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Dabar (*)

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Domingo 19º del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“Fantasía sobre Dios”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (14,22-33):

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!” Pedro le contestó: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Él le dijo: “Ven”. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: “Señor, sálvame”.

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?” En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”.

Como el domingo pasado, vemos una parábola en acción. Nos resulta muy fácil poder imaginarnos los hechos sucedidos en el lago de Genesaret. En este relato lo que pasó tiene poca importancia; todo está lleno de símbolos que nos quieren llevar más allá de una información de sucesos puntuales. Se parece más a los relatos de apariciones pascuales. Algunos exegetas sugieren que puede tratarse de una trama de Jesús resucitado, que han colocado más tarde en el contexto de la vida real.

Jesús sube a lo más alto del monte para orar y estar a solas con su Padre. Los discípulos van hasta el nivel más bajo, el mar, para acercarse a la divinidad de Jesús. Creen que van a encontrar allí las seguridades que Jesús les niega al no aceptar la gloria humana. En realidad encuentran la oscuridad, la zozobra, el miedo. Las aguas turbulentas representan las fuerzas del mal. Son signo del caos, de la destrucción, de la muerte.

Es muy importante la escena que presenta a Jesús caminando sobre todo esto. En todo momento Jesús domina y controla la situación. No hay ningún miedo ni superficialidad. En el Antiguo Testamento se dice expresamente que sólo Dios puede caminar sobre el dorso del océano. Al caminar Jesús sobre las aguas, se están diciendo dos cosas: que domina sobre las fuerzas del mal y que es Dios.

Demuestra que es también verdadero Dios. La confesión final es la confirmación de esta experiencia. Esta confesión apunta también a un relato pascual, porque sólo después de la experiencia de la resurrección descubrieron los apóstoles su divinidad.

La barca es símbolo de la nueva comunidad que se reúne alrededor de Jesús. La barca de Pedro simboliza su Iglesia, en ella están sus seguidores haciendo el viaje que Jesús les ha mandado, surcando el mar; es decir, avanzan por la historia en medio de tormentas y dificultades. El pueblo judío nunca ha sido marinero, por lo que el mar abierto, el Mediterráneo, era símbolo de inestabilidad, de caos, de maldad; era lo opuesto a la tierra firme establecida por Dios, prometida para su pueblo.

Jesús puede caminar sobre las aguas porque es Dios, que viene a poner orden en el mundo, porque es capaz de superar el mal. Las dificultades que atraviesan los apóstoles son consecuencia del alejamiento de Jesús. Esto se aprecia mejor en el Evangelio de Juan, que deja muy claro que ellos decidieron marcharse sin esperar a Jesús. Se alejan malhumorados porque Jesús no aceptó las aclamaciones de la gente saciada, pero Jesús no les abandona y los busca.

Para ellos Jesús es un “fantasma”; está en las nubes y no pisa tierra. No responde a sus intereses y es incomprensible con sus pretensiones. Su cercanía, sin embargo, les hace descubrir al verdadero Jesús. En la Iglesia no siempre nos resulta fácil reconocer a Jesús, por eso los discípulos se asustan, pero él se nos da a conocer con palabras de aliento: “Ánimo. Soy yo, no tengan miedo”.

Pedro siente curiosidad inmensa al descubrir que su amigo Jesús se presenta con poderes divinos, y quiere participar de ese privilegio. “Mándame ir hacia ti, andando sobre el agua”. Haz que yo participe del poder divino como tú. Pero Pedro quiere lograrlo por arte de magia, no por transformación personal. Jesús le invita a entrar en la esfera de lo divino y participar de ese verdadero ser: “ven”. Pedro, prototipo del seguidor de Jesús, se atreve a desear ser como Jesús, superar el mal como él, caminar sobre las aguas, pero sólo será capaz si Jesús se lo manda.

Cuando Pedro pone sus ojos en Jesús y sólo en él, podrá caminar hacia él; pero cuando su atención se tuerce hacia el viento, le puede el miedo y se hunde. Pedro camina sobre el agua mientras mira a Jesús; se empieza a hundir cuando mira las olas. No está preparado para acceder a la esfera de lo divino, pero no porque sea mala persona sino porque no es capaz de prescindir de las seguridades. Lo mismo pasa en la realidad de la vida cuando se nos presenta alguna dificultad y buscamos un acercamiento con Dios; al principio no es fácil porque hay muchas distracciones, pero una vez que nos entregamos a la oración y a la reflexión, nuestra fe parece “crecer”.

No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús —sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra— la figura de la Iglesia actual, amenazada desde fuera y por toda clase de fuerzas adversas, y tentada desde dentro por el miedo y la mediocridad. Los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche. Les parece un “fantasma”. El miedo los tiene aterrorizados. Lo único real para ellos es aquella fuerte tempestad.

Es nuestro primer problema. Vivimos la crisis de la Iglesia contagiándonos unos a otros desaliento, miedo y falta de fe. Buscamos respuestas en programas, proyectos arcaicos, y parece que nuestra mente está ocupada con angustias materiales, en poner orden en nuestro entorno cuando nuestro interior sigue vacío.

Somos incapaces de ver que Jesús se nos acerca, precisamente desde el interior de esta crisis. Nos sentimos más solos e indefensos que nunca. Jesús les dice las palabras que necesitan escuchar: “¡Ánimo! Soy yo. No teman”. Sólo él les puede hablar así. Pero sus oídos sólo oyen el estruendo de las olas y la fuerza del viento. Este es también nuestro error. Si no escuchamos la invitación de Jesús a poner en él nuestra confianza incondicional, ¿a quién acudiremos?

El miedo es el primer efecto de toda teofanía. El ser humano no se encuentra bien en presencia de lo divino. Hay algo en esa presencia de Dios que nos inquieta. La presencia del Dios auténtico no da seguridades, sino zozobra; seguramente porque el verdadero Dios no se deja manipular, es incontrolable y nos desborda. La respuesta de Jesús a los gritos (miedo) es una clara alusión al episodio de Moisés ante la zarza. El “ego eimi” (yo soy) en boca de Jesús es una clara alusión a su divinidad. Juan lo utiliza con mucha frecuencia para dejar clara la naturaleza de la figura de Jesús. Si es Él, no tienen por qué tener miedo. Él no es ningún fantasma.

El verdadero Dios no llega a nosotros a través de los sentidos, no viene de fuera. No podemos verlo, oírlo, tocarlo, olerlo ni gustarlo. Tampoco llegará a través de la especulación y de la razón. Dios no tiene más que un camino para llegar a nosotros: nuestro propio ser. Su acción no se puede “sentir”. Esa presencia de Dios sólo puede ser experimentada. El budismo tiene una frase, tremenda a primera vista: “si te encuentras con el Buda, mátalo”. Lo mismo podíamos decir nosotros: si te encuentras con Dios, mátalo. Ese Dios es falso, es una creación de tu imaginación; es un ídolo. Si lo buscas fuera de ti persigues un fantasma.

También hoy el viento es contrario, las olas son inmensas, las cosas no salen bien y, encima, es de noche y Jesús no está. Todo apunta a la desesperanza. Parece que la pandemia nos tiene dominados. Pero resulta que Dios está donde menos lo esperamos: en medio de las dificultades, del caos y de las olas, aunque nos cueste tanto reconocerlo. ¿Por qué no lo reconocemos en tanta gente buena, en el servicio de tantos médicos, enfermeras, en el cuidado de nuestros familiares, en el tiempo que nos regala oportunidades de perdonar?

Le reconoceríamos enseguida si desplegara su poder y se manifestara de forma portentosa. Eso ha sido siempre la gran tentación. Seguimos esperando el milagro de Dios, pero no está en el huracán, en el terremoto ni en el fuego. Es apenas un susurro. Siempre nos ha interesado el Dios todopoderoso que hace y deshace a capricho, que puede emplear esa omnipotencia en favor mío si cumplo determinadas condiciones.

En los acontecimientos venturosos hay peligro de encontrarnos con un Dios falso. Sólo los acontecimientos adversos nos obligan a descubrir el Verdadero Dios. Como decía Job: “Yo te conocía sólo de oídas; ahora te han visto mis ojos”.

La historia de la Iglesia nos demuestra esta realidad. Cuando todo iba viento en popa, se alejaba del Evangelio. Cuando era perseguida, crecía la fidelidad a su Maestro. A Israel le pasó lo mismo. ¿No será una señal para nosotros? Hoy tenemos que afrontar la misma disyuntiva. O mantener a toda costa nuestros ídolos o encaminarnos en busca del verdadero Dios.

La tentación es la misma, intentar mantener a toda costa el Dios ídolo que hemos pulido y alicatado durante dos mil años. La consecuencia es clara: nunca lo encontraremos. Seamos capaces de soñar, como Pedro, que Jesús nos puede hacer superar el mal. Esta crisis no es el final de la fe cristiana, es la purificación que necesitamos para liberarnos de intereses mundanos, poco trascendentes,  triunfalismos engañosos y obcecaciones que nos han ido alejando de Jesús a lo largo de los siglos.

Él está actuando en esta crisis, nos conduce hacia una Iglesia más cerca del Evangelio. ¿Somos capaces de ver el milagro que nos envuelve? Me parece que con poco esfuerzo lo lograremos. Reavivemos nuestra confianza en Jesús, no tengamos miedo, no es ningún fantasma; al contrario, nosotros hemos creado un mundo de fantasía sobre Dios. Pongamos nuestros ojos sólo en él y caminemos confiados sobre las dificultades. Si algo falla, siempre tendremos su mano poderosa para salvarnos.

*Término hebreo que en la Biblia significa tiempo, palabra y acción (palabra/hecho). Palabra creativa que es sinónimo de sabiduría, porque tiene el potencial de diseñar, construir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros. Dabar-Palabra es sobre todo Jesucristo, en quien la comunicación de Dios tiene su expresión extensiva e intensiva. La vida es el lugar en el que la Palabra debe de ser meditada, interpretada y actualizada. Que la Dabar nos guíe a la felicidad y nos oriente a darnos hacia los demás.

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