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Domingo 18º del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“Este es el verdadero milagro”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (14,13-21):

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”.

Jesús les replicó: “No hace falta que vayan, denles ustedes de comer”. Ellos le replicaron: “Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces”. Les dijo: “Tráiganmelos”. Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

 

Jesús nunca vivía de espaldas a la gente, encerrado en sus ocupaciones religiosas, e indiferente al dolor del pueblo. “Ve el gentío, le da lástima y cura a los enfermos”. Todo esto porque tiene la experiencia de Dios que le hace vivir aliviando el sufrimiento y saciando el hambre de aquella pobre gente. Así ha de vivir la Iglesia que quiera hacer presente a Jesús en el mundo de hoy. La escena lo presenta en medio de la “gente” en actitud de “compasión”. Lo hace también en otras ocasiones. Esta compasión está en el origen de toda su actuación. ¿Y yo, soy compasivo con los demás?

El evangelista Mateo no se preocupa por detalles del relato, tampoco explica la razón por la que Jesús se aparta. Puede ser temor. Herodes pensaba que Jesús era Juan Bautista resucitado y dijo, “por eso virtudes obran en él” (14:1-2). Por lo tanto, Herodes podía concluir que también era necesario matarle a Jesús. La palabra “apartar” (griego: anechoresen) ocurre cinco veces en los capítulos anteriores, cada vez como respuesta al peligro.

Jesús es prudente y no quiere en este momento ninguna confrontación violenta. En otra ocasión, Jesús escogió no ir a Jerusalén porque “mi tiempo aun no es cumplido” (Juan 7:8). Puede ser lamentación por la muerte de Juan, que no sólo era su pariente, había venido para prepararle el camino a Jesús y, pidiéndoselo Jesús, le había bautizado. Era un buen amigo, colega de confianza.

A Jesús no le faltan motivos para estar solo y tal vez hasta se molesta por haberle interrumpido su silencio, pero siente compasión por ellos y sana a sus enfermos (griego: arrostous —miserables—). Sabe jerarquizar las prioridades y sentimientos, siempre enfocado en la misión del Padre y no en cosas secundarias.

El tiempo pasa y Jesús sigue ocupado en curar. Ya es tarde y los discípulos dan por hecho que Jesús está tan involucrado en su ministerio, que no se da cuenta de que está anocheciendo. Sienten la responsabilidad de recordarle la realidad y que sea sensible. Sin duda se preocupan por Jesús.

Una multitud pronto se puede convertir en muchedumbre agitada, si no se maneja con cuidado. Aunque las cosas no estén tan mal, la buena voluntad que Jesús ha generado entre la gente desaparecerá si tienen que marcharse hambrientos. Los discípulos también se preocupan por sí mismos. En una crisis Jesús les pedirá hacer algo, y ellos no se pueden imaginar qué es lo que puedan hacer. Por lo que los discípulos le interrumpen en sus actividades con una propuesta: “Es muy tarde; lo mejor es ‘despedir’ a aquella gente y que cada uno se ‘compre’ algo de comer”. No han aprendido nada de Jesús. Se desentienden de los hambrientos y los dejan en manos de las leyes económicas, dominadas por los terratenientes. Que se “compren comida”. ¿Qué harán quienes no pueden comprar?

“Denles ustedes de comer”, continúa siendo un reto para nosotros. Vivimos en un mundo de gente hambrienta, enferma, y rezamos para que Jesús haga algo. Él responde: “Denles ustedes de comer. Ocúpense ustedes, yo no soy mago. Les tengo a ustedes”. Estoy seguro que en estos tiempos de pandemia la Iglesia ha de cumplir con el reto de cuidar a los más débiles y ser ejemplo de solidaridad, viviendo en el nivel económico de los más vulnerables.

Es muy fácil pedir a los demás porque hay menos ingresos. No cometamos el error de los discípulos, rogando que él haga todo y que otros “nos den”. No olvidemos que Jesús toma lo que le traemos y lo multiplica. Su bendición cambia todo. Necesita nuestras manos, nuestra iniciativa, nuestras ganas y esfuerzo. No somos las marionetas en sus manos. Nos toma muy en serio para que seamos sus instrumentos en el mundo actual.

Los apóstoles no enfatizan lo que tienen, sino lo que no. No ven posibilidades, sólo problemas. Su estimación es perfecta. Los discípulos tienen cinco panes y dos peces —siete cosas—, suficiente para una familia, pero la multitud se extiende hasta el horizonte. No sólo han estimado la cantidad de comida correctamente, también aciertan en su estimación de Jesús.

Él, obviamente necesita quien le confronte —y devolverle los sentidos— para volver a la realidad. “Despide a las gentes, para que se vayan por las aldeas, y compren para sí de comer”. Actúa ahora, antes de que la situación se ponga fea. ¡Termina el día en una nota positiva, Jesús! ¡Termínalo ahora!

Varias veces nos sentimos tentados a creer —como hicieron ellos— que no tenemos nada que ofrecer al enfrentarnos con necesidades abrumadoras. Millones de personas están enfermas y sólo podemos ofrecerles una oración. ¿Y si nos ayudamos cuidándonos mejor y así salvamos del contagio a más personas?

“Quédate en casa” y “sana distancia” no son frases para tomarlas a la ligera. ¿Por qué no pensamos de forma positiva? En manos de los discípulos cinco panes y dos peces no es mucho, pero hay otras manos aquí, las de Jesús. Si Jesús puede tocar a un leproso y sanarlo, quizá pueda hacer algo con esta mísera cantidad de comida. Los discípulos han sumado cinco más dos y han llegado a siete. Deben aprender a contar hasta ocho, incluir a Jesús en la ecuación. Los discípulos siguen escépticos. Entre la gente sólo hay cinco panes y dos peces, pero para Jesús es suficiente: si compartimos lo poco que tenemos, se puede saciar el hambre de todos; incluso, pueden “sobrar” doce cestos de pan. Esta es su alternativa. Una sociedad más humana, capaz de compartir su pan con los hambrientos, tendrá recursos suficientes para todos.

Jesús toma la iniciativa cuando los discípulos le traen los cinco panes y dos peces. Hace más que compartir el dolor de la muchedumbre: les alimenta. Primero, les pide que se sienten en la hierba; después, levanta los ojos al cielo y bendice y parte los panes, y los reparte (pero no los peces) entre los discípulos. Hasta este punto no hay indicación de que un milagro haya tomado lugar. Cuando Jesús da las gracias por el pan y lo parte para ser distribuido, está haciendo lo que un hombre judío típicamente haría para su familia al comenzar la comida. Los discípulos reparten el pan y “todos comieron y se hartaron” (v. 20).

Esta es la primera indicación de que ha ocurrido algo especial. Las doce cestas de comida que sobró, como los mismos doce discípulos, seguramente simbolizan las doce tribus de Israel sugiriendo provisiones para todo el pueblo. En el milagro de maná no se permitía guardar sobras, pero Jesús, más grande que Moisés, hace que los discípulos reúnan doce cestas de comida después de quedar todos saciados.

Me llama mucho la atención que no hay mención de maravilla por parte de la muchedumbre. Quizá no están enterados de que ha ocurrido un milagro. Tampoco hay mención de maravilla por parte de los discípulos, no saben que Jesús, de alguna manera, ha multiplicado la poca comida que le habían traído.

Lo que pasó no fue un “milagro” en sentido estricto, que es como lo entendemos normalmente. Realmente fue un verdadero milagro que un grupo tan numeroso de personas compartiera todo lo que tienen, hasta conseguir que nadie pasara necesidad de alimento. Hay que tener en cuenta que en aquel tiempo no se podía repostar por el camino, todo el que salía de casa para un tiempo, iba provisto de alimento.

Los apóstoles tenían cinco panes y dos peces, seguramente, después de haber comido ese día. Si el contacto con Jesús y el ejemplo de los apóstoles, les empujó a poner a cada uno lo que tenían al servicio de todos, estamos ante un ejemplo de respuesta a la compasión y generosidad que Jesús predicaba. Ese es el verdadero milagro.

*Término hebreo que en la Biblia significa tiempo, palabra y acción (palabra/hecho). Palabra creativa que es sinónimo de sabiduría, porque tiene el potencial de diseñar, construir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros. Dabar-Palabra es sobre todo Jesucristo, en quien la comunicación de Dios tiene su expresión extensiva e intensiva. La vida es el lugar en el que la Palabra debe de ser meditada, interpretada y actualizada. Que la Dabar nos guíe a la felicidad y nos oriente a darnos hacia los demás.

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