Inicio»Opinión»Dabar (*)

Dabar (*)

0
Compartidos
Google+

Domingo 30º del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

¿Secreto de la vida?

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (22,34-40):

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”

Él le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”.

 

La escena que meditamos tiene una atmósfera religiosa en la que maestros —religiosos— y letrados, clasifican cientos de mandatos de la ley divina en “fáciles” y “difíciles”, “graves” y “leves”, “pequeños” y “grandes”. Imposible moverse con un corazón sano en esta red. Los judíos llegaron a contar hasta seiscientos trece mandamientos, que debían ser observados para cumplir íntegramente la ley. Por eso, no era extraño en los círculos rabínicos hacerse preguntas como la que plantean a Jesús, en un intento de buscar lo esencial. Todo se volvió tan complicado, que se perdió el espíritu y corazón.

La pregunta que plantean a Jesús busca recuperar lo esencial, descubrir el “espíritu perdido”: ¿cuál es el mandato principal?, ¿qué es lo esencial?, ¿dónde está el núcleo de todo? La respuesta de Jesús recoge la fe básica de Israel (su Shema): “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”.

La afirmación de Jesús es clara. El amor es todo. Lo decisivo en la vida es amar. Ahí está el origen, fin y fundamento de todo. Por eso, lo primero es vivir ante Dios y ante los demás con amor. No hemos de perdernos en cosas accidentales y secundarias, olvidando lo esencial. Del amor arranca todo lo demás. Sin amor, todo queda desvirtuado. Al hablar del amor a Dios, Jesús no piensa en los sentimientos o emociones que pueden brotar de nuestro corazón; tampoco invita a multiplicar nuestros rezos y oraciones.

Amar al Señor, nuestro Dios, con todo el corazón, es reconocerlo como fuente última de nuestra existencia, despertar en nosotros una adhesión total a su voluntad y responder con fe incondicional a su amor universal de Padre.

Por eso, añade Jesús un segundo mandamiento. No es posible amar a Dios y vivir de espaldas a sus hijos e hijas. Una religión que predica el amor a Dios y se olvida de los que sufren, es una gran mentira. La única postura realmente humana ante cualquier persona que encontramos en nuestro camino, es amarla y buscar su bien como quisiéramos para nosotros mismos. Por eso el amor a Dios es inseparable del amor a los hermanos. Así lo recuerda Jesús: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

No es posible el amor real a Dios sin descubrir el sufrimiento de sus hijos e hijas. ¿Qué religión sería aquella en la que el hambre de los desnutridos o el exceso de los satisfechos, no planteara pregunta ni inquietud alguna a los creyentes? No están descaminados quienes resumen la religión de Jesús como “pasión por Dios y compasión por la humanidad”.

Tal vez por la pandemia podemos verificar fácilmente nuestro cumplimiento de este mandamiento, aún más, el de nuestra religión. ¿Sigues cuidando tu vida y respetando las restricciones de sana distancia? Allí demuestras el amor práctico hacia ti y hacia los demás. Así de sencillo. ¿O te importa más cumplir un rito por más bonito que sea?

No hay otro camino, simplemente hemos de volver a lo fundamental y esencial en la vida y en la religión. Cuando se olvida lo esencial, fácilmente se adentran las religiones por caminos de mediocridad piadosa o de casuística moral, que no sólo incapacitan para una relación sana con Dios, sino que pueden desfigurar y destruir gravemente a las personas.

Ninguna religión escapa a este riesgo, tampoco la nuestra. Jesús deja claro que no todo es igualmente importante. Es un error dar mucha importancia a cuestiones secundarias, de carácter litúrgico, o disciplinar descuidando lo esencial. No hemos de olvidar nunca que sólo el amor sincero a Dios y al prójimo es el criterio principal y primero de nuestro seguimiento a Jesús.

No son castigos que crean la religión de miedo, sino un profundo y sincero seguimiento del hombre que “amó a todos haciendo el bien”. ¿Qué es la religión católica sin amor? ¿A qué queda reducida nuestra vida en el interior de la Iglesia y en medio de la sociedad sin amor? El amor libera nuestro corazón del riesgo de vivir empobrecidos, empequeñecidos o paralizados por la atención insana a toda clase de normas y ritos.

Dios, el origen de toda vida, Él mismo es amor. Esa es la definición osada e insuperable de la fe cristiana: “Dios es Amor” (1 Juan 4, 8). Por decirlo de alguna manera, aunque sea deficiente, Dios consiste en amar. No sabe, no quiere y no puede hacer otra cosa que amar.

Podemos dudar de todo, pero de lo que no hemos de dudar nunca es de su amor. Precisamente por esto, amar a Dios es encontrar nuestro propio bien. Lo que da verdadera gloria a Dios es nuestra vida y plenitud. Quien ama a Dios y se sabe amado por Él con amor infinito, aprende a mirarse, estimarse y cuidarse con verdadero amor. Qué fuerza y dinamismo generaría en nosotros esta peculiar manera de entendernos. Cuántos miedos y angustias se diluirían dentro de nosotros. ¡Qué diferente es la vida cuando la persona aprende a mirarse con esos ojos de Dios, y transmitirlo a los demás!

Es entonces cuando se comprende en su verdadera profundidad el segundo mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Quien ama a Dios, sabe que no puede vivir con indiferencia, despreocupación u olvido hacia los demás. La única postura humana ante cualquier persona que encontremos en la vida, es amarla. Esto no significa que se haya de vivir de la misma forma la intimidad con la esposa, la relación con el cliente o el encuentro fortuito con alguien en la calle.

Lo que se nos pide es actuar, en cada caso, buscando positivamente el bien que queremos para nosotros mismos. No tener resentimientos y ganas de lastimar. Solo así podemos entender el mandamiento posterior, del amor al enemigo. En unos tiempos en que parece cuestionarse todo, es bueno recordar que hay algo incuestionable: el hombre es humano cuando sabe vivir amando a Dios y a su prójimo.

Me queda claro que el hombre contemporáneo parece sentir una necesidad grande de desmitificarlo todo, destruir fachadas, relativizar y echar abajo sistemas e ideologías, para preguntarse qué es lo que puede quedar realmente como importante. Pues bien, para Jesús lo único importante y decisivo es que el hombre sepa amar a Dios y al prójimo. Ahí se encierra como germen todo lo que hemos de desarrollar. Nadie está excluido de este mandamiento. Ese es el secreto de la vida.

 

*Término hebreo que en la Biblia significa tiempo, palabra y acción (palabra/hecho). Palabra creativa que es sinónimo de sabiduría, porque tiene el potencial de diseñar, construir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros. Dabar-Palabra es sobre todo Jesucristo, en quien la comunicación de Dios tiene su expresión extensiva e intensiva. La vida es el lugar en el que la Palabra debe de ser meditada, interpretada y actualizada. Que la Dabar nos guíe a la felicidad y nos oriente a darnos hacia los demás.

Noticia anterior

portada

Siguiente noticia

Sigue polémica por cambio de horario