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Domingo 3º de Cuaresma

Sebastián Korczak

“Soñar con la casa del Padre”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (2,13-25):

 

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quiten esto de aquí; no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”. Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?” Jesús contestó: “Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré”.

Los judíos replicaron: “Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

 

Jesús no soporta ver la casa de su Padre llena de gente que vive del culto. En un gesto muy provocativo, expulsa del templo a “vendedores” de animales y “cambistas” de dinero. Todo tiene su porqué. A Dios no se le compra con “sacrificios”. Esta idea veterotestamentaria no “pega” con la imagen de Dios, de Jesús.

Al asomarse al recinto que rodea el Templo, Jesús se encuentra con un espectáculo inesperado. Vendedores de bueyes, de ovejas y palomas ofrecen los animales a los peregrinos para sacrificarlos en honor a Dios. Cambistas instalados en sus mesas traficando con el cambio de monedas paganas, por la única moneda oficial aceptada por los sacerdotes.

No cabe duda que eso le provocó una reacción llena de indignación. Imaginémonos a Jesús con un látigo y sacando del recinto sagrado a los animales, volcando las mesas de los cambistas, echando por tierra sus monedas y gritando: “No conviertan en un mercado la casa de mi Padre”. Una escena difícil de entender con la mentalidad de esa época. Pero hoy en día ¿no le pasaría lo mismo a Jesús si hubiera entrado, observado y escuchado varias celebraciones?

Imaginemos a Jesús que se siente como un extraño en este lugar “tipo” comercial. Pasaron dos mil años, pero algunos siguen con la idea errónea de que Dios es: sacrificios y redención ¡Qué cosa más ridícula! El Hijo de Dios en la casa dedicada a su Padre no encuentra su lugar. Lo que ven sus ojos nada tiene que ver con el verdadero culto a su Padre. La religión del Templo se ha convertido en un negocio, donde los sacerdotes buscan buenos ingresos y donde los peregrinos tratan de “comprar” a Dios con sus ofrendas.

Lamentablemente hay iglesias donde sigue el mismo ritual y la mala costumbre sacada —casi literalmente— del antiguo Testamento. Tal vez poco más “modernizada”. Está claro que aquel Templo no es la casa de un Dios Padre, en la que todos se acogen mutuamente como hermanos y hermanas para crecer juntos. Jesús no puede ver allí esa “familia de Dios” que quiere forma con sus seguidores.

Aquello no es sino un mercado, donde cada quien hace negocio. El camino que indica Jesús es diferente, no tan administrativo y mercantil hacia la salvación y dignidad del hombre. Sin embargo, duele ver que para algunos es más importante hacer rifas y mantener edificios, buscando fondos para enaltecer su “estatus quo”.

Sueño con que vuelva a destacar más la Palabra de Dios, su mensaje universal, y que de nuevo la gente se enamore y apasione, no con la compra de sacramentos, sino de la verdadera vida fraterna y solidaria entre los fieles de la Iglesia.

La crítica que hace Jesús a los vendedores y administradores del culto del pasado —y del día de hoy— es muy profunda. Dios no puede ser protector y encubridor de una religión tejida de intereses y egoísmos. La pandemia es buena oportunidad de mostrar la cara solidaria de nuestra iglesia, de ser más sensibles y humildes. Dios es un Padre al que se le puede dar culto trabajando por una comunidad humana más solidaria y fraterna, pero desde la realidad y sencillez auténtica.

Sería bueno que pudiéramos bajar y sentir la realidad de todos esos “peregrinos” que no tienen dinero para pagar las ofrendas y ganarse buenos “sacrificios”. Su misma vida, no pocas veces, es un sacrificio y dolor que no es ni entendido ni atendido por los que formamos la Iglesia. Sufro mucho cuando veo que algún templo se aparta de los separados, divorciados, marginados, pobres, porque no pueden “rendir culto” como de costumbre y tradición.

¿No es lo mismo que hizo molestar tanto a Jesús? Casi sin darnos cuenta, todos nos podemos convertir en “vendedores y cambistas” que no saben vivir, sino buscando solo su propio interés. Algunas iglesias y sus actividades se convierten en un gran mercado donde todo se compra y se vende, y corremos el riesgo de vivir, incluso, la relación con el Misterio de Dios de manera mercantil.

No perdamos tiempo buscando la oferta para “comprar el cielo”. Mucho más importante sería preocuparnos por un espacio donde todos nos podamos sentir en la “casa del Padre”. Esa tarea le gusta mucho más a nuestro Dios. Busquemos una casa acogedora y cálida donde a nadie le cierren las puertas, donde a nadie se excluya ni discrimine. Una casa donde aprendemos a escuchar el sufrimiento de los hijos que no encontraron misericordia. Soñemos mejor con la casa del Padre, sin intereses, sin cálculos, sin rifas y colectas. Una casa donde podemos invocar a Dios como Padre, porque nos sentimos sus hijos y buscamos vivir como hermanos.

Seguiré soñando con la Iglesia que quiso Jesús, donde las puertas están abiertas a todos y nadie está excluido. Esa donde pueden entrar los pecadores, los impuros e incluso los paganos. No me cabe duda de que Dios es de todos y para todos. En este templo, en esta casa de Dios no se discrimina. No hay espacios diferentes para hombres y mujeres, o los que no pueden cumplir o pagar. En Cristo no hay razas elegidas ni pueblos excluidos. Los únicos preferidos son los necesitados de amor y de vida. ¿Seguirás soñando con algo similar?

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