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Domingo 4º del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“No somos escribas”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (1,21-28):

 En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.

Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús lo increpó: “Cállate y sal de él”.

El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: “¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”.

Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Creo que este fragmento del Evangelio debería ser uno de los más provocativos para todos los predicadores, homiletas, diáconos, sacerdotes y obispos, con el fin de verificar con que “autoridad” anuncian y comentan la Palabra de Dios. ¿Esta autoridad viene por la parte institucional, legal, o es el fruto e inspiración del Espíritu Santo?

El mismo episodio es sorprendente, sobrecogedor y creo que muy fácil de imaginarlo, porque todo ocurre en la sinagoga. Es el lugar donde se enseña oficialmente la Ley, donde la Torá es interpretada por los maestros autorizados, donde se defiende la Ley y el patrimonio del Pueblo judío, la base del judaísmo.

No es difícil imaginarse a Jesús, el Maestro, entre otros letrados e interpretadores, doctores de la Ley, defensores de este patrimonio identitario. Además, todo sucede en sábado, día en que los judíos observantes se reúnen para escuchar el comentario de sus dirigentes. Es en este marco donde Jesús comienza por vez primera a enseñar, y su enseñanza es bien distinta —según el evangelista Marcos—, aunque nada se dice del contenido de sus palabras. No es eso lo que interesa, sino el impacto que produce su intervención. Jesús provoca asombro y admiración. La gente capta en él algo especial que no encuentra en sus maestros religiosos: Jesús “no enseña como los escribas, sino con autoridad”.

Podríamos definir que los letrados, sacerdotes, enseñaban en nombre de la institución. Se atienen únicamente a las tradiciones, citan una y otra vez a maestros ilustres del pasado. Su autoridad proviene de su función de interpretar oficialmente la Ley. Buscan los detalles de marcar y explicar la conducta justa de los israelitas, instruyéndolos sobre asuntos que van desde lo que pueden comer o con quien pueden contraer el matrimonio, normas sobre la construcción y sacrificios del templo.

Esta interpretación rabínica trataba de 613 mandamientos que hablaban de numerosos aspectos de la vida judía. Su autoridad era institucional y marcada por la obediencia jerárquica y tradicional. Se veía muy poca inspiración y creatividad. Lamentablemente, es parecido a lo que ocurre en nuestras iglesias hoy en día. Todo se basa en las “tradiciones pequeñas”, costumbres cómodas, y se resume en comentar y profundizar varios temas legales, normativos o económicos.

La autoridad de Jesús es completamente diferente; no viene de la institución, no se basa en la tradición, tiene otra fuente, está lleno del Espíritu vivificador de Dios, está arraigada a la persona y la dignidad humana, y no solo a sus leyes, prohibiciones o costumbres. Jesús no viene a destruir a nadie. Precisamente su autoridad está en dar vida a las personas, su enseñanza humaniza y libera de esclavitudes, sus palabras invitan a confiar en Dios, su mensaje es la mejor noticia que puede escuchar aquel hombre atormentado interiormente.

Cuando Jesús lo cura, la gente exclama: “este enseñar con autoridad es nuevo”. De forma inesperada, un poseído interrumpe a gritos su enseñanza. No la puede soportar, está aterrorizado: “¿Has venido a acabar con nosotros?” Aquel hombre se sentía bien al escuchar la enseñanza de los escribas.

¿Por qué se siente ahora amenazado y con los sacerdotes se sentía cómodo? Las palabras de Jesús tenían poder y autenticidad, no se basaban en repetir lo antiguo y tradicional, obedecer las normas y a los jerarcas de los templos. Hablaba y actuaba realmente en el nombre y la transparencia de Dios.

Lo que dejó atónitos a los oyentes de Jesús, fue que hablaba con mucha sencillez de las cosas de Dios, tal como él las vivía. Su experiencia le decía que lo único que Dios quería era el bien del hombre, que Dios no pretendía nada del ser humano, sino que se ponía al servicio del hombre sin esperar nada a cambio.

Ningún decreto, ni amenaza autoritaria, le podían quitar esto. Jesús enseñaba con autoridad porque no hablaba de oídas, sino de su experiencia personal. Trataba de comunicar a los demás sus descubrimientos sobre Dios y sobre el hombre. Hasta el último respiro en la Cruz era fiel a su Padre Dios, y nadie le quitó esta autoridad testimonial.

Sondeos indican que la palabra de la Iglesia está perdiendo autoridad y credibilidad. Nuestra Diócesis es buen ejemplo del deterioro del testimonio y de la autoridad eclesial. No basta con hablar de forma autoritaria para anunciar la Buena Noticia de Dios, no es suficiente transmitir correctamente la tradición para abrir los corazones a la alegría de la fe. Como individuos, como comunidad y como Iglesia, estamos siempre tratando de aumentar nuestra “autoridad”, pero, ¿para qué?

Si intentamos estar por encima de los demás, para someterlos a nuestro capricho, aunque sea bajo pretexto de hacer la voluntad de Dios o de buscar el bien de los demás, estamos en la antípoda del Evangelio. Como Jesús, tenemos que luchar a brazo partido contra las fuerzas que oprimen al hombre y no le dejan desarrollar su verdadero ser. En el Evangelio de Marcos, Jesús deja muy claro, desde el primer día, que los enemigos de la dignidad del hombre y amor a la humanidad, son los únicos enemigos de Dios.

Lo que necesitamos urgentemente, es un nuevo enseñar que viene del encuentro auténtico con la Palabra de Dios y el Espíritu que la reaviva continuamente. No olvidemos que nosotros no somos escribas, sino discípulos de Jesús. No queremos que nuestra Iglesia se convierta en autoridad vacía, hemos de comunicar su mensaje, no nuestras tradiciones diocesanas, regionales, que se convirtieron en comodidades y en modus vivendi. Hemos de enseñar curando la vida, no adoctrinando las mentes. Hemos de anunciar su Espíritu, no nuestras “teologías y autoridades”.

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