personas heridas a las que se llama a atender.

Tomas Halik, teólogo checo, sugiere que “para que nuestras comunidades eclesiales lleguen a ser ‘hospitales de campaña’, necesitan asumir tres papeles: diagnóstico, donde identifiquen los signos de los tiempos; preventivo, donde creen un sistema inmune en un mundo en el que los virus malignos del temor, odio, populismo y nacionalismo estén deshaciendo comunidades; y convaleciente, donde ayuden al mundo a superar los traumas del pasado a través del perdón”.

Nuestras iglesias necesitan ser diagnósticas, necesitan llamar al momento presente de una manera profética, pero eso exige un coraje que ahora mismo parece ausente, descarrilado por el temor y la ideología. Los liberales y los conservadores diagnostican el momento presente de modos radicalmente diferentes, no porque los hechos no sean los mismos para ambos, sino porque cada uno ve cosas a través de su propia ideología. También, al final del día, ambos campos parecen demasiado espantados para mirar de lleno los problemas difíciles; ambos, temerosos de lo que podrían ver.

En las comunidades cristianas necesitamos vivir una experiencia nueva de Jesús, reavivando nuestra relación con él. Ponerlo decididamente en el centro de nuestra vida. Pasar de un Jesús confesado de manera rutinaria, a un Jesús acogido vitalmente. Desde la catedral deberá llegar una voz clara que nos exprese que no hay mejores o peores, progresistas o conservadores, extranjeros o campechanos. Todos somos iguales y debemos luchar unidos.

¿Qué debemos hacer preventivamente para que nuestras iglesias vuelvan a ser hospitales de campaña? La imagen que propone Halik aquí es rica, pero es inteligible; sólo en una comprensión del Cuerpo de Cristo y una aceptación de la profunda conexión que tenemos unos con otros dentro  de la familia de la humanidad.

Todos somos uno, un organismo viviente, partes de un único cuerpo, de modo que, como con cualquier cuerpo viviente, lo que una parte hace, por enfermedad o por salud, afecta a toda la otra parte. Y la salud de un cuerpo es contingente sobre su sistema inmune, sobre esos enzimas que andan vagando por todo el cuerpo y exterminan las células cancerosas. Hoy nuestro mundo está acosado con las células cancerosas de la amargura, el odio, la mentira, el temor autoprotector y el tribalismo de todo género. Nuestro mundo está mortalmente enfermo, sufriendo de un cáncer que está destruyendo la comunidad. Y es mucho más visible que el coronavirus.

¿Esta pandemia debe abrirnos los ojos a lo que está delante de nosotros y no vemos? De aquí que nuestras comunidades eclesiales deben llegar a ser lugares que generen los enzimas de salud necesarios para exterminar esas células de cáncer. Debemos crear un sistema inmune, suficientemente robusto, para hacer esto. Y para que suceda, nosotros, nosotros mismos debemos primero dejar de ser parte del cáncer del odio, la mentira, el temor, la oposición y el tribalismo.

A menudo nosotros mismos somos las células cancerosas. ¡Cuánto nos lastimamos en la misma Iglesia! El mayor desafío religioso individual que nos está haciendo frente como comunidades eclesiales hoy, es la de crear un sistema inmune que sea lo suficientemente sano y vigoroso para ayudar a exterminar las células cancerosas del odio, el temor, la mentira y el tribalismo que circulan libremente por el mundo.

El Evangelio de Juan hace algunas sugerencias importantes al hablar de la relación de las ovejas con su pastor. Lo primero es “escuchar su voz” en toda su frescura y originalidad. No confundirla con el respeto a las tradiciones ni con la novedad de las modas. No dejarnos distraer ni aturdir por otras voces extrañas que, aunque se escuchen en el interior de la Iglesia, no comunican su Buena Noticia.

Es importante, además, sentirnos llamados por Jesús “por nuestro nombre”. Dejarnos atraer por él. Descubrir poco a poco, y cada vez con más alegría, que nadie responde como él a nuestras preguntas más decisivas, a nuestros anhelos más profundos y a nuestras necesidades últimas. Es decisivo “seguir” a Jesús. La fe cristiana no consiste en creer cosas sobre Jesús, sino en creerle a él: vivir confiando en su persona, inspirarnos en su estilo de vida para orientar nuestra propia existencia con lucidez y responsabilidad.

Nunca olvidemos que nuestro papel ha de ser también convaleciente: Nuestras comunidades eclesiales necesitan ayudar al mundo para llegar a una reconciliación más profunda frente a los traumas del pasado. Felizmente, esta es una de nuestras fuerzas. Nuestras iglesias han de ser santuarios de perdón y nunca de división. A veces, con mucho dolor pero con mucha razón, escucho que nos ven como “ladrones y bandidos”. ¡Qué tristeza!

En palabras del cardenal Francis George: “En la sociedad, todo es permitido, pero nada es perdonado; en la Iglesia, mucho es prohibido, pero todo es perdonado”. Y donde necesitamos estar más proactivos hoy como santuarios de perdón, es en relación a un número de notables “traumas del pasado”. En resumen, un perdón, una curación y una reparación más profundas, necesita aún tener un lugar apropiado en la historia del mundo con la colonización, la esclavitud, el puesto de las mujeres, la tortura y la desaparición de pueblos, el maltrato de los refugiados, el incesante apoyo de regímenes injustos, abusos sexuales dentro de la Iglesia, y la reparación debida a la misma madre tierra.

Nuestras iglesias deben guiar este esfuerzo, pero siempre con una auténtica transparencia… que sabemos bien, nos hace mucha falta.

Es vital caminar teniendo a Jesús “delante de nosotros”, como sus ovejas que lo siguen y escuchan. No hacer el recorrido de nuestra vida en solitario, sino experimentar en algún momento, aunque sea de manera torpe, que es posible vivir la vida desde su raíz: desde ese Dios que se nos ofrece en Jesús, más humano, más amigo, más cercano y salvador que todas nuestras teorías.

Esta relación viva con Jesús no nace en nosotros de manera automática, se va despertando en nuestro interior de forma frágil y humilde. Al comienzo es casi sólo un deseo, pero por lo general crece rodeada de dudas, interrogantes y resistencias. Pero, no sé cómo, llega un momento en el que el contacto con Jesús empieza a marcar decisivamente nuestra vida. Si hacemos eso, nuestras comunidades, iglesias, serán como hospitales de campaña y pueden ser la Galilea de hoy.

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