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II Domingo de Cuaresma

Sebastián Korczak

“Miedo a la innovación, no al inmovilismo”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (9,2-10):

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”.

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de “resucitar de entre los muertos”.

 

En el segundo domingo de Cuaresma vamos con Pedro, Santiago y Juan a un lugar muy especial; al pico de una montaña. Según el evangelista, Jesús toma consigo a estos tres apóstoles y los lleva aparte a una montaña, y allí “se transfigura delante de ellos”. No es casualidad que sean precisamente estos tres discípulos. Al parecer ofrecen mayor resistencia a Jesús cuando les habla de su destino doloroso de crucifixión.

Al inicio de la Cuaresma sería bueno analizar mi propio corazón, y cuánto aún resisto y me opongo a llegar al Monte de la Resurrección. Estamos invitados a contemplar el rostro brillante de Jesús y a la vez a nuestra propia miseria, dudas, cobardías y resistencias a la fe en Dios. No resistamos y no tengamos miedo de dar este paso. Él acepta todo lo que somos y tenemos en nuestras pobres manos.

Es entendible que nos cuesta comprender a Jesús en este tiempo de pruebas, anuncios de muerte y seguir su ejemplo. Incluso Pedro tiene que aprender mucho todavía, y sabemos que hasta intentó quitar de la cabeza a Jesús esas ideas de la Cruz y sufrimiento del Hijo de Dios.

Los hermanos Santiago y Juan le piden los primeros puestos en el reino del Mesías. Ante ellos, precisamente se transfigurará Jesús. Lo necesitan más que nadie. Tal como lo necesitas tú. Por eso hoy tienes que sentirte uno de ellos, y por fin darte cuenta que necesitas a Jesús para llegar al final de la aventura que se llama Pascua. Pero la primera parada tiene que ser el Calvario. Si no pasas por allí, nunca llegarás al Monte de la Resurrección.

La escena, tan llena de recursos simbólicos, es grandiosa. Jesús se les presenta a sus discípulos “revestido” de gloria celestial. Al mismo tiempo Elías y Moisés, que según la tradición han sido arrebatados a la muerte y viven junto a Dios, aparecen conversando con él. Todo invita a intuir la condición divina de Jesús, crucificado por sus adversarios, pero resucitado por Dios. En esta corta escena tenemos la representación de la tradición judía. Moisés representa la Ley y Elías simboliza a los Profetas del Antiguo Testamento.

Delante de esta escena tenemos a Pedro que no entiende nada. Quiere seguir con sus proyectos y trazar su personal camino de la salvación. Por una parte pone a Jesús en el mismo plano, y al mismo nivel que a Elías y Moisés: a cada uno su tienda. Por otra parte se resiste a la dureza del camino de Jesús; lo quiere retener en la gloria del Tabor, lejos de la pasión y la cruz del Calvario. No es el único que piensa así. ¿Cuántas veces intentamos escaparnos del camino difícil del Calvario?

Es muy conmovedor que el mismo Dios Padre le va a corregir de manera solemne a Pedro: “Este es mi Hijo amado”. Está claro que no hay que confundirlo con nadie. “Escúchenle a él”, incluso cuando nos habla de un camino de cruz porque todo terminará en la resurrección.

Este domingo Jesús nos invita a reemprender el camino junto con Él. No será una senda fácil ni de respuestas a la carta. Pero como siempre, nos lanzará a la cruda realidad ayudados de su mano y sobrecogidos, s, de verdad hemos intentado tener una experiencia profunda de Él y con Él.

Hay que reconocer que no nos gusta la cruz, y preferimos y hasta echamos en falta una vida más merengada y con éxitos, sin llantos ni pruebas, sin lamentos ni zancadillas, tranquila y sin sobresaltos. Todos sabemos que no siempre es así y la pandemia nos enseñó a cambiar los planes y la mentalidad.

En la Iglesia escuchamos poco de los “crucificados” del día de hoy. Tantos hombres y mujeres que siguen sufriendo y hasta dando la vida en el nombre de Dios. Preferimos escuchar un mensaje sobre los “dulces clavos” de la Cruz, y no tomamos en serio el llanto de las colonias pobres, de las madres que no saben cómo alimentar a sus hijos, migrantes o la gente sin techo, todo lleno de enfermedad y dolor.

En vez de estar con ellos pensamos otras cosas. Creo que en la vida real muy pocos están presentes ante estos sucesos y dramas. Nos concentramos en la liturgia y las vestimentas, en visitas pastorales, pero olvidamos acompañar a la gente que vive una cruz real y simplemente se identifica con Jesús Crucificado. “Hazme llorar con la verdad para que no me destruyas con la mentira”, dijo un sabio y tenía mucha razón. Ojalá despertemos en este camino hacia la Pascua.

Jesús Crucificado y posteriormente Resucitado, tiene que ser nuestro punto de referencia en estos 40 días, porque solo Jesús irradia luz. Él cambió su rostro ante los Apóstoles asustados, y también lo cambia hoy para ti, para que lo reconozcas mejor en tus hermanos.

Todos los demás; profetas y maestros, teólogos, obispos, doctores y predicadores tenemos el rostro apagado. No hemos de confundir a nadie con Jesús. Solo Él es Hijo amado. Su Palabra es la única que hemos de escuchar, las demás nos han de llevar a Él. Espero que esto sea lo que ves y sientes en tu iglesia parroquial, que todo esté concentrado en Él y no en intereses económicos o planes pastorales.

No olvidemos que el éxito nos puede hacer daño a los seguidores de Jesús. Hay muchas ambiciones y envidias. Nos ha llevado incluso a pensar que era posible una Iglesia fiel a Jesús y a su proyecto del reino, sin conflictos, sin rechazo, llena de éxitos pero sin Cruz. Estoy seguro que nos haría bien recuperar nuestra identidad de ser discípulos de un humilde Maestro clavado en la Cruz.

Es difícil ya ocultarlo. En la Iglesia tenemos miedo de escuchar a Jesús. Un miedo soterrado que nos paraliza hasta impedirnos vivir con paz, confianza y audacia tras los pasos de Jesús, nuestro único Señor. Tenemos miedo a la innovación, pero no al inmovilismo que nos aleja cada vez más de los hombres y mujeres de hoy.

Se diría que lo único que hemos de hacer en estos tiempos de profundos cambios, es conservar y repetir el pasado. ¿Qué hay detrás de este miedo? ¿Fidelidad a Jesús o miedo a “poner en odres nuevos vino nuevo” del Evangelio? Tenemos miedo a celebraciones más vivas, creativas y expresivas de la fe de los creyentes, pero nos preocupa poco el aburrimiento generalizado de tantos cristianos buenos, que no pueden sintonizar ni vibrar con lo que allí se celebra.

¿Somos más fieles a Jesús urgiendo minuciosamente las normas litúrgicas, o nos da miedo “hacer memoria” de Él celebrando nuestra fe con más verdad y creatividad? Tenemos miedo a la libertad de los creyentes, nos inquieta que el pueblo de Dios recupere la palabra y diga en voz alta sus aspiraciones, o que los laicos asuman su responsabilidad escuchando la voz de su conciencia.

Los discípulos cayeron de miedo ante Jesús porque no le entendieron. No tengamos miedo de despertar, reconocer y aceptar la Cruz. No tengamos miedo para asumir las tensiones y conflictos que lleva consigo buscar la fidelidad al Evangelio. Nos callamos cuando tendríamos que hablar, nos inhibimos cuando deberíamos intervenir en la defensa de los crucificados.

Hay miedo de anteponer la misericordia por encima de todo, olvidando que la Iglesia no ha recibido el “ministerio del juicio y la condena”, sino el “ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5, 18). Hay miedo de acoger a los pecadores como lo hacía Jesús. Difícilmente se dirá hoy que la Iglesia es “amiga de pecadores”, como se decía de su Maestro.

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