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Domingo 23º del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“Ekklesia la que quiere Jesús”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (18,15-20)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo. Les aseguro, además, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

 

Este Evangelio trae dos temas muy prácticos y necesarios de comprender y aplicar en la vida: el sentido de ser parte de la Iglesia y la corrección fraterna. Dos temas muy relacionados, que se compenetran mutuamente.

Meditamos uno de los dos lugares del Evangelio de Mateo, donde Jesús menciona la palabra “ekklesia”. La doble inclusión de esa palabra en Mateo 18:17, hace que estemos ante un pasaje central para entender el comportamiento comunal, la autoridad espiritual y el propósito esencial que debe identificar a toda congregación que se atreva a llamarse “iglesia”.

En el primero y más recordado pasaje, donde usa la palabra, Jesús declara: “y sobre esta roca edificaré mi iglesia (ekklesia). El primer uso de la palabra “iglesia” en el Evangelio de Mateo, se refiere a la autoridad celestial que Jesús le otorga a la Iglesia. A diferencia del primer uso de “ekklesia”, el segundo pasaje que nos ocupa tiene una aplicación más terrenal. Su enfoque es sobre las relaciones interpersonales en las comunidades y con la autoridad espiritual de la Iglesia.

En otras palabras, existe relación entre cómo nos tratamos unos a otros dentro de la iglesia local (nuestros grupos parroquiales) y la extensión de la autoridad espiritual, que podemos tener como congregación en la comunidad que habitamos.

La promesa de Jesús es muy clara: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Él no piensa en celebraciones masivas como las de la plaza de San Pedro, en Roma, aunque sólo sean dos o tres. Allí está en medio de ellos. No es necesario que esté presente la jerarquía, no hace falta que sean muchos los reunidos.

Tal vez esta pandemia nos ayude a comprender el sentido de las palabras del Maestro. Lo importante es que “estén reunidos”, no dispersos ni enfrentados. No vivan descalificándose unos a otros. Lo decisivo es que se reúnan “en su nombre”, que escuchen su llamada, que vivan identificados con su proyecto del reino de Dios, que apliquen en la vida diaria el mandato de “amarse y perdonarse mutuamente”, que Jesús sea el centro de su pequeño grupo.

Esta presencia viva y real de Jesús es la que ha de animar, guiar y sostener a las pequeñas comunidades de seguidores. Es Jesús quien ha de alentar su oración, sus celebraciones, proyectos y actividades. Esta presencia es el “secreto” de toda comunidad cristiana viva, y no el esplendor de la liturgia masiva.

No podemos reunirnos en nuestros grupos y comunidades de cualquier manera: por costumbre, por inercia o para cumplir obligaciones religiosas. Seremos muchos o tal vez pocos, pero lo importante es que nos reunamos en su nombre, atraídos por su persona y por su proyecto de hacer un mundo más humano. Esta es la Ekklesia.

Para formar la comunidad que soñó Jesús, debemos esforzarnos y saber poner en práctica su testamento. Uno de los puntos más difíciles es saber perdonar, saber corregir. Por ello, Mateo, en el mismo fragmento donde explica el concepto de Iglesia, nos da las indicaciones sobre la corrección del hermano.

El papa Francisco comenta este fragmento, con bellas y sinceras palabras: “La actitud es de delicadeza, prudencia, humildad, atención hacia quien cometió una culpa, evitando las palabras que puedan herir y asesinar al hermano. Porque ustedes saben que las palabras matan. Cuando hablo mal y hago una crítica injusta, cuando descarno a un hermano con mi lengua, esto es asesinar la reputación del otro. También las palabras asesinan”.

¿Cuántas veces “asesinamos” a nuestro hermano con chismes y calumnias? No lo dejamos defenderse. Tan fácil es “matar” con los guantes blancos. Me tocó sentir esa parte, y créanme que duele cuando todas esas bellas palabras del papa Francisco sobre la delicadeza, la prudencia, la humildad, etc., se cambian por dureza, arrogancia y soberbia. Al corregir hemos de ser benévolos y respetuosos con las personas, sin humillarlas ni abochornarlas jamás, mucho menos en público.

Como sabemos, Jesús nos da instrucciones prácticas para lidiar con ofensas entre la comunidad. Como primer paso, propone una confrontación personal que busque la reconciliación (v. 15). Si no funciona, recomienda hablar sobre el asunto con uno o dos testigos (v. 16), como demandaba la Torá (Dt 19:15).

Si estos intentos no dan solución, Jesús lo convierte en corrección eclesial (v. 17a). Y, por último, si el ofensor no acepta su error y busca reconciliación, demanda tratar a la persona como “gentil y publicano”. No habla de expulsión de la comunidad, sino de una especie de aislamiento.

La corrección fraterna no es fácil, porque el ser humano tiende a manifestar superioridad. En este caso puede suceder por partida doble. El que corrige puede humillar al corregido, queriendo hacer ver su superioridad moral. Aquí tenemos que recordar las palabras de Jesús: “¿Cómo pretendes sacar la mota del ojo del tu hermano, teniendo una viga en el tuyo?”.

El corregido puede rechazar la corrección, por falta de humildad. Por ambas partes se necesita madurez humana, difícil de alcanzar. Por ello es importante la oración. Orar y no cesar de orar antes de corregir a tu hermano, y después de haberse corregido por el otro. La oración nos ayuda a dejar claro que buscamos el bien del corregido. Aquí van unos consejos para hacer bien la corrección fraterna:

Buscar el mejor momento. Uno de los grandes errores que a veces se comete es corregir en caliente, con ruido, sin intimidad, con prisa. ¡Qué importante es el momento!

Corregir con caridad. El tono de voz, la mirada justiciera y desafiante, no mirar a la cara, la dureza, el grito, son maneras de hacer que el otro no se sienta corregido, sino atacado. La superioridad del que corrige, pensando que es mejor que el otro, y sin caridad, no da éxito en la corrección. No ponerse en el lugar del otro ni escucharle o intentar entender, sin empatía, tampoco.

Explicar la incondicionalidad de su amor hacia el otro. Porque al final, ¿cuál es el objetivo de la corrección? ¿Es guerra? ¿Se trata de ganar batallitas entre nosotros? ¿Es orgullo? ¿Corrijo por mí o por el otro? ¿Es cuestión de tener razón? La corrección debe ser muestra de amor hacia el otro al que, por lo que le quiero, le deseo lo mejor. Y este es el sentido de la Ekklesia. En esto “se resume toda la ley de los profetas”, como lo diría literalmente Jesús.

*Término hebreo que en la Biblia significa tiempo, palabra y acción (palabra/hecho). Palabra creativa que es sinónimo de sabiduría, porque tiene el potencial de diseñar, construir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros. Dabar-Palabra es sobre todo Jesucristo, en quien la comunicación de Dios tiene su expresión extensiva e intensiva. La vida es el lugar en el que la Palabra debe de ser meditada, interpretada y actualizada. Que la Dabar nos guíe a la felicidad y nos oriente a darnos hacia los demás.

*Término hebreo que en la Biblia significa tiempo, palabra y acción (palabra/hecho). Palabra creativa que es sinónimo de sabiduría, porque tiene el potencial de diseñar, construir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros. Dabar-Palabra es sobre todo Jesucristo, en quien la comunicación de Dios tiene su expresión extensiva e intensiva. La vida es el lugar en el que la Palabra debe de ser meditada, interpretada y actualizada. Que la Dabar nos guíe a la felicidad y nos oriente a darnos hacia los demás.

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