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Domingo de Ramos

Sebastián Korczak

“Con los crucificados”

PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN SAN MARCOS (15,1-39):

(C –comentarista, S –Sanedrín, +Jesús)

 

  1. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:
  2. “¿Eres tú el rey de los judíos?”
  3. Él respondió:

+ “Tú lo dices”.

  1. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:
  2. “¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti”.
  3. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:
  4. “¿Quieren que los suelte al rey de los judíos?”
  5. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
  6. “¿Qué hago con el que llaman rey de los judíos?”
  7. Ellos gritaron de nuevo:
  8. “¡Crucifícalo!”
  9. Pilato les dijo:
  10. “Pues ¿qué mal ha hecho?”
  11. Ellos gritaron más fuerte:
  12. “¡Crucifícalo!”
  13. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio —al pretorio— y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:
  14. “¡Salve, rey de los judíos!”
  15. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: “El rey de los judíos”. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: “Lo consideraron como un malhechor”. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
  16. “¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz”.
  17. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
  18. “A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos”.
  19. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:

+ “Eloí, Eloí, lamá sabaktaní”.

  1. Que significa:

+ “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

  1. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
  2. “Mira, está llamando a Elías”.
  3. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
  4. “A ver si viene Elías a bajarlo”.
  5. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
  6. “Realmente este hombre era Hijo de Dios”.

 

Este Domingo de Ramos estamos invitados a reconocer, una vez más, que nuestro Dios no tiene límites. Su humildad es fruto del amor y efecto de la obediencia a su misión. No lo tratemos de entender y encajar en nuestro pensamiento. Dios se ha humillado por nosotros, mientras nos parece difícil olvidarnos un poco de nosotros mismos. Él renunció a sí mismo por nosotros; ¡cuánto nos cuesta renunciar a algo por él y por otros!

El papa Francisco en su homilía en la Plaza de San Pedro (20 de marzo de 2016) dijo: “la liturgia de hoy nos enseña que el Señor no nos ha salvado con una entrada triunfal o mediante milagros poderosos”. Lo hizo a través de la humillación, aceptando una “condición de esclavo”, no de rey, ni de príncipe, sino de esclavo. Dios, humillado, se entrega en las manos de los bandidos para darnos la esperanza y la vida.

Hoy las lecturas no nos pueden dejar indiferentes. Si queremos seguir al Maestro y llegar a la Pascua, hemos de aceptar a elegir su camino: el de la humildad, del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo. Podemos aprender este camino deteniéndonos estos días a mirar el Crucifijo, que es la “cátedra de Dios”, para aprender el amor humilde, que salva y da la vida, para renunciar al egoísmo, a la búsqueda del poder y de la fama. Estamos atraídos por las miles vanas ilusiones del aparentar, olvidándonos de que “el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene”, como nos lo recuerda el Gaudium et spes, 35.

El relato del Evangelio pone en evidencia que ni el poder de Roma, ni las autoridades del Templo, pudieron soportar la novedad de Jesús. Su manera de entender y de vivir a Dios era peligrosa para el “estatus quo” de las autoridades religiosas; amenazaba sus comodidades e intereses. Jesús tampoco defendía el imperio de Tiberio, simplemente llamaba a todos a buscar el reino de Dios y su justicia. No le importaba romper la ley del sábado ni las tradiciones religiosas, solo le preocupaba aliviar el sufrimiento de la gente enferma, desnutrida y sin esperanza de Galilea.

Desde luego, no se lo perdonaron. Jesús se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del Imperio, y con los olvidados por la religión del Templo. Ejecutado sin piedad en una cruz, en él se revela ahora Dios, humillado en todos los hombres de los tiempos; identificado para siempre con todas las víctimas inocentes de la historia. Al grito de todos ellos, se une el grito de dolor del mismo Dios.

Al inicio de esta Semana Mayor no puedes mirar la Cruz sin pensar en el sufrimiento, dolor y tantos enfermos por la pandemia. Rostros muy concretos, tal vez cercanos. No puedes huir y esconderte en tus cuatro paredes o en tu casa de la playa, pensando que el Domingo de Pascua llegará igual y pronto, sin ningún compromiso.

El camino hacia la Pascua es un compromiso de encontrarse con la Cruz, con el Crucificado y tantos crucificados actuales. Es indigno convertir la Semana Santa en paseo. No permitas que te aíslen de los crucificados, desplazando el sufrimiento injusto que hay en el mundo, en tu diócesis, en tu sociedad, hacia una “lugar cómodo” donde desaparece todo clamor, gemido o llanto.

No olvides que si Dios ha muerto identificado con las víctimas, su crucifixión se convierte en desafío inquietante para todos los seguidores del humilde hijo del Carpintero. No podemos separar a Dios del sufrimiento de los inocentes, no podemos adorar al Crucificado y vivir de espaldas al sufrimiento de tantos seres humanos destruidos por el Covid, el hambre, las migraciones y la miseria.

La Iglesia tiene que acercarse mucho más a todos estos hermanos que viven desconsolados y alejados. Si no lo hacemos, estamos repitiendo el error de los letrados, escribas y sacerdotes del Templo. Estamos convirtiendo la enseñanza de Jesús en rituales del Templo, y volvemos a condenarle a nuestro humilde Dios a la muerte sin esperanza.

Cambia solo el nombre de los sacerdotes, muchedumbres y ritos, pero la historia es la misma: “Dios está condenado a la muerte”. Hoy, en la procesión de entrada, le podemos gritar “Hosanna” y sentir el “calor” y la fuerza de las masas, pero tarde o temprano tendrás que pararte ante Él. Tendrás que tomar decisiones si lo aceptas o lo echas de tu vida. Dios es demasiado humilde, no te impone nada y no quiere caber en ningún Templo, Iglesia o ritual. Él siempre es mucho más.

Te invito a que, iniciando esta Semana Santa tan diferente y tan importante para nuestra fe, levantes tus ojos hacia el rostro del Crucificado. Contempla el amor insondable de Dios, entregado hasta la muerte por tu salvación. Si lo miras detenidamente, pronto descubrirás en ese rostro el de tantos otros crucificados que, lejos o cerca de nosotros, reclaman nuestro amor solidario y compasivo.

La cruz debe de seguir atrayéndonos. Besamos el rostro del Crucificado, levantamos los ojos hacia él, escuchamos sus últimas palabras… porque en su crucifixión vemos el servicio último de Jesús al proyecto del Padre, y el gesto supremo de Dios entregando a su Hijo por amor a la humanidad entera. ¡Cuánta humildad de nuestro Dios! Cada cruz es “memoria” conmovedora de un Dios crucificado, y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes, que sufren injustamente en nuestro mundo.

Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que a Dios le duele toda la injusticia, el hambre, los escándalos, el mal testimonio y las mentiras. Esta Semana Mayor no buscamos explicaciones, ni raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Solo sabemos que Dios sufre con nosotros, y ¡esto lo cambia todo!

 

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