Inicio»Opinión»Dabar (*)

Dabar (*)

0
Compartidos
Google+

Domingo 21º del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“Jesús es peligroso”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (16,13-20):

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos contestaron: “Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. Él les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le respondió: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Hoy estamos invitados a Cesarea de Filipo, localidad pagana de fuerte influencia helenística (donde se adoraba principalmente al dios Pan, el dios de fertilidad). Estamos ante de uno de los diálogos más importantes del Evangelio de Mateo. Allí Jesús interpela a sus discípulos con dos preguntas: “¿quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” y “ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Creo que no es fácil intentar responder con sinceridad a estas preguntas.

Después de dieciséis capítulos del Evangelio de Mateo, aparece un diálogo de Jesús con sus discípulos que tiene plena actualidad. Comienza con una pregunta externa, fácil de contestar: ¿qué piensan los demás? Nos encanta hablar de los otros, de lo que hacen, dicen, piensan y de cómo se equivocan. En tiempos de Jesús la gente lo veía como uno de los grandes profetas que habían existido hacía siglos. Ellos también tenían sus profetillas y sus lidercillos, pero no eran como aquellos de antaño. El único que destacó fue Juan Bautista.

Así, la gente relaciona a Jesús con los grandes personajes del pasado remoto (Elías, Jeremías) o reciente (Juan Bautista). No está mal para empezar, pero no basta. La gente capta que Jesús tiene un mensaje de parte de Dios, y que su figura significa mucho pero no llega al fondo de quién es en realidad.

Después del rodeo, Jesús llega a la pregunta que de verdad le interesaba: “¿y ustedes quién dicen que soy yo?”. En realidad, ¿quién es Jesús para nosotros? Su persona nos llega a través de veinte siglos de imágenes, fórmulas, devociones, experiencias, interpretaciones culturales… que van desvelando y velando al mismo tiempo su riqueza insondable.

Y además, cada uno de nosotros vamos revistiendo a Jesús de lo que somos, con nuestras grandezas y pequeñeces. Proyectamos en él nuestros deseos, aspiraciones, intereses y limitaciones. Y casi sin darnos cuenta lo empequeñecemos y desfiguramos, incluso cuando tratamos de exaltarlo. Él siempre es ¡mucho más! Y sobre todo él sigue vivo. Gracias a Dios no lo hemos podido disecar con nuestra mediocridad, no permite que lo disfracemos, no se deja etiquetar ni reducir a ritos, fórmulas o costumbres por más que algunos lo intenten.

¿Saben que es lo más bello? Jesús siempre desconcierta a quien se acerca a él con postura abierta y sincera, es distinto de lo que esperábamos, abre nuevas brechas en nuestra vida, rompe nuestros esquemas e imaginaciones y nos atrae a una vida nueva. Cuanto más se le conoce, más sabe uno que todavía está empezando a descubrirlo. ¡Qué hermoso es este camino¡ Nunca termina.

Y no olvides que “Jesús es peligroso”. Percibimos en él una entrega a los hombres que desenmascara nuestro egoísmo, una pasión por la justicia que sacude nuestras seguridades, privilegios e ingratitud, una ternura que deja al descubierto nuestra mezquindad, una libertad que rasga nuestras mil esclavitudes y servidumbres. Sin duda, a Jesús lo iremos conociendo en la medida en que nos entreguemos a él. Sólo hay un camino para ahondar en su misterio: seguirlo. Porque Jesús sigue siendo un misterio de apertura, cercanía y proximidad a Dios, que nos atrae y nos invita a abrir nuestra existencia al Padre.

Aunque la fe cristiana no es individualista sino comunitaria, estas preguntas fundamentales debemos afrontarla solos. No se trata de dar una mera opinión, sino de pronunciar, desde la profundidad de nuestro mismo ser, un “sí” o un “no” a Jesús y su proyecto. Nadie puede forzarnos a reconocer que Jesús es el Mesías. No es suficiente nacer en una cultura y costumbres religiosas determinadas y vinculadas con el catolicismo, no se trata de responder desde nuestros credos, confesiones de fe o doctrinas, sino desde la sincera convicción interior.

Quienes han oído hablar de Jesús, de una forma u otra, tendrán que preguntarse acerca de él. Preguntarnos por su identidad es plantearnos también si él es quien resuelve la incógnita sobre quienes somos. Una cosa es seguir a Jesús, y otra fabricarnos un Jesús que sirva a nuestros propósitos personales.

Al reconocerle acertadamente como “el Cristo” (v. 16), Pedro esperaba, conforme a las expectativas mesiánicas populares, que por su mediación irrumpiría inmediatamente el advenimiento de un nuevo estado de las cosas. Que viniese el Cristo conllevaba esta expectación, sin embargo aunque acertado al reconocerle como Mesías, Pedro no entendió el programa mesiánico de Jesús (como se verá más adelante; el v. 22).

La valentía y decisión de Pedro en aquel momento, no nos sirve de nada si nos limitamos a repetir aquella misma frase: “Tú eres el Mesías, el hijo del Dios vivo”. ¿Qué significa “Mesías” e “hijo de Dios” hoy?

En tiempos de Jesús, los judíos tenían esperanzas muy vivas sobre la venida de Dios para salvarles; las palabras de Pedro sólo tienen sentido dentro de aquella esperanza. Por eso, cuando Jesús nos pregunta hoy “¿quién soy yo para ti?”, nos está pidiendo mucho más que la repetición de una frase hecha.

Revisemos primero dónde está nuestra esperanza, cuáles son nuestros anhelos, qué deseamos realmente de la vida, dónde ponemos nuestra felicidad. Cuando sepamos eso, tendrá sentido decir que Jesús es la respuesta. Es fácil dar la limosna, sentarse en el banco en la iglesia, aplaudir a la autoridad eclesiástica o dar un clic a uno de los mensajes sobre Dios o la Iglesia que te envían. Pero, tal vez, esto no tiene nada que ver con tu relación con Dios.

¿Quién es él realmente para ti? ¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como él la miraba? ¿Miramos desde nuestras comunidades, parroquias, capillas a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad, o nos encerramos en nuestras celebraciones, peticiones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?

Créeme que hay muchos lugares donde lo puedes encontrar y dar la respuesta positiva sobre Él. No dudes que Él lo verificará un día, y cuando lo tengas enfrente de Ti, te preguntará cuántas veces lo negaste ante tus hermanos necesitados. ¿Será peligroso para ti?

*Término hebreo que en la Biblia significa tiempo, palabra y acción (palabra/hecho). Palabra creativa que es sinónimo de sabiduría, porque tiene el potencial de diseñar, construir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros. Dabar-Palabra es sobre todo Jesucristo, en quien la comunicación de Dios tiene su expresión extensiva e intensiva. La vida es el lugar en el que la Palabra debe de ser meditada, interpretada y actualizada. Que la Dabar nos guíe a la felicidad y nos oriente a darnos hacia los demás.

Noticia anterior

portada

Siguiente noticia

Alarma en municipios muertes por Covid-19