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Domingo 28º del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“La frescura del Evangelio”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (22,1-14):

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: ‘Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Vengan a la boda’. Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: ‘La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encuentren invítenlos a la boda’. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?’ El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: ‘Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

 

Seguimos el esquema del domingo pasado. Una alegoría del Antiguo Testamento, interpretada por el evangelista. Sólo que esta vez el simbolismo se toma de la imagen del banquete y no de la viña. El relato interpreta el texto de Isaías, desde la perspectiva de la primera comunidad. También hoy Mateo alegoriza el relato y lo enriquece con la segunda parte (vestido de boda) que no está en Lucas.

Mateo quiere acusar a los dirigentes judíos de haber rechazado la oferta de salvación, que Dios les hace por medio de Jesús. Por ello, se dirige a una comunidad que tenía que superar el trauma de la separación de la religión judía, y el peligro de repetir los mismos errores. Insiste en el tema de la universalidad, que tantos dolores de cabeza produjo a las primeras comunidades.

Es el Padre el que invita a la boda de su Hijo. Los primeros invitados son los jefes religiosos judíos que se negaron a aceptar el mensaje de Jesús. El prender fuego a la ciudad hace alusión clara a la destrucción de Jerusalén. Los nuevos invitados son los gentiles, es decir, todos los seres humanos, sin importar ni raza ni condición social y, lo que es más escandaloso, sin importar si son buenos o malos, ni la religión a la que pertenecen.

Hay, sin duda, en el relato, una distorsión del mensaje de Jesús. Se trata de la actitud de Dios que monta en cólera, y manda a acabar con aquellos asesinos. Esto no tiene nada que ver con la idea que Jesús tiene de Dios, pero responde muy bien al Dios del Antiguo Testamento, que a su vez refleja la manera de ser del hombre, proyectada sobre Dios.

Tampoco el añadido del individuo que no llevaba traje de fiesta tiene mucho que ver con el Evangelio. La falta de toda lógica nos advierte de que es un pegote al relato. Si salen a los cruces de los caminos para llamar a toda la gente que encuentren, ¿qué sentido tiene que se le exija un vestido de boda? ¿Es que la gente va por los caminos vestidos de boda?

Seguramente se trata de una parábola distinta, que Mateo incorpora sin mucha lógica a la principal. Claro que la intención del evangelista es buena. Lo que intentaba decir es que no basta pertenecer a una comunidad para sentirse salvado. Sólo el que de verdad se revestía de Cristo (la teología bien explicada en los textos de san Pablo) podía estar seguro de que había entrado en el reino.

Esto es cierto, pero no se trata de que Dios tome represalias en contra del malo, sino que se queda fuera el que no quiere entrar y aceptar las condiciones del Reino. Personalmente creo que se trata, una vez más, de evitar malas interpretaciones de la pertenencia a la comunidad.

Era muy fácil entrar a formar parte de la comunidad y aprovechar todas las ventajas, incluso sociales, que también importaba, pero sin cambiar las actitudes y viviendo acorde al Evangelio. Por ello, el evangelista lo que quiere es alertar a los cristianos de una pertenencia formal y sin compromiso a la comunidad.

El mensaje de este Evangelio tiene gran actualidad para nosotros. Dios llama a todos hoy, como ayer. El banquete es el mismo para todos. La respuesta de cada uno puede ser un sí o un no. Esa respuesta es la que marca la diferencia entre unos y otros. Si preferimos “las tierras”, comodidades, dinero… quiere decir que es eso lo que de verdad nos interesa.

 

ES UNA INVITACIÓN

Sabemos que algunos se aprovechan de su posición y privilegios, y realmente no hicieron su compromiso con el Evangelio ni la Iglesia, aunque lo mencionen a menudo. El Evangelio es una invitación, podemos responder que sí o que no. Pero, como la parábola de “los dos hermanos” nos recordaba hace unos días, sólo es válida la respuesta de las obras.

Cuando el texto dice que los primeros invitados no se lo merecían, tiene razón, pero existe el peligro de creer que los llamados en segunda convocatoria sí se lo merecían. El centro del mensaje está en que invita a todos: malos y buenos. Esto es lo que no terminamos de aceptar. ¿Acaso seguimos creyéndonos los elegidos, los privilegiados, los buenos con derecho a la exclusiva (fuera de la Iglesia no hay salvación)? Entonces somos una triste contradicción del gran deseo y sueño que tenía Jesús.

No olvidemos que no puede haber banquete, no puede haber alegría, si alguno de los invitados tiene motivos para llorar. Sólo cuando hayan desaparecido las lágrimas de todos los rostros, podremos sentarnos a celebrar la gran fiesta. ¿Nos damos cuenta de que la realidad de nuestro mundo nos muestra muchas lágrimas y sufrimiento causados por nuestro egoísmo? ¿Tuvo que llegar la pandemia para que nos diéramos cuenta de ello?

Seguimos empeñados en el pequeño negocio de nuestra salvación individual, sin darnos cuenta que esa salvación personal, que no incorpora la salvación del otro, no tiene nada de cristiana. Dios no es ningún rey dominador, ni señor autoritario. No nos puede dar ni prometer nada, porque nada hay fuera de Él.

Dios es don, pero que no se da en un momento determinado, sino que está ahí, incluso antes de que nosotros empecemos a existir. Nuestra propia vida es ya parte del don. Ese regalo está muy bien envuelto, podemos desenvolverlo o mantenerlo escondido sin aprovecharnos de él.

Jesús no impone nada a la fuerza, no presiona a nadie. Anuncia la Buena Noticia de Dios, despierta la confianza en el Padre, enciende en los corazones la esperanza. A todos les ha de llegar su invitación. Jesús era realista, sabía que la invitación de Dios puede ser rechazada.

En la parábola de “Los invitados a la boda”, se habla de diversas reacciones de los invitados. Pero, según la parábola, Dios no se desalienta. Por encima de todo habrá una fiesta final. El deseo de Dios es que la sala del banquete se llene de invitados. Por eso hay que ir a los “cruces de los caminos”, por donde camina tanta gente errante que vive sin esperanza ni futuro.

Hemos de seguir anunciando con fe y alegría la invitación de Dios, proclamada en el Evangelio de Jesús. El Papa Francisco, nos recuerda que el mayor peligro está en que ya “no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener olor a Evangelio”.

Ojalá la dura experiencia del aislamiento por la pandemia nos sirva para encontrar la frescura y la belleza del Evangelio, de forma personalizada. No nos salvamos por sorteo o por ritos, sino por la experiencia de sentirnos invitados y haber respondido un “sí” al llamado de Jesús. Así seremos escogidos.

 

*Término hebreo que en la Biblia significa tiempo, palabra y acción (palabra/hecho). Palabra creativa que es sinónimo de sabiduría, porque tiene el potencial de diseñar, construir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros. Dabar-Palabra es sobre todo Jesucristo, en quien la comunicación de Dios tiene su expresión extensiva e intensiva. La vida es el lugar en el que la Palabra debe de ser meditada, interpretada y actualizada. Que la Dabar nos guíe a la felicidad y nos oriente a darnos hacia los demás.

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