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Miércoles de Ceniza

Sebastián Korczak

“Dios, la mejor noticia”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (6,1-6.16-18):

 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendrán recompensa de su Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad les digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando oren, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad les digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.

Cuando ayunen, no pongan cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad les digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará”.

Hoy, al iniciar la Cuaresma, Jesús nos recuerda tres claves de la religión genuina: oración, ayuno y limosna. Las necesitamos, pues cada una tiene un lugar importante en nuestra relación con Dios y con los demás. Pueden estar motivadas por egoísmo o generosidad. La clave para elegirlas es: donde está nuestro corazón. ¿Está puesto en Dios? ¿Busco conseguir alabanzas y admiración?

La oración, sin elemento de ayuno y sin limosna podría hacerse tan celestial, como alguien ha dicho, que no cumpliría su propósito. El ayuno sin oración ni dádivas podría terminar como simple dieta de autocuidado. Si damos limosna y no tenemos tiempo para orar y sacrificar, tal vez tu lema sea “¡haz el bien y evita a Dios!”.

El comienzo de la Cuaresma es buena noticia: que Dios está cerca y nada nos puede alejar de Él. Nos confía una vez más su tiempo y regala una oportunidad de convertir y orientar nuestras vidas hacía Él. La Cuaresma rememora la prioridad de Dios en todo y sobre todas las cosas: que venimos de Él y vamos hacia Él, y que Él es la compañía de nuestras vidas.

Me queda claro que no nos gusta hablar de conversión. Casi, instintivamente, pensamos en algo triste, penoso, unido a la penitencia, a la mortificación y el ascetismo. Esfuerzo casi imposible para el que no sentimos humor ni fuerzas. Sin embargo, si nos detenemos ante el mensaje de Jesús escuchamos, antes que nada, una llamada alentadora para cambiar nuestro corazón y aprender a vivir de manera más humana, porque Dios quiere sanar nuestra vida.

La conversión de la que habla Jesús no es forzosa. Es un cambio que va creciendo en nosotros, a medida que vamos cayendo en cuenta de que Dios es alguien que quiere hacer nuestra vida más humana y feliz. Así que en el fondo se trata de nuestra fe y no de costumbres o tradiciones. Hay que revitalizar nuestra fe en estos cuarenta días de gracia y oportunidad.

A veces los cristianos olvidamos que la fe es una llamada a crecer como personas, un estímulo a crear siempre una vida más humana. Dietrich Bonhoeffer combatía apasionadamente esa religión estéril y vacía, de quienes se conforman con cualquier injusticia propia o ajena, porque, en definitiva, ya se han resignado hace tiempo y viven esta vida solo con la mitad de su corazón.

Convertirse no es intentar hacerlo todo mejor, sino sabernos encontrar con ese Dios que nos quiere mejores y más humanos. No se trata de “hacerse buena persona”, sino de volver a aquel que es bueno con nosotros. No se trata de corregir determinado defecto o arrepentimos de un pecado, se nos invita a pasar de la incredulidad a la fe, de la pereza a la decisión, de la soledad a la amistad con Dios, del egoísmo al amor, de la defensa de la felicidad a la solidaridad.

Por eso, la conversión no es algo triste, sino el descubrimiento de la verdadera alegría. No es dejar de vivir, sino sentirnos más vivos que nunca. Descubrir hacia dónde hemos de ir. Comenzar a intuir todo lo que significa vivir. Si así lo comprendemos, veremos que convertirse es algo gozoso, es limpiar nuestra mente de egoísmos e intereses que empequeñecen nuestro vivir cotidiano. Liberar el corazón de angustias y complicaciones creadas por nuestro afán de poder y posesión. Liberarnos de objetos que no necesitamos y vivir para personas que nos necesitan.

Uno comienza a convertirse cuando descubre que lo importante no es preguntarse: cómo puedo ganar más dinero o tener más poder, sino cómo puedo ser más humano. ¡No cómo puedo llegar a conseguir algo, sino cómo puedo llegar a ser yo mismo!

Cuando escuchemos la llamada de Jesús: “Conviértete, porque está cerca el Reino de Dios”, pensemos que nunca es tarde para convertirnos, porque nunca es tarde para amar, para ser más feliz. Nunca es demasiado tarde para dejarse perdonar y renovar por Dios, pues es la mejor noticia que una persona puede escuchar. ¡Feliz Cuaresma!

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