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“Un misterio de amor”

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Domingo de la Santísima Trinidad

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (3,16-18):

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Cuando leo este fragmento de san Juan, ya no me queda ninguna duda de cuál era realmente la misión de Jesús: “que tengamos vida”. Por eso mandó Dios a su Hijo. ¡Qué alivio! Una vez más me acuerdo que estamos ante un Dios que pide que creamos en Él. No es castigador o árbitro que observa y pone su mirada dura en nuestros actos. Parece absurdo, para muchos, que no quiere juzgar ni busca explicaciones o argumentos, tampoco más religiones o cultos. Lo que quiere es que tengamos fe en Él.

Sería bueno recordárselo de vez en cuando a nuestros presbíteros y obispos. El evangelista nos recuerda que en el fondo, Dios en Jesús ya hizo, hace y va a hacer todo. Nuestra tarea es creer en Jesús, enviado por el Padre.

Estamos en el capítulo 3 del Evangelio de Juan, y encontramos el encuentro de Jesús con Nicodemo, un maestro de la ley. El diálogo con Nicodemo es complejo, porque a Juan le gusta contar las cosas con juegos de palabras e insinuaciones. Así deja entrever que el mensaje de Jesús y su persona son más grandes de lo que podría explicarse en una frase. Nicodemo está sorprendido y en dos ocasiones pregunta: “¿cómo puede ser eso?”. Porque Jesús le está hablando en símbolos y él no le entiende. El breve texto es la parte final del diálogo entre ellos, y a la vez es el núcleo de la fe cristiana. ¿Por qué ha venido Jesús al mundo? Cada palabra de la respuesta de Juan tiene un sentido muy hondo.

“Tanto amó Dios al mundo”. No hay duda que todo empieza por el amor de Dios. Este es el origen de cualquier movimiento de Dios hacia las personas, y también la convicción por la que debería empezar nuestra conversión. Sin la conciencia profunda de que todo proviene del amor de Dios, nuestro mensaje se queda fofo, vacío. Nos quedamos sólo con los ritos, las obligaciones, y al final con los regaños del cura en vez de encontrarse con el mensaje de Jesús.

Mucha gente que desconoce el cristianismo, cree que lo más importante de nuestra religión es una serie de prohibiciones que llamamos pecados. Otros, que conocen un poco más, admiran el mandamiento del amor: “ámense los unos a los otros”. Pero nada tiene sentido si nos olvidamos de dónde ha comenzado todo: en el amor inmenso de Dios. Sólo cuando ha quedado claro este punto, vale la pena seguir adelante y conocer más a Jesús.

Dio a su hijo único. ¿Qué ha hecho Dios por amor? El regalo más grande que puede hacer nadie: darse a sí mismo, regalarse a la humanidad en la persona de Jesucristo. No quiso sólo quedarse con la teoría, la palabrería. Está claro que lo que debemos escuchar desde el ambón no son sermones baratos, sino un testimonio confirmado con la vida. La entrega de Jesús incluye también el extremo al que llegó: dar la vida en la cruz por amor. Es un regalo gratuito de verdad, que no espera nada a cambio. No se puede comprar ese amor con las limosnas, estipendios, rifas para seminarios…

“Para que quien crea en él no perezca”. ¿Qué hubiese pasado si Dios no hubiese dado a su Hijo? ¿Cuál es la esperanza de la humanidad sin Dios? Unas semanas de pandemia nos deberían abrir los ojos de que la fe abre fronteras y es fuente de la esperanza. Juan responde con el verbo “perecer”. Sin Jesús —dice— todo lo demás pierde el sentido; la vida misma no es más que el sucederse de hechos sin destino, sin objetivo. ¿Te parece justo vivir así?

Para el evangelista todo el sentido del mundo está en Jesús, incluso las vidas de aquellos que desconocen al propio Jesús. Dios nos ha querido hablar de muchas maneras para expresarnos su amor, pero lo ha hecho de forma definitiva en Jesús; por eso conocerlo y seguirlo es lo más grande a lo que un ser humano puede aspirar.

“Sino que tenga vida eterna”. La vida es el gran don de Dios. Las religiones antiguas intuyeron que “los dioses” daban vida, por eso hacían sus ritos en manantiales de agua, en bosques, en lugares donde bulle la vida. Para Juan, la vida no es sólo la biológica, sino también la plenitud del ser humano que ha encontrado a Jesús y se decide a seguirle. La vida da el principio y se convierte en el fin de nuestra existencia. La vida eterna es un mensaje principal de Dios Padre. Él nos quiere recuperar para siempre, no somos objetos o desconocidos, sino sus Hijos desde y para siempre.

“Dios no envió a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Dios no envía a su Hijo para condenar; Jesús no viene para fastidiar. Lo que Jesús nos trae no es un listado de normas que nos hace infelices, que limita nuestras posibilidades, que nos hace ser menos humanos, todo lo contrario. Su mensaje nos permite entender de forma auténtica qué significa ser humano: dar la vida por los amigos, tener verdaderos amigos.

Sólo el amor puede ser la respuesta a las aspiraciones del alma. Cualquier sucedáneo, cualquier respuesta parcial, acabará volviéndose en contra de la propia persona. Dios no quiere juzgar porque siempre espera que cambiemos y aceptemos su amor y que nadie tenga que condenarse.

“El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el hijo único de Dios”. Termina el fragmento insistiendo en la libertad. Dios no condena, Dios no castiga, deja que el ser humano decida.

Junto a la libertad está la responsabilidad que tantas veces olvidamos. Las decisiones humanas tienen sus consecuencias, pero no porque Dios se enfade, sino porque cada decisión implica siempre emprender un camino, y todo camino lleva a alguna parte. Juan le pone un nombre a la decisión fundamental: la fe, el creer.

Para él la vida se juega entre creer o no creer que Jesús sea el Hijo de Dios. Quizá dicho así suene demasiado simple, hay que tener en cuenta que para Juan “creer” no es asentir a una idea, un concepto, sino aceptar con toda la vida que Jesús, como enviado de Dios, nos hace personas nuevas. Es un asunto que implica la vida entera.

Dios no es un ser “omnipotente y sempiterno” cualquiera. Un ser poderoso puede ser déspota, tirano, destructor, dictador arbitrario, una amenaza para nuestra pequeña y débil libertad. Tenemos varios casos de este tipo que actúan en el nombre de Dios, de la Iglesia. ¿Podríamos confiar en un Dios del que sólo supiéramos que es omnipotente?

Es muy difícil abandonarse a alguien infinitamente poderoso. Parece más fácil desconfiar, ser cautos y salvaguardar nuestra independencia, pero Dios es Trinidad, es un misterio de Amor, y su omnipotencia es la de quien sólo es amor, ternura insondable e infinita. Es el amor de Dios el que es omnipotente. Dios no lo puede todo, Dios no puede sino lo que puede el amor infinito.

Y siempre que lo olvidamos y nos salimos de la esfera del amor, nos fabricamos un Dios falso, una especie de ídolo extraño que no existe. Y a veces la religión, desgraciadamente, nos puede ayudar a hacerlo. Cuando no hemos descubierto todavía que Dios es sólo Amor, fácilmente nos relacionamos con él desde el interés o el miedo. Un interés que nos mueve a utilizar su omnipotencia para nuestro provecho, o un miedo que nos lleva a buscar toda clase de medios para defendernos de su poder amenazador. Pero esta religión hecha de interés y de miedos está más cerca de la magia que de la verdadera fe cristiana.

Sólo cuando uno intuye desde la fe que Dios es sólo Amor, y descubre fascinado que no puede ser otra cosa sino Amor presente y palpitante en lo más hondo de nuestra vida, comienza a crecer libre en nuestro corazón la confianza en un Dios Trinidad, del que lo único que sabemos por Jesús es que no puede sino amarnos.

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