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II Domingo de Navidad

Sebastián Korczak

“Glorificarlo”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 1, 1-18

 

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: “Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo”. Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

 

No es ningún misterio decir que los creyentes tenemos múltiples y muy diversas imágenes de Dios. Desde niños nos vamos haciendo nuestra propia idea de él. Nos condicionan en el catecismo, con las predicaciones y las reflexiones que se nos transmiten en casa y el colegio, o lo que vivimos en las celebraciones y actos religiosos.

Todas estas imágenes que nos hacemos de Dios son imperfectas y deficientes, y hemos de purificarlas una y otra vez a lo largo de la vida. Desgraciadamente, a veces son imágenes muy desfiguradas y falsas, creadas por nosotros con algún ideal falso, interés o miedo. El Evangelio de Juan, nos recuerda de manera rotunda una convicción clave que atraviesa toda la tradición bíblica y certeza del mundo hebraico: “A Dios no le ha visto nadie jamás”. No lo olvidemos nunca.

Los teólogos hablan mucho de Dios, casi siempre demasiado. Parece que saben todo de él. En realidad ningún teólogo lo ha visto, y ya perdieron la susceptibilidad de encontrarlo. Lo mismo sucede con los predicadores y dirigentes religiosos; hablan con seguridad casi absoluta y autoritaria, parece que en su interior no hay dudas de ningún género. En realidad, ninguno de ellos lo ha visto.

Entonces, ¿cómo purificar nuestras imágenes para no desfigurar de manera grave su misterio santo? El mismo Evangelio de Juan nos responde y recuerda la convicción que sustenta toda la fe cristiana en Dios. Solo Jesús, el Hijo único de Dios, es “quien lo ha dado a conocer”. En ninguna parte nos descubre Dios su corazón y nos muestra su rostro como en Jesús.

La Navidad es un excelente momento para recordarlo en la parte tan sencilla y humana de Jesús. Nace de una mujer, se hace indefenso como un niño y depende de los demás. Así se nos presenta el Dios invisible, Él nos ha dicho cómo es, encarnándose en Jesús. No se ha revelado en doctrinas y fórmulas teológicas sublimes, sino en la vida entrañable de Jesús, en su comportamiento y su mensaje; en su entrega hasta la muerte y en su resurrección. Por lo cual, para aproximarnos a Dios hemos de acercarnos al hombre que sale a nuestro encuentro.

Cuando el cristianismo ignora a Jesús, lo olvida. Peor, lo desfigura. Se arriesga al alejarse del Dios verdadero y sustituirlo por imágenes distorsionadas. ¿Tan fácil es desfigurar su rostro? Me parece urgente recuperar la humanidad y el rostro auténtico de Jesús. Dios está con nosotros, tenemos La Palabra, hay luz para vivir, podemos aspirar a ser hijos, somos hijos… y estamos en tinieblas y somos capaces —aunque inexplicablemente— de rechazar la luz, pero nos hacemos sordos a la Palabra.

Este es el mensaje que celebramos hoy con radiante alegría: que podemos vivir; que tiene sentido; que está pensado por un Padre; que tenemos la fuerza y la luz que necesitamos; que nos podemos fiar de Dios… Todo eso lo vemos en Jesús, en ese hombre nacido de María, natural de Nazaret, al que vemos comer y cansarse, orar, sufrir y morir. En Él conocemos a Dios.

La revelación de Dios no es una enseñanza, sino su persona. El concepto bíblico de sabiduría no tiene nada que ver con lo que entendemos por sabiduría. No se trata de un conocimiento intelectual especializado, sino de una aceptación viva de lo que es Dios. Al hacerse carne, la Palabra ni dejó de ser Palabra ni dejó de ser Dios. Al contrario, la Palabra desarrolla su función al máximo. La finalidad de la  palabra es comunicar.

En la encarnación Dios se comunica de modo insuperable. En la encarnación la Palabra sigue siendo Dios, pero manifestado. Dios con nosotros. El hombre entero es la nueva localización de su presencia, y ya no debemos buscarlo en la tienda del encuentro, ni en el templo, sino en el hombre. Como decía san Ireneo de Lyon: “la gloria de Dios es el hombre viviente”.

Glorifiquemos a Dios amando, cuidando y respetando a cada persona que Él mismo pone en nuestro camino. Mirando a Jesús hemos conocido mucho mejor a Dios, y nos hemos conocido mucho mejor. Es como si en la oscuridad hubiesen encendido una luz, y ahora ya podemos caminar.

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