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“¿Salir?”

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Domingo 15º del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (13,1-23):

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: “Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga”.

Abramos nuestra mente y nuestro corazón para ubicarnos en esta significativa escena. Jesús nos enseña a evangelizar,  a sembrar la semilla del Dabar en los oyentes. El evangelista Mateo nos presenta a Jesús que “sale de casa” a encontrarse con la gente, para “sentarse” sin prisas y dedicarse durante “mucho rato” a sembrar el Evangelio entre todo tipo de persona. Según Mateo, Jesús es el verdadero sembrador. De Él tenemos que aprender también hoy a sembrar el Evangelio, no a esperar frutos y efectos inmediatos, y no dejar de aprovechar el momento oportuno para sembrar y hacer el bien. Como decía mi amigo en Polonia, “La probabilidad de hacer mal se encuentra cien veces al día; la de hacer bien, una vez al año”.

Observemos al Maestro: lo primero que hace —no de forma simbólica sino real— es “salir de casa”. Es punto clave para iniciar la labor de sembrar en los demás la Buena Nueva. Es lo que pide siempre Jesús a sus discípulos. Nunca olvidemos su mandato testamentario: “Vayan por todo el mundo y hagan discípulos…”.

Para sembrar el Evangelio, hemos de salir de nuestra seguridad y nuestros intereses, y sobre todo de nuestra comodidad. La casa representa todo esto y fácilmente lo entendemos en estos días de la pandemia. Sin embargo evangelizar es “desplazarse”, buscar el encuentro con la gente, comunicarnos con el hombre y la mujer de hoy, no vivir encerrados en nuestro pequeño mundo familiar y eclesial. Por supuesto que, hoy en día, hemos de verlo de forma relativa. Hay muchas formas de evangelizar en nuestra propia casa y familia. Lo que pide el Maestro es dejar su “estatus quo”, la “zona de confort”.

Esta “salida” hacia los demás no tiene nada de imposición o reconquista. Es ofrecer a las personas la oportunidad de encontrarse con Jesús y conocer una Buena Noticia que, si la aceptan y responden, les puede ayudar a vivir mejor y de manera más acertada y sana. Es lo esencial. Lo importante es llevarles la semilla de amor, bien, perdón, generosidad, amabilidad, servicio, compromiso y responsabilidad, etc. Todo eso está sembrado ya en nosotros, sólo habrá que destaparlo.

La Palabra del Evangelio nos recuerda todo esto. Pero, ¿realmente lo vivimos en nuestra vida diaria? Espero que así sea porque claramente es un error sentirnos depositarios de la tradición cristiana, con la única tarea de transmitirla a otros. Una Iglesia que no vive el Evangelio no puede contagiarlo. Una comunidad, parroquia, donde no se respira el deseo de vivir tras los pasos de Jesús, no puede invitar a nadie a seguirlo. Estoy convencido que no es el Evangelio el que ha perdido fuerza humanizadora, sino nosotros los que lo anunciamos con fe débil y vacilante.

No es Jesús el que ha perdido poder de atracción. Somos nosotros los que lo desvirtuamos con nuestras incoherencias y contradicciones. El papa Francisco dice que cuando un cristiano no vive una adhesión fuerte a Jesús, “pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”. Lo más decisivo no es el número de predicadores, catequistas y enseñantes de religión, sino la calidad evangélica que podamos irradiar los cristianos. ¿Qué contagiamos?

No cometamos el error de dedicarnos a “sobrevivir” más que a sembrar vida nueva. Hemos de despertar nuestra fe, sembrada desde el Bautismo. Creo que hemos de aprender a sembrar los valores y el mensaje del Evangelio con fe, con realismo y con verdad. Evangelizar no es transmitir una herencia, sino hacer posible el nacimiento de una fe que brote, no como “clonación” del pasado, sino como respuesta nueva al Evangelio escuchado desde las preguntas, los sufrimientos, los gozos y las esperanzas de nuestro tiempo. No es momento de distraer a la gente con cualquier cosa. Es hora de sembrar en los corazones lo esencial del Evangelio, y creo profundamente que lo podemos lograr.

El punto de referencia siempre será Él: Jesús. Sus parábolas son una llamada para entender y vivir la vida tal como la entendía y vivía Jesús. Si no sintonizamos con Jesús, difícilmente entenderemos sus parábolas. No fue fácil para Él llevar adelante su proyecto. Enseguida se encontró con la crítica y el rechazo. Su palabra no tenía acogida. Entre sus seguidores más cercanos empezaba a despertarse el desaliento y la desconfianza. ¿Merecía la pena seguir trabajando junto a Jesús? ¿No era todo aquello una utopía imposible? Tal vez piensas lo mismo, pero te aseguro que si dejas crecer esa semilla de fe que fue sembrada en tu vida, entenderás que vale la pena seguir intentando y luchando por el mensaje de Jesús.

Él siempre decía lo que pensaba, les contó la parábola de un sembrador para hacerles ver el realismo con que trabajaba, y la fe inquebrantable que le animaba. Las dos cosas. Hay, ciertamente, un trabajo estéril que se puede echar a perder, pero el proyecto final de Dios no fracasará. No hay que ceder al desaliento, hay que seguir sembrando. Al final habrá cosecha abundante.

Creo que la parábola del sembrador es una invitación a la esperanza. La siembra del Evangelio, muchas veces inútil por diversas contrariedades y oposiciones, tiene una fuerza incontenible. A pesar de todos los obstáculos y dificultades, y aun con resultados muy diversos, la siembra termina en cosecha fecunda que hace olvidar otros fracasos. Los creyentes no hemos de perder la alegría a causa de la aparente impotencia del reino de Dios.

Dios siempre tiene la última palabra, su Palabra que se convierte en realidad. Siempre parece que “la causa de Dios” está en decadencia y que el Evangelio es algo insignificante y sin futuro, sin embargo no es así. El Evangelio no es una moral, mucho menos política, ni siquiera religión con mayor o menor porvenir. El Evangelio es la fuerza salvadora de Dios, “sembrada” por Jesús en el corazón del mundo y la vida de los hombres.

El Evangelio, con su frescura y actualidad impresionante, nos recuerda que el hombre es un campo donde Dios siembra todo el tiempo su imagen y semejanza, y no permite ninguna “rebaja” de su categoría. Todos conocemos esos productos modernos “rebajados” de su verdadero contenido: café descafeinado, leche descremada, tabaco sin nicotina… alimentos y bebidas “light”, ligeros de calorías y atenuados en su fuerza natural.

Pues bien, según prestigiosos sociólogos y siquiatras, parece crecer entre nosotros un tipo de hombre “rebajado” de su verdadero contenido humano. Un hombre “light”.

El Evangelio no permite —de ninguna manera— rebajar la dignidad y aspiración de la persona humana. Hemos de volver a leer las parábolas en las que Jesús deja claro que la tarea de sus seguidores no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto humanizador del Padre (el reino de Dios) sembrando pequeñas “semillas” de Evangelio, e introduciéndose en la sociedad como pequeño “fermento” de vida humana.

Tengamos paciencia con nosotros mismos, como Dios la tiene. No nos menospreciemos ni obsesionemos por nuestros defectos o por el pasado, no busquemos resultados a corto plazo. Las cosas que dejan señales más profundas piden tiempo. No nos desanimemos, confiemos en la bondad del Señor, mantengamos la paz en el corazón y sigamos adelante. Ánimo y que la “Dabar” nos guíe.

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