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Domingo 1º de Cuaresma

Sebastián Korczak

“Busca tu propio desierto”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (1,12-15):

 En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: conviértanse y crean en el Evangelio”.

El papa Francisco, en su mensaje para la Cuaresma 2018, nos anima a “emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones, a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo”. No tenemos que inventar nuevas formas de amar, simplemente empezar a despertar la caridad, propia de la Cuaresma.

Para empezar bien el camino de la Cuaresma, meditamos la actitud de Jesús. El evangelista san Marcos es el primero que describe el inicio de la vida del Mesías. El objetivo del relato es muy distinto en Mateo y Lucas. San Marcos no pretende ponernos en guardia sobre las clases o tipos de tentaciones que podemos experimentar. En su evangelio no hay tres tentaciones, porque plantea toda la vida de Jesús como una constante lucha contra el mal.

Esa lucha será el tema de todo el Evangelio, y creo que por eso no tiene sentido adelantar acontecimientos. Todo se refiere a la lucha del mal y del bien, sin banalizar ni demonizar. Es curioso que en su Evangelio no vuelva a aparecer Satanás. Su lugar lo ocuparán instituciones y personas de carne y hueso, que a través de toda la obra intentarán apartar a Jesús de su misión.

En los evangelios de san Mateo y san Lucas, las tentaciones tienen lugar al final de los cuarenta días de ayuno. En el de san Marcos no aparece el ayuno por ninguna parte, y la tentación abarca todo el tiempo que duró el retiro en el desierto. Marcos no nos habla de penitencia, sino de lucha. Todo sucede a la vez y durante los cuarenta días: tentación, presencia de las fieras y servicio de los ángeles. Tampoco se da por terminado el tiempo de la tentación, porque sigue toda su vida.

Veamos algunos detalles de este corto pero tan significativo fragmento de la experiencia de Jesús en el desierto. En primer lugar, Jesús está empujado por el espíritu. El verbo griego empleado es (ekballo), que significa empujar, echar fuera.

No se trata de una amable invitación, sino de una acción que supone cierta violencia y dramatismo. No es iniciativa suya, sino que el Espíritu de Dios lo desplaza hasta el desierto. La conclusión es sencilla: la vida de Jesús no tendrá un camino fácil de éxito, más bien le esperan pruebas, inseguridad y amenazas. Sin embargo, el espíritu nunca abandonará a Jesús.

Otro detalle importante es el lugar. El desierto es el mejor lugar para escuchar en silencio y soledad la voz de Dios. Es donde hay que volver en tiempos de crisis, para abrirle caminos al Señor en el corazón del pueblo. Es el lugar teológico de la lucha, de la prueba, y superada la prueba, del encuentro con Dios. Es imposible recordar todo el simbolismo del desierto para el pueblo judío, pero esta es la clave de toda la historia religiosa del Pueblo Elegido.

Jesús sufre las mismas tentaciones que Israel, pero las supera y sale victorioso y más fuerte. Obviamente no se trata del desierto físico, sino del símbolo de la lucha contra el mal. Esta pelea sigue más que nunca actual en nuestras vidas. El mal obra y desespera a tantos; el bien es paciente y siempre tiene la última palabra.

Según los evangelistas, Jesús se quedó en el desierto cuarenta días. Sabemos que el número cuarenta es otra clave simbólica para entender el relato: 40 días duró el diluvio, 40 años pasó el pueblo judío en el desierto, 40 días estuvo Moisés en el Sinaí, 40 días para que se conviertan los ninivitas, 40 días camina Elías por el desierto…

No se trata de ser cronológicos, sino de evocar una serie de acontecimientos salvíficos en la historia del pueblo de Israel, que quedarán superados por la experiencia de Jesús. El desierto es el lugar de la prueba y de la tentación. La palabra griega (peireo) no significa tentar, sino probar. Para nosotros la tentación es un mal, pero el sentido del verbo griego indica una prueba que superar. Está claro que no puede haber aprobados si no hay examen.

Este breve relato termina con dos imágenes en fuerte contraste: Jesús “vive entre fieras”, pero “los ángeles le sirven”. Aparte de lo difícil que resulta saber qué quería decir la palabra ángel, tenemos la dificultad del verbo “servir”. El verbo que emplea es (diakoneô), que significa servir, pero con un matiz de afecto personal en el servicio.

Su primer significado era “servir a la mesa”, y de allí viene, posteriormente, el nombre del ministerio del diaconado. Pero aquí el significado iría en contra de todo el sentido del relato, porque indicaría que en vez de ayunar era alimentado por los ángeles. Podría significar las fuerzas del bien o que Dios estaba de su parte. Según la interpretación de san Agustín, las “fieras” evocan los peligros que amenazarán siempre a Jesús y su proyecto, y los “ángeles” la cercanía de Dios que bendice, cuida y defiende a Jesús y su misión.

El cristianismo y la Iglesia viven momentos difíciles. Siguiendo los estudios sociológicos, hablamos de crisis, secularización, rechazo por parte del mundo moderno, escándalos, falta de cultura y empatía. Pero, tal vez, desde una lectura de fe, hemos de decir algo más: ¿No será Dios quien nos está empujando a este “desierto”? ¿No necesitábamos algo de esto para liberarnos de tanta vanagloria, poder mundano, vanidad y falsos éxitos acumulados inconscientemente durante tantos siglos?

Nunca habríamos elegido estos caminos. Mira a tu parroquia o Iglesia local, ¿crees que necesita purificación? ¿Estamos tentados a guardar el “estatus quo” y seguir con el conservadurismo? ¿Perdemos tiempo rechazando el diálogo con lo diferente o hasta peligroso para nuestra comodidad? ¿Cuántas veces, solo por conveniencias y defensas de la institución, y no de la Palabra de Dios, perdemos credibilidad? ¿Nos importa más la palabra sin testimonio, en vez de escuchar a los testigos del desierto donde suena fuerte, con entusiasmo, y sobre todo con credibilidad la Palabra de Dios?

El supermercado de la religión y de lo sagrado está lleno de dioses y de ídolos que prometan todo pero no cumplen, y mucha gente escoge y elige basándose en sus caprichos o gustos. Hay muchos católicos “culturales” que adoran el trabajo, la ciencia y la política, más que a Dios. Como individuos y miembros de la Iglesia debemos rezar fervientemente el Padre Nuestro cada día, pidiendo al Señor humildemente “no nos dejes caer en la tentación”.

En el corazón de Dios nunca se apagó su proyecto. Solo se nos pide rechazar con lucidez las tentaciones que nos pueden desviar, una vez más, de la conversión a Jesucristo. El Evangelio de Marcos representa a Jesús tan divino, pero también profundamente humano, por eso el detalle de las tentaciones es tan importante. Él entra al desierto con un solo propósito: encontrar a Dios y pertenecerle totalmente.

Solo entonces, Él viene a Galilea y proclama la buena nueva. El desierto es un espacio de revelación y de intimidad con Dios. Busca tu propio desierto. Para encontrar a Dios necesitamos dejar de lado las cosas secundarias, pues a Dios se le encuentra en el vacío, como en la plenitud. Lo podemos encontrar en el vacío de la enfermedad, de la vejez, en la desilusión, el fracaso y la soledad. Busca en esta Cuaresma tu propio desierto.

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