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Domingo 2º de Adviento

Sebastián Korczak

“Él es el origen de la alegre noticia”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (1,1-8):

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el profeta Isaías: “Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: ‘Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos’.”

Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: “Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo les he bautizado con agua, pero él les bautizará con Espíritu Santo”.

 

La lectura del domingo pasado nos hablaba de velar, de vigilar, de estar despierto. Hoy hablan los que han estado como centinelas: los profetas. Ellos son la figura clave de este tiempo de Adviento. Por supuesto, no se trata de un adivinador del porvenir ni de un mago con suerte. Tampoco debemos pensar en un ser humano separado de los demás, que por elección especial, Dios le va indicando lo que tiene que decir a los demás, como si fuera político con sus mejores discursos, profecías y promesas.

Profeta es todo aquel que está despierto y con los ojos bien abiertos. La principal característica del profeta es, precisamente, su inserción en el pueblo y su preocupación por la suerte de los más necesitados. Su principal objetivo ha sido siempre denunciar la injusticia, el mal presentado y disfrazado de diferentes maneras. El profeta condena, sin paliativos, toda clase de opresión.

Desgraciadamente, la inmensa mayoría de los que se autoerigen como profetas son falsos. O se limitan a proclamar las miserias del hombre hundiéndolo aún más, o los conducen por caminos equivocados. Muchos de ellos simplemente buscan sus intereses propios, también en el ámbito de la vida espiritual. En teoría, parece fácil distinguir al auténtico del falso. Pero en realidad es casi imposible.

Un verdadero profeta sería el que ha llegado a la experiencia de su ser y, fiel a esa experiencia, ayuda a los demás a ser más humanos. Falso sería el que conduce al hombre al mayor egoísmo. El problema está en que lo “humano” sólo se puede valorar desde lo humano. Por eso no hay manera de distinguir lo falso de lo verdadero, mientras no se tenga una mínima experiencia de lo humano.

Hoy leemos el comienzo del Evangelio de Marcos. Llevo varios años leyéndolo, y acabo de hacer un descubrimiento sorprendente: La primera palabra la entendí mal durante todo ese tiempo. El “arje” griego no designa el comienzo de un texto, que es lo que yo había entendido siempre. El principio del Evangelio de Juan comienza también con esta palabra y la traducimos como “en el principio” u “origen”.

Arje significa origen y fundamento. Es decir, aquello que ha sido la causa de que otra cosa surgiera. La Vulgata lo ha traducido por “Initium”, que también significa “origen”. Así, un “iniciado” no es el que acaba de empezar su andadura en una religión, sino el que ya ha avanzado en su profundización y conoce todos los fundamentos de la misma. El texto no se debe traducir como “comienzo del Evangelio”, sino como “vamos a tratar de los orígenes de esta aventura que llamamos cristianismo”.

Tampoco “euanggelion” debemos traducirlo como “Evangelio”, que es un concepto elaborado, precisamente, a partir del uso que empezó a darle Marcos a esta palabra. El título del Evangelio de Marcos nos dice que van a narrarse los hechos que dieron origen a la buena noticia de Jesús. Entonces, aquí Evangelio hay que traducirlo como “buena noticia”. El comienzo del Evangelio de Marcos quiere decir que, lo que dijo Jesús, es buena noticia. Al final afirma que el mismo Jesús es “la buena noticia”. Jesús predica el Reino de Dios y la comunidad cristiana predica a Jesús como encarnación de ese Reino.

Lo mismo tenemos que decir de “Jesous” y “Christos”, que en griego están separados y significan simplemente Jesús el ungido. Con el tiempo, los cristianos unieron de modo inextricable el nombre con el adjetivo y confesaron a Jesucristo. El texto con que comienza este Evangelio es solemne y programático. Se debería traducir: “Este es el origen de la alegre noticia de Jesús el Ungido (Mesías, titulo judío), el Hijo de Dios” (título universal que le dio la primera comunidad).

Otro dato muy significativo, es que este Evangelio no sabe nada de la infancia de Jesús. Tal vez porque son textos míticos y no tienen mucho que ver con la historia. Marcos pasa directamente a hablarnos de Juan Bautista como último representante del profetismo. El Bautista es uno de los personajes claves en el tiempo de Adviento, porque representa el último de los profetas del AT.

Debemos recordar que hacía casi trescientos años que no se había conocido un verdadero profeta. Todos los evangelistas lo consideran el heraldo de Jesús. Lo anuncia, lo propone al pueblo y es protagonista de su nacimiento en el Espíritu (bautismo). Es muy poco lo que sabemos sobre Juan Bautista, y no nos permite ninguna conclusión sólida sobre su relación con Jesús. De todos modos, es cierto que los primeros cristianos le dieron un papel relevante en la aparición del cristianismo. Seguramente mayor del que hoy le reconocemos. La prueba está en que vieron la necesidad de marcar distancias entre Jesús y Juan, para que nadie se equivocara.

Juan el Bautista viene a “preparar el camino del Señor”. Este es su gran servicio a la misión de Jesús. Su llamada no se dirige sólo a la conciencia individual de cada uno, sino lo que busca va más allá de la conversión moral de cada persona. Se trata de “preparar el camino del Señor”, un camino concreto y bien definido. El camino que va a seguir Jesús, defraudando las expectativas convencionales de muchos. El camino que nos convierte en profetas de nuestros tiempos, ambientes, etcétera.

La conversión que necesita nuestro modo de vivir el cristianismo no se puede improvisar. Requiere un tiempo largo de recogimiento y trabajo interior. Pasarán años hasta que hagamos más verdad en la Iglesia, y reconozcamos la conversión que necesitamos para acoger más fielmente a Jesucristo en el centro de nuestro cristianismo. En su lugar pusimos muchos falsos profetas, que prometen y engañan, pero sus frutos no se puede ocultar. Quieren vivir en el esplendor de las luces y con la amenaza en su mano. No tienen conexión espiritual ninguna con Jesús, y nunca serán ni han sido profetas del Jesús Salvador. A estos falsos profetas les duele pasar por su propio desierto, donde se escucha la fuerte e inolvidable voz de Juan Bautista sobre la conversión.

Esta puede ser hoy nuestra tentación. No ir al “desierto”. Eludir la necesidad de conversión. No escuchar ninguna voz que nos invite a cambiar. Distraernos con cualquier cosa, para olvidar nuestros miedos y disimular nuestra falta de coraje para acoger la verdad de Jesucristo.

La imagen del pueblo judío “confesando sus pecados” es admirable. ¿No necesitamos los seguidores de Jesús hacer un examen de conciencia colectivo, a todos los niveles, para reconocer nuestros errores y pecados? Sin este reconocimiento, ¿es posible “preparar el camino del Señor”? Las palabras del inicio del Evangelio de san Marcos, que hoy resuenan en nuestras Iglesias, familias y conciencias está muy claro: “Este es el origen de la alegre noticia de Jesús, el Hijo de Dios”. ¿Qué hemos hecho y qué vamos a cambiar para que realmente esta noticia sea para todos alegre, y nos haga volver a sentir nuestros orígenes… a ser hijos de Dios?

 

*Término hebreo que en la Biblia significa tiempo, palabra y acción (palabra/hecho). Palabra creativa que es sinónimo de sabiduría, porque tiene el potencial de diseñar, construir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros. Dabar-Palabra es sobre todo Jesucristo, en quien la comunicación de Dios tiene su expresión extensiva e intensiva. La vida es el lugar en el que la Palabra debe de ser meditada, interpretada y actualizada. Que la Dabar nos guíe a la felicidad y nos oriente a darnos hacia los demás.

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