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Dabar (*)

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Domingo 17º del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“Descubrir el tesoro”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (13,44-52):

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró”. El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos,  para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?”. “Sí”, le respondieron. Entonces agregó: “Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo”.

 

Qué bello es el mensaje de este Evangelio. ¿A quién de nosotros no le gustan los tesoros? Tal vez con un mapa y sus indicaciones podríamos pasar la vida buscándolos, sólo para descubrir que existe y tiene un inmenso valor. San Mateo nos presenta dos breves parábolas de Jesús con un mismo mensaje. En ambos relatos, el protagonista descubre un tesoro enormemente valioso o una perla de valor incalculable. Y los dos reaccionan del mismo modo: venden con alegría y sin calcular demasiado lo que tienen, y se hacen con el tesoro o la perla. Según Jesús, así reaccionan los que encuentran y descubren el reino de Dios.

Me imagino que Jesús teme que la gente le siga por intereses diversos, sin descubrir lo más atractivo e importante: ese proyecto apasionante del Padre, que consiste en conducir a la humanidad hacia un mundo más justo, fraterno y dichoso, encaminándolo hacia su salvación definitiva en Dios. Por ello el mensaje de este domingo. A Jesús le preocupa que en vez de encontrar el valioso camino que Él es, habrá gente que manipulará su mensaje y buscará su propio interés en el seguimiento superficial del camino, que no tiene nada que ver con el proyecto del Padre.

Creo que hay gran peligro al encerrarse en la práctica y el rito religioso, que pueda estar muy lejos de la pasión y enamoramiento del precioso “tesoro”. ¿De verdad daríamos todo por ritos y costumbres religiosas? Allí nos damos cuenta que aún no hemos descubierto un verdadero tesoro en el encuentro con el humilde Jesús. El papa Pablo VI hizo una atrevida pero cierta afirmación: “Sólo el reino de Dios es absoluto. Todo lo demás es relativo”.

Años más tarde, Juan Pablo II lo reafirmó diciendo: “La Iglesia no es ella su propio fin, pues está orientada al reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento”. El papa Francisco nos repite: “El proyecto de Jesús es instaurar el reino de Dios”. Este reino requiere apasionarse y dejar cosas “inútiles” atrás, todo lo que nos aleja del tesoro encontrado y cuidado. ¿Dónde está la raíz última de esa falta de entusiasmo y alegría en no pocos ámbitos de nuestra Iglesia, incapaz de atraer hacia el núcleo del Evangelio a tantos hombres y mujeres que se van alejando de ella, sin renunciar por eso a Dios ni a Jesús?

El papa Francisco dice que “el reino de Dios nos reclama”. Este grito nos llega desde el corazón mismo del Evangelio. Lo hemos de escuchar. Seguramente, la decisión más importante que hemos de tomar hoy en la Iglesia y en nuestras comunidades y parroquias, es la de recuperar el proyecto del reino de Dios con alegría y entusiasmo. Me temo que los intentos de renovar a la Iglesia no funcionarán, si desde su raíz no se descubre el “tesoro” del reino de Dios. No es lo mismo llamar a los cristianos a colaborar con Dios en su gran proyecto de hacer un mundo más humano, que vivir distraídos en prácticas y costumbres que nos hacen olvidar el verdadero núcleo y misión del Evangelio.

El reino de Dios está “oculto”. Muchos no han descubierto todavía el gran proyecto que tiene Dios de un mundo nuevo. Sin embargo, no es un misterio inaccesible. Está “oculto” en Jesús, en su vida y en su mensaje. El descubrimiento del reino de Dios cambia la vida de quien lo descubre. Su “alegría” es inconfundible y notoria. Ha encontrado lo esencial, lo mejor de Jesús, lo que puede trasformar su vida.

Si los católicos no descubrimos el proyecto de Jesús, en la Iglesia no habrá alegría. Nos seguiremos concentrando en lo secundario, normativo y “moriremos” sin el intento, siquiera, de sentir el gran tesoro que nos ha dejado Jesús. Ya es tiempo de liberarnos de tantas cosas accidentales para comprometernos en el reino de Dios, y despojarnos de lo superfluo. Olvidarnos de otros intereses. Saber “perder” para “ganar” con autenticidad. Si lo hacemos, estamos colaborando en la conversión de la Iglesia.

Estoy convencido de que conocer lo que Dios es para mí, es descubrir el tesoro, tomar conciencia de lo que tenemos dentro de nosotros mismos, de esa presencia de Dios en lo hondo de nuestro ser. No se trata de un conocimiento discursivo o racional, sino de una experiencia que nace desde dentro.

Seguimos empeñados en descubrir a un Dios que nos llega de fuera, y que además nos da seguridades materiales (ritos, estipendios etc.). Fijémonos que Jesús no pide más perfección, más santidad, sino más alegría, más felicidad… Es bueno todo lo que produce felicidad en ti y en los demás, solamente es negativa la alegría que se consigue a costa del dolor de otros.

Lo que el Evangelio valora no es el hecho de vender; sino que, lo que me tiene que hacer feliz no es renunciar, sino conseguir. El tesoro es el mismo Dios presente en cada uno de nosotros, es la verdadera realidad que soy y que son todas las demás criaturas. Lo que hay de Dios en mí es el fundamento de todos los valores. El Reino que es Dios está en mí, esa presencia es el valor supremo.

La manera de actuar de Jesús nos dice que el hombre es el valor supremo. En cuanto las religiones olvidan esto, se convierten en ideologías esclavizantes. El tesoro, la perla, no representa valores supremos sino una realidad que está más allá de toda valoración. El que encuentra la perla preciosa no desprecia las demás. Dios no se contrapone a ningún valor, sino que potencia el valor de todo lo bueno. Presentar a Dios como contrario a otros valores es la mejor manera de hacer ídolos. Pero, si soy capaz de ver a Dios en todo, evitaré toda idolatría y seré libre para vivir una vida verdaderamente humana.

Así entiendo las expresiones de san Pablo: “A los que buscan a Dios, todo les sirve para el bien”, y el: “ama y haz lo que quieras” de san Agustín. Tener la referencia del valor supremo me permite valorar en su justa medida todo lo demás. No se trata de despreciar, sino de tener clara una escala de valores. El “tesoro” nunca será incompatible con todos los demás valores que nos ayudan a ser más humanos.

Esta es una parábola interesantísima que nos explica por qué no damos un paso en nuestra vida espiritual. No hemos descubierto el tesoro entre los bienes que ya poseemos. Sin este descubrimiento, todo lo que hagamos por alcanzar la meta será pura programación y por lo tanto inútil. Nada, absoluta-mente nada vamos a conseguir si previamente no descubrimos el tesoro. Nuestra principal tarea será tomar conciencia de lo que somos. Si lo descubrimos, prácticamente está todo hecho.

*Término hebreo que en la Biblia significa tiempo, palabra y acción (palabra/hecho). Palabra creativa que es sinónimo de sabiduría, porque tiene el potencial de diseñar, construir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros. Dabar-Palabra es sobre todo Jesucristo, en quien la comunicación de Dios tiene su expresión extensiva e intensiva. La vida es el lugar en el que la Palabra debe de ser meditada, interpretada y actualizada. Que la Dabar nos guíe a la felicidad y nos oriente a darnos hacia los demás.

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