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Domingo 2º del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

¿Por qué lo buscas?

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (1,35-42):

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?” Ellos le contestaron: “Rabí, ¿dónde vives?” Él les dijo: “Vengan y lo verán”. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: “Hemos encontrado al Mesías”. Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas”.

 

No creo que sea coincidencia. Las primeras palabras que Jesús pronuncia en el Evangelio de Juan son profundas y nos dejan desconcertados. “¿Qué buscan?” es la pregunta que va al fondo de nuestro ser y toca las raíces mismas de nuestra vida. Jesús se las dice a dos discípulos del Bautista, pero están dirigidas a todos sus seguidores de todos los tiempos. No es fácil responder esta pregunta sencilla, directa, fundamental, desde el interior de una cultura cerrada como la nuestra, que parece preocuparse sólo de los medios olvidando siempre el fin último de todo. ¿Qué es lo que buscamos exactamente? ¿Cuál es nuestro propósito más profundo en la vida?

Para algunos, la vida es un gran supermercado y lo único que les interesa es adquirir objetos para consolar su existencia. Otros, lo que buscan es escapar de la enfermedad, de la soledad, la tristeza, los conflictos o el miedo. Pero, ¿escapar hacia dónde?, ¿hacia quién? Siempre se quedan atrapados e incompletos. Nunca se satisfarán porque estarán huyendo toda su vida.

Otros ya no pueden más. Lo que quieren es que se les deje solos, olvidar a los demás y ser olvidados por todos; no preocuparse por nadie y que nadie se preocupe por ellos. Sin embargo, este tipo de vida de “lobo solitario” no les hace crecer, ni mucho menos sentirse felices. No somos creados para vivir encerrados en nuestra pequeñez y separados de la realidad, por más dura que fuera.

La mayoría buscamos, sencillamente, cubrir nuestras necesidades diarias y seguir luchando por ver cumplidos nuestros pequeños deseos. Pero, aunque todos ellos se cumplieran, ¿quedaría nuestro corazón satisfecho?, ¿se habría apaciguado nuestra sed de consuelo, de liberación, amor y felicidad plena? En el fondo, ¿no andamos los seres humanos buscando algo más que una simple mejora de nuestra situación?, ¿no anhelamos algo que, ciertamente, no podemos esperar de ningún proyecto político o social?

No podemos borrar de nuestro corazón la nostalgia de Dios. Se dice que los hombres y las mujeres de hoy han olvidado a Dios, pero la verdad es que cuando un ser humano se interroga con un poco de honradez, no le es fácil borrar este deseo escrito y sellado en nuestro interior, desde el inicio y para toda nuestra vida creada por Dios.

Es imposible aceptar y creer que soy un ser minúsculo, surgido por azar en una parcela ínfima de espacio y de tiempo, arrojado a la vida para desaparecer enseguida en la nada, de donde se me ha sacado sin razón alguna y sólo para sufrir. Esto sería demasiado triste y teatral por parte de nuestro destino. Lo más honrado que puede hacer el ser humano es simplemente “buscar”. No cerrar ninguna puerta. Abrir su vida a los nuevos retos, aprendiendo de la experiencia del pasado. No desechar ninguna llamada. Buscar a Dios, tal vez con el último resto de sus fuerzas y de su fe. No dejarse apagado destruyendo sus ilusiones al futuro.

Estoy seguro que Dios no juega al escondite, ni se esconde de quien lo busca con sinceridad. También me tocó vivir esa parte gritándole a Dios: ¿dónde estás y por qué me has dejado solo? Dios está en el interior de esa búsqueda. Está en esos gritos, desalientos, desesperanzas y hasta mediocridades. Dios se deja encontrar, incluso, por quienes apenas le buscamos. Así dice el Señor en el libro de Isaías: “Yo me he dejado encontrar por quienes no preguntaban por mí. Me he dejado hallar por quienes no me buscaban. Dije: Aquí estoy, aquí estoy” (Isaías 65, 1-2).

El Evangelio nos recuerda que Jesús es el Cordero de Dios. Que viene, no con poder y gloria, sino indefenso e inerme. Nunca se impondrá por la fuerza, a nadie forzará a creer en él. Un día será sacrificado en una cruz. Los que quieran seguirle lo habrán de acoger libremente. Los dos discípulos que han escuchado al Bautista comienzan a seguir a Jesús sin decir palabra; hay algo en él que los atrae, aunque todavía no saben quién es ni hacia dónde los lleva.

Sin embargo, para seguir a Jesús no basta escuchar lo que otros dicen de él, es necesaria una experiencia personal y todo empieza con una búsqueda profunda: ¿qué busco en mi vida y a quién busco para ser feliz? Estas son las primeras palabras de Jesús a quienes lo siguen. No se puede caminar tras sus pasos de cualquier manera. ¿Qué esperamos de él? ¿Por qué le seguimos? ¿Qué buscamos?

En las calles y hasta en la Iglesia, son bastantes los que viven perdidos en el laberinto de la vida, sin caminos ni orientación. Algunos comienzan a sentir con fuerza la necesidad de aprender a vivir de manera diferente, más humana, más sana y más digna. La pandemia es una gran lección para nuestra forma de ser y de pensar. Encontrarse con Jesús, fuera de los rituales y las estructuras veterotestamentarias, puede ser para ellos la gran noticia.

Es difícil acercarse a ese Jesús narrado por los evangelistas, sin sentirnos atraídos por su persona. Jesús abre un horizonte nuevo a nuestra vida, enseña a vivir desde un Dios que quiere para nosotros lo mejor, y poco a poco nos va liberando de engaños, miedos y egoísmos que nos bloquean.

Estoy seguro de que quien se pone en el camino tras él, comienza a recuperar la alegría y la sensibilidad hacia los que sufren. Empieza a vivir con más verdad y generosidad, con más sentido y esperanza. Cuando uno se encuentra con Jesús tiene la sensación de que empieza por fin a vivir la vida desde su raíz, pues comienza a vivir desde un Dios Bueno, más humano, más amigo y salvador que todas nuestras teorías. Todo empieza a ser diferente.

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