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“Un pequeño detalle de gratuidad”

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Domingo 13º del Tiempo Ordinario

Sebastián K.

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (10,37-42):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no tome su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que los recibe a ustedes me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, se lo aseguro”.

Imaginemos esta bella y significativa escena. Enmarcamos el texto que nos ofrece la liturgia dentro del llamado Discurso de la Misión (Mt 10,1-42). Jesús continúa enseñando, educando y preparando a sus discípulos para la misión a la cual los enviará: dar a conocer el amor del Padre y de su Reino. Ya casi todo está listo… fueron varios meses de aprendizaje y con el texto de hoy terminarían, prácticamente, las enseñanzas previas al ejercicio misionero. El Maestro invita a confiar en Dios y a dejar todo tipo de miedo que impidiera declararse en su favor delante de los hombres. Nada fácil sabiendo que hay muchos obstáculos y la gente perversa esperando en el camino. Pero la misión es tan bella…

El texto meditado —este domingo— nos ofrece unas indicaciones para iluminar la difícil situación en la que se encuentran sus seguidores, en la segunda mitad del Siglo I. Dificultades que provienen, sobre todo, de sus hermanos judíos que no entienden la Buena Nueva. Rechazan la idea de Dios humilde y encarnado en Jesús, prefieren seguir sus normas, leyes establecidas a lo largo de los siglos. Se sienten más seguros y protegidos sin arriesgar nada por “los nuevos mandamientos”. La situación proviene de una fuerte tensión entre la sinagoga y la Iglesia naciente.

Jesús quiere animar a sus discípulos, precisamente a no desanimarse, a no caer en el desaliento, a no desmoralizarse, ni desanimarse a pesar de persecución. No repitamos hoy en día el mismo error, viviendo y celebrando la vida y la liturgia, como si Jesús nunca hubiera venido. Como si fuéramos de la casta de los fariseos y doctores de la ley, “sabelotodos” sobre Jesús. Él sigue vivo y sorprendiendo siempre nuestra manera de ver y tratar las cosas, el presente y el futuro. No somos dueños de Él.

El texto podemos dividirlo en dos partes: una primera en la que Jesús parece invitarnos a renunciar a nuestros seres queridos y a nuestra vida, y una segunda parte en la que Jesús nos ofrece palabras de consuelo, de aliento, de fortaleza, para aquellos que anunciamos el Reino de Dios.

El discípulo, el misionero, está llamado a ser sin equívocos un hombre de fe. Dios, con su Palabra, le acompañará y seguirá abriendo los nuevos horizontes. El camino misionero tendrá siempre varios retos y sólo lo podrá cruzar un hombre libre. La Palabra que anuncia exige que nada pueda ensombrecer su claridad, su transparencia. Ninguna amenaza ni manipulaciones, y mucho menos opinión pública, lo desviará de seguirle a Jesús.

Por eso, como lo leemos en la parte anterior de este Evangelio, su estilo de vida es sobrio (cf Mt 10,9-10) y sus vínculos afectivos están jerarquizados por el amor a Jesús (v 37). Jesús es el valor absoluto para el discípulo, quien le hace capaz de afrontar los sufrimientos, incluso la muerte (vv 38ss). Quien acepta al misionero y la verdad sobre Jesús, también vive un vínculo de comunión intenso con el Padre, ya que, quien acoge al misionero acoge a Jesús y en él al Padre que lo ha mandado (v. 40).

Actuando así manifiesta fe concreta, amor humilde y servicial. También quien abre la casa y el corazón al misionero coopera en la extensión del Reino de Dios y participa de la misma dicha que el misionero (vv. 4lss). Quienes quieren ser discípulos de Jesús y llevar a la práctica sus enseñanzas se encuentran, en más de una ocasión, con que deben abrazar una elección radical, que les lleva incluso a poner patas arriba su propia escala de valores. Pero nunca traicionar a los valores y la persona del Maestro.

“El que quiere al padre o a la madre por encima de mí, no es digno de mí…”. Puede parecernos muy dura esa afirmación y que va en contra del mandamiento de honrar al padre y a la madre (Ex 2,20). Inclusive, nos pueden parecer que van en contra de la ley natural. Sin embargo, nada más lejos de la intención de Jesús. Él quiere dar un sentido pleno a ese amor.

Hagámonos unas preguntas concretas: ¿Cómo amamos a nuestro padre y a nuestra madre? ¿Cómo amamos a nuestros hijos? ¿Lo hacemos de manera egoísta? ¿Lo hacemos atendiendo a nuestros intereses? ¿Los ponemos de parapeto para no cumplir con nuestras obligaciones? ¿Los utilizamos para no comprometernos con nuestros prójimos? ¿Los transformamos en muros que nos ayuden a no dar la mano a aquellos que lo necesitan? ¿Los manejamos a nuestro gusto?

Jesús no nos pide renunciar a amar a nuestros seres queridos, sino a que los amemos con un amor similar al suyo, con un amor que se entrega, que se hace don, que se hace oblación. A través de ellos, descubrir el amor más grande que se nos reveló en Jesús.

Con frecuencia, los creyentes hemos defendido la “familia” en abstracto, sin detenernos a reflexionar sobre el contenido concreto de un proyecto familiar entendido y vivido desde el Evangelio. Hay familias abiertas al servicio de la sociedad y familias replegadas sobre sus propios intereses. Familias que educan en el egoísmo del matrimonio, que han criticado duramente a los hijos que se desentienden de sus padres. Pero comodidad y familias que enseñan solidaridad. Familias liberadoras, generosas y familias opresoras.

Para Jesús no tiene ninguna importancia si tu familia aparece en la alta sociedad o se sienta en la primera banca en la Iglesia. Lo importante son los valores auténticos de la familia y no sus apariencias. Jesús ha defendido con firmeza la institución familiar, y la estabilidad de la familia no es para Jesús algo absoluto e intocable. No es un ídolo. Hay algo que está por encima y es anterior: el reino de Dios y su justicia.

Lo decisivo no es la familia de carne, sino esa gran familia que hemos de construir entre todos sus hijos e hijas, colaborando con Jesús en abrir caminos al reinado del Padre. Por eso, si la familia (o cualquier vínculo vicioso) se convierte en obstáculo para seguir a Jesús en este proyecto, Jesús exigirá la ruptura y el abandono de esa relación familiar: “no es digno de mí”.

Jesús exige una libertad crítica, aunque ello traiga consigo conflictos y tensiones familiares. Exactamente lo mismo se refiere a nuestra maravillosa familia que se llama: Iglesia. Amar a la familia y luchar por ella no significa someterse a ella, como si fuera algo absoluto e intocable. Todo es relativo, menos Dios. Tomemos decisiones vitales para no renunciar a la vida. La opción por Jesús, el amor a él, pone todo, también a la familia, Iglesia, en su sitio.

Sería muy importante preguntarnos hoy si… ¿nuestros hogares, sociedad, escuelas, parroquias… son lugares de valores evangélicos como la fraternidad, la búsqueda responsable de una sociedad más justa, la austeridad, el servicio, la oración, el perdón? ¿O son precisamente lugar de “desevangelización” y correa de transmisión de los egoísmos, las injusticias, los convencionalismos, las alienaciones y la superficialidad?

En la segunda parte del texto —como dije más arriba— nos encontramos con unas palabras de esperanza, que Jesús dirige a todos aquellos que escogieron la senda de ser testigos de su amor. Cuando somos perseguidos, calumniados, señalados, no somos nosotros mismos; sino que, los perseguidos, calumniados, señalados son la Verdad que representa el Hijo.

Somos perseguidos por causa de Jesús, por causa del Evangelio; somos perseguidos porque amamos de manera incondicional y desprendida la verdad. De la misma manera, quien acepta y reconoce a uno de ellos por el simple hecho de ser discípulo de Jesús, está acogiendo al mismo Jesús. El seguidor de Jesús es profeta porque ayuda a los demás a vivir plenamente el Evangelio, incluso denunciando lo que no está bien y a veces pagando un precio alto. El seguidor de Jesús es justo, porque intenta vivir cada día la voluntad del Padre. El seguidor de Jesús es pequeño, porque es humilde, es dócil, se deja transformar, acompañar y ayudar.

Hoy, Jesús está terminando su discurso misionero hablándonos sobre los valores de la familia y advirtiéndonos sobre los riesgos. Seamos generosos con nuestras familias y seremos generosos con Dios. No busquemos en nuestra familia y las personas nuestro propio interés, y descubriremos que a Dios no se le puede buscar para eso.

¿Es esta la familia donde las nuevas generaciones pueden escuchar el Evangelio? Ser cristianos no es buscarnos un Dios a nuestra medida, no es buscar cruces ni cargarlas sobre los demás. Ser amigos de Jesús es acoger el instante de gracia para amar, aunque conlleve sufrir, gritar, callar.

¿Por qué no dar el paso hacia el Amor? Un vaso de agua fresca dado a los pequeños, no deja de ser visto por el Padre. En el fondo de la vida hay alguien que bendice, acoge y recompensa a los donantes de vida. Ese alguien se comunica con su Palabra–Dabar. Un pequeño detalle de gratuidad ofrecido, aquí y ahora, ¡cuánta alegría suscita! Es como un oleaje de vida que llega hasta las orillas del mundo.

Dar no seca el agua de nuestro pozo, la desborda. Sólo el amor, recibido y dado, hace que la vida merezca la pena. Ánimo.

(*) Es un término hebreo que en la Biblia significa, al mismo, tiempo palabra y acción (palabra/hecho). Es una palabra creativa que a su vez es sinónimo de sabiduría, porque tiene el potencial de diseñar, construir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros. Esa “Dabar”-Palabra, es sobre todo Jesucristo, en quien la comunicación de Dios tiene su expresión extensiva e intensiva. Sin duda, la vida es el lugar en el que la Palabra debe de ser meditada, interpretada y actualizada. Esta es la misión de esta sección en el periódico. Como fuente tomaremos el Evangelio dominical de la liturgia. Que la “Dabar” nos guíe a la felicidad y nos oriente a darnos a los demás.

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