Dabar

0
Compartidos
Google+

Domingo 4º de Cuaresma

Sebastián Korczak

“Rastrear caminos que acercan a Él”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (3,14-21):

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

 

El evangelista Juan, nos habla de un extraño encuentro entre Jesús y un importante fariseo llamado Nicodemo. Es él quien toma la iniciativa y va a ver “de noche” a Jesús. La expresión es simbólica, y representa a todos los que andan en las tinieblas y necesitan dirigirse a una luz. Jesús hará bien su “trabajo” e irá conduciendo a Nicodemo hacia esa luz poco a poco, pero con firmeza y seguridad.

Lo único que hace falta para iniciar ese proceso, es tener corazón sincero y mente abierta para querer encontrarse con Jesús, que es la luz del mundo. Por eso, en cierto momento Nicodemo desaparece de escena y Jesús, el verdadero protagonista, prosigue su discurso para terminar con una invitación general para todos: a no vivir en tinieblas sino a buscar esa luz.

La luz que debe iluminar nuestro camino de la búsqueda de Dios en este mundo, es su gran amor. Lo expresa claramente Jesús en su discurso: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”. Tal vez nos acostumbramos demasiado a escuchar esta frase y no darle la importancia adecuada. No es una frase más, no son palabras que se podrían eliminar del Evangelio sin que nada importante cambiara. Es la afirmación que recoge el núcleo esencial de la fe cristiana.

Este amor de Dios es el origen y fundamento de nuestra esperanza, camino y amor hacia los demás. Dios Creador ama a este mundo y a nosotros, que somos la “corona de la creación” tal como es y tal como somos, inacabados e inciertos.

Ama incluso nuestro mundo lleno de conflictos, guerras y contradicciones; al ser humano capaz de lo mejor y de lo peor. Gracias a este amor, nuestro mundo no recorre su camino solo, perdido y desamparado. Dios lo envuelve con su amor que ilumina.

El amor entregado por Dios Padre a través de su Hijo Único, es el prototipo y origen de la misión de la Iglesia. Aún más, es su razón de ser. Lo único que justifica su presencia en el mundo es recordar el amor de Dios. Así que estamos ante un desafío y la esencia de la Iglesia. Lo han subrayado muchas veces los documentos del Concilio Vaticano II: “La Iglesia es enviada por Cristo a manifestar y comunicar el amor de Dios a todos los hombres”.

Nada hay más importante para la Iglesia. No es la preocupación administrativa de los templos o seminarios, como algunos quieren. Lo primero es comunicar ese amor de Dios a todo ser humano. El amor cambiará a las personas, las hará más generosas y colaboradoras. Y estoy seguro que también nos dará buenas y mejores vocaciones para los tiempos de hoy. Sólo con el corazón lleno de amor hacia todos, daremos testimonio y llamaremos unos a otros a la conversión.

No olvidemos que “el amor tiene un poderoso hermano, el odio. Procura no ofender al primero, porque el otro puede matarte”, decía F. Heumer (filósofo alemán). Si las personas se sienten amenazadas y aún peor, condenadas por Dios, no les estamos transmitiendo el mensaje de Jesús sino otra cosa: tal vez nuestro resentimiento y enojo.

Dios envía a su hijo para salvar al mundo y no para condenarlo; quiere la salvación de todos los hombres. Frente a cualquier dualismo de buenos y malos, ofrece a todos la salvación, no sólo a una minoría (eclesiástico-sacramentalmente) privilegiada. El único término, concepto y realidad que lo puede integrar es el amor. Para encontrar este amor, hay que aprender a escuchar como lo hizo Nicodemo. Saber salir del orgullo y “confort”. Nicodemo, el joven Rabino de Nazaret, cuya fama se va extendiendo rápidamente, desciende desde la cima de su posición social (no olvidemos que formaba parte del Sanedrín), pregunta y escucha las palabras de aquel aldeano, el hijo de José el carpintero.

Esta es la primera enseñanza que tendríamos que aprender de este pasaje evangélico: descender del pedestal, superioridad y autoridad en que a veces nos encaramamos, para escuchar con sencillez y humildad la palabra que nos viene de Dios. Y eso puede pasar quizá, de alguien de menos categoría intelectual, teologal, pastoral o social que nosotros. No esquematicemos tanto los comentarios y opiniones de los demás, porque son de los nuestros y en contra nuestra. Dios habla de tantas formas, y el amor es el camino abierto para todos y no solo para los limpios e indultados.

Jesús le habla a Nicodemo de un hecho que simboliza lo que ocurriría en el Calvario: lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. La vida eterna era el tema privilegiado de los escribas, letrados, y también el más deseado por el pueblo sencillo. Era sinónimo de auténtica felicidad y bienestar; el deseado objetivo de un piadoso judío.

La crucifixión fue, sin duda, el gesto definitivo del amor de Dios, que sufre en su carne el castigo de nuestro pecado. ¿Qué más podía hacer el Señor para mostrarnos su infinito amor, sus profundos y sinceros deseos de ayudarnos, de librarnos del egoísmo, de evitar seguir construyendo lugares privilegiados en la Iglesia? Sin duda, hemos de hablar y vivir de la misma entrega amorosa de nuestro Dios, y no de los intereses y preocupaciones administrativo-económicas.

Todos somos llamados a ser como Nicodemo y buscar la verdad, y convertir el corazón al estilo de Jesús. No hay que esperar otros tiempos, mejores líderes, oportunidades. En momentos de crisis surgirán hombres y mujeres buenos, que introducen entre nosotros amor, amistad, compasión, justicia, sensibilidad y ayuda a los que sufren. Estos construyen la Iglesia de Jesús, del amor. Con razón escribió W. Hugo: “Dios es la plenitud del cielo; el amor es la plenitud del hombre”.

No olvidemos que Dios no sabe, ni quiere, hacer otra cosa sino amar. Lo más íntimo de su ser es amor. Por eso dice este Evangelio que Dios ha enviado a su Hijo, no para “condenar al mundo”, sino para que “el mundo se salve por medio de él”. Dios es amor y ama el cuerpo tanto como el alma, y el sexo tanto como la inteligencia. Lo único que desea es ver ya, desde ahora y para siempre, a la humanidad entera disfrutando de su creación.

Nunca olvidemos que Él nos creó por una sola razón: por amor. Quiso compartirlo porque le parecía generoso y oportuno crear a alguien, y algo más que pueda disfrutarlo. Dios es así, nuestro mayor error sería olvidarlo. Más aún, encerrarnos en nuestros prejuicios, condenas y mediocridad religiosa, impidiendo a la gente cultivar esta fe primera y esencial.

Para qué sirven los discursos de los líderes eclesiásticos, teólogos, moralistas y catequistas, ¿si no hacen la vida más bella y luminosa recordando que el mundo está envuelto por los cuatro costados por el amor de Dios? Por eso la verdadera teología no es triunfalista ni autoritaria-dominante, sino humilde. No trata de imponerle a Dios a nadie, solo rastrear los caminos que nos pueden acercar a él.

Noticia anterior

Riñas dejan lesionados en Lerma y Polvorín

Siguiente noticia

Confuso, mensaje sobre aprobación de mariguana