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Domingo 1º de Adviento

Sebastián Korczak

¿A quién estamos esperando?

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (13,33-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Miren, vigilen: pues no saben cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velen entonces, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y los encuentre dormidos. Lo que les digo a ustedes lo digo a todos: ¡Velen!”.

 

Estamos en el primer domingo de Adviento. Iniciamos un año nuevo con ilusión, y no sólo porque es litúrgico, sino porque el Adviento es tiempo de esperanza. Sin esperanza no se puede vivir. Por eso decimos que la esperanza es lo último que se pierde. Uno no se muere cuando le falla el pulso o se le para el corazón, sino cuando “ya no espera nada de la vida”. Y también podemos matar moralmente a una persona cuando le decimos: ¡Yo de ti no espero nada!

Las cosas sí están hechas, pero las personas, no. Somos lo que no somos, sino lo que estamos llamados a ser. Y siempre podemos evolucionar, convertirnos, arrepentirnos, desandar el camino… Además, no esperamos “algo” sino a “alguien”. Alguien que se escribe con mayúscula porque es hombre y más que hombre, es el Hijo de Dios.

Dios hecho hombre, ya vino una vez. Fue algo asombroso, que cambió el rumbo de la humanidad. Dios se hizo uno de nosotros para acercarnos a lo divino. Esta inspiración sigue en el corazón de mucha gente. Se quedó en nuestras vidas, para un día definitivamente unirnos en su Reino.

El Adviento es un tiempo simbólico, lleno de remembranzas e historias que nos recuerdan por qué estamos peregrinando y a quién hemos de buscar dando pasos en nuestra vida. Tiene su inicio y su fin. Además, pasa muy rápido y se puede perder su significado e importancia con tantos quehaceres, luces, tiendas, imaginaciones y correr sin objetivos. Es un pequeño símbolo de cómo tratamos y vivimos nuestras vidas. ¿Adónde vamos? ¿Qué buscamos? ¿Qué esperamos? ¿Estamos velando?

Han pasado veinte siglos de cristianismo, pero… ¿Qué ha sido de la petición de Jesús? ¿Cómo vivimos sus seguidores? ¿Seguimos despiertos? ¿Se mantiene viva nuestra fe o se ha ido apagando en la indiferencia y la mediocridad?

¿Acaso los creyentes ya necesitamos un corazón nuevo? ¿No sentimos necesidad de sacudirnos la apatía y el autoengaño? ¡Vamos a despertar lo mejor de nuestra Iglesia! ¡Reavivemos esa fe humilde y limpia de tantos creyentes sencillos! ¡Recuperemos el rostro vivo de Jesús, que atrae, llama, interpela y despierta! ¿Cómo podemos seguir hablando, escribiendo y discutiendo tanto de Cristo sin que su persona nos enamore y trasforme un poco más?

Tal vez no nos damos cuenta de que cuando la religión “se duerme”, porque ya no siente que Jesucristo la seduce ni toca el corazón, ya no tiene futuro, se irá apagando y envejeciendo por falta de vida. Deberíamos sentir la necesidad de despertar e intensificar nuestra relación con Jesús, y no solo nuestros proyectos personales. Solo Él puede despertar nuestro cristianismo de la inmovilidad, de la inercia, del peso del pasado, de la falta de creatividad. Solo Dios puede contagiarnos su alegría y darnos su fuerza creadora y su vitalidad.

Hay un detalle muy importante que nos sugiere el relato de hoy: “hombre se fue de viaje y dejó su casa”. El hombre es el Creador, Dios Padre. Sin duda alguna fue quien dejó “su casa”. Eso quiere decir que los seguidores de Jesús formarán una familia, que la Iglesia será “la casa de Jesús” que sustituirá a la de Israel. En ella todos son servidores, no hay señores, todos vivirán esperando al único Señor de la casa: Jesús el Cristo.

No lo olvidarán jamás. En la casa de Jesús nadie ha de permanecer pasivo, ni ha de sentirse excluido y sin responsabilidad alguna. Todos son necesarios y tienen alguna misión confiada por él. Todos están llamados a contribuir a la gran tarea de vivir como Jesús, al que han conocido siempre dedicado a servir al reino de Dios.

Creo que es un punto clave saber mantener vivo el espíritu de Jesús entre los suyos. Seguir recordando su estilo servicial a los más necesitados y desvalidos. Vemos que la gran preocupación del papa Francisco desde el inicio de su Pontificado, es precisamente “que su Iglesia no se duerma”. Por eso insiste tantas veces siguiendo el mandato de Jesús: “vivan despiertos”. No es una recomendación para algunos elegidos que tal vez lo estén escuchando, sino un mandato a los creyentes de todos los tiempos: “Lo que les digo a ustedes, se les digo a todos: velen”.

El rasgo más generalizado de los cristianos que no han abandonado la Iglesia, es seguramente la pasividad. Durante siglos hemos educado a los fieles para la sumisión y la obediencia. En la casa de Jesús sólo una minoría se siente hoy con alguna responsabilidad eclesial. Ha llegado el momento de reaccionar. No podemos seguir aumentando aún más la distancia entre “los que mandan” y “los que obedecen”. Es pecado promover el desafecto, la mutua exclusión, defender lo indefendible o la pasividad. Jesús nos quería ver a todos despiertos, activos, colaborando con lucidez y responsabilidad.

El Adviento nos recuerda a quién estamos esperando. Jesús habla de su Segunda Venida, al final de los tiempos. Pero cada uno de nosotros, antes de eso, puede esperar “su venida” ante nuestro Dios. Significa que podemos vivir de tal manera, que no importe el “cuando” de su Venida. Nuestra vida se convierte en una preparación para la visión de la felicidad. No nos durmamos, hemos de seguir alimentando nuestra esperanza. No caminamos hacia la nada y el vacío, pues nos espera el abrazo y la vida con Dios.

*Término hebreo que en la Biblia significa tiempo, palabra y acción (palabra/hecho). Palabra creativa que es sinónimo de sabiduría, porque tiene el potencial de diseñar, construir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros. Dabar-Palabra es sobre todo Jesucristo, en quien la comunicación de Dios tiene su expresión extensiva e intensiva. La vida es el lugar en el que la Palabra debe de ser meditada, interpretada y actualizada. Que la Dabar nos guíe a la felicidad y nos oriente a darnos hacia los demás.

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