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Dabar (*)

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Domingo 24º del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“Perdóname”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (18,21-35):

 

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?”

Jesús le contestó: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: ‘Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo’.

El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: ‘Págame lo que me debes’. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré’. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.

Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con ustedes mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

 

Meditamos la parábola del “siervo sin entrañas”. Trata de un hombre que, habiendo sido perdonado por el rey, por una deuda imposible de pagar, es incapaz de perdonar a un compañero que le debe una pequeña cantidad. El relato parece sencillo y claro, sin embargo los autores siguen discutiendo sobre su sentido original, pues la desafortunada aplicación de Mateo no encaja bien con la llamada de Jesús a “perdonar hasta setenta veces siete”.

Estoy consciente de que no es fácil hablar de perdón en medio de una sociedad justamente indignada, y menos cuando todos los días nos avisan sobre tanta violencia y sangre derramada por nuestros hermanos. Hasta sentiemos tentación por ignorar la llamada del Evangelio. Es más cómodo no recordar de momento las palabras de Jesús, que nos invitan a perdonar “setenta veces siete”, es decir, siempre.

Sin embargo, hay algo que desde dentro me conmina a anunciar el mensaje del perdón, incluso en estos momentos, pues lo considero necesario para caminar hacia una verdadera reconciliación. El mal sólo se vence con el bien. Sin duda hay que entender el pensamiento de Jesús. Perdonar no significa ignorar las injusticias cometidas, ni aceptarlas de manera pasiva o indiferente. Al contrario, si uno perdona es precisamente para destruir de alguna manera la espiral del mal, y para ayudar al otro a rehabilitarse y actuar de manera diferente en el futuro.

No tengo dudas del planteamiento que hace Pedro. Es muy práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos y conflictos. ¿Cómo tiene que actuar aquel grupo de seguidores que camina tras sus pasos? En concreto: “¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda?”

Antes de que Jesús le responda, el impetuoso Pedro se le adelanta para hacerle su propia sugerencia: “¿Hasta siete veces?”. Su propuesta es de generosidad superior al clima justiciero de la sociedad judía. Va más allá, incluso, de lo que practican rabinos, que hablan de perdonar como máximo hasta cuatro veces. El siete también es un número santo para el pueblo judío. Simboliza perfección, totalidad, abundancia, descanso y completamiento. Tiene asomos de infinitud. Por ejemplo, los siete días de la semana constituyen un ciclo interminable. Así que la propuesta de Pedro puede ser todavía más generosa de lo que puede parecer a primera vista.

Pero hay un detalle significativo. Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía, donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo. La respuesta de Jesús exige ponernos en otro nivel. En el perdón no hay límites: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano, se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.

Entre los judíos era conocido el “Canto de venganza” de Lámec, legendario héroe del desierto que decía así: “Caín será vengado siete veces, pero Lámec será vengado setenta veces siete”. Frente a esta cultura de la venganza sin límites, Jesús propone el perdón entre sus discípulos, tambipen sin limitantes.

Da el giro copernicano a la normativa del perdón. Nos acerca a la imagen de cómo es nuestro Dios. El perdón nos habla de una característica de su amor perfecto hacia los hombres. No me cabe duda de que Él necesita de nosotros para que su misericordia llegue a la gente. Quiere que seamos instrumentos de su perdón. Cuando nos invita a amar como Él mismo nos ama, también se refiere al perdón. El perdón es la perfección de la caridad.

Nos cuesta mucho porque requiere que venzamos nuestro orgullo y que seamos humildes. Ojalá seamos más abiertos al perdón y sepamos dejar nuestros rencores y caras largas. Que sepamos reconocer nuestros prejuicios y equivocaciones. No seamos tan duros al juzgar al hermano.

Si no perdonamos, permitimos que el odio se adueñe de nuestro corazón y afecte todas las decisiones. Odiando matamos nuestra alma. El deseo de venganza, significa que se quiere superar al otro en hacer el mal.

Miremos a nuestro Dios con su inmensa misericordia. Él nos toma muy en serio, y antes de poner el mandamiento del perdón, primero nos perdona. Solamente la gratitud por ser perdonados hace posible para nosotros perdonar a otros de corazón. No hablemos sólo del perdón, sino empecemos a vivir perdonando desde ahora. No esperemos ni un día más para llamar o visitar a quien debemos decir: “perdóname”.

*Término hebreo que en la Biblia significa tiempo, palabra y acción (palabra/hecho). Palabra creativa que es sinónimo de sabiduría, porque tiene el potencial de diseñar, construir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros. Dabar-Palabra es sobre todo Jesucristo, en quien la comunicación de Dios tiene su expresión extensiva e intensiva. La vida es el lugar en el que la Palabra debe de ser meditada, interpretada y actualizada. Que la Dabar nos guíe a la felicidad y nos oriente a darnos hacia los demás.

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