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Domingo de la Resurrección

Sebastián Korczak

“Vamos al sepulcro vacío”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (20,1-9):

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Qué alegría saber que nuestra vida no es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Jesús Resucitado nos enseña a confiar en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podremos ver a los que nos dejaron en este mundo. Jesús Resucitado nos enseña a confiar en que nuestros esfuerzos por un mundo más humano y dichoso, no se perderán en el vacío. Un día llegará este día feliz, cuando los últimos serán los primeros y nos precederán en el Reino.

El Domingo de Resurrección nos invita a creer que todo lo que aquí ha quedado a medias, lo que no ha podido ser, lo que hemos estropeado con nuestra torpeza o nuestro pecado, todo alcanzará en Dios su plenitud. Nada se perderá de lo que hemos vivido con amor, o a lo que hemos renunciado por amor.

Este Domingo de Pascua estamos invitados a abrirnos a la fe. La resurrección de Jesús no es un dogma más o un acontecimiento milagroso que confesamos entre tantos, es la clave y fundamento de nuestra fe, por ello hemos de hacer nuestro propio recorrido. Es decisivo reconocer: ¿hasta qué punto crees de verdad en esto? Si tienes fe, entonces empieza a buscarle a Jesús con todas tus fuerzas, pero no en el mundo de los muertos.

Al que vive hay que buscarlo donde hay vida. Ya llegó tu “amanecer”, no esperes más. No olvides a quien vienes a buscar, y confía que aunque “el sepulcro esté oscuro” no te vas a perder. En este camino encontrarás varias personas que harán su propio camino y con diferente velocidad e intensidad, como Simón, María Magdalena y tantos otros más.

No te preocupes ni detengas, haz y sigue tu propio camino hacia la vida. Mira a tu alrededor, tu comunidad, parroquia, Diócesis. ¿Allí Jesús está vivo? Hemos de buscarlo, no solo en la religión muerta, sino allí donde se vive según el Espíritu de Amor, acogido con fe, con amor y con responsabilidad por sus seguidores. Hemos de buscarlo, no entre cristianos divididos y enfrentados en luchas estériles, vacías de amor a Jesús, sino allí donde vamos construyendo comunidades que ponen a Cristo Vivo en su centro.

No olvides que el camino al sepulcro puede ser largo e incluye la vía dolorosa, sin embargo, lo más interesante es que se convertirá en una aventura hacia la vida. ¡Qué paradoja!, vamos al Sepulcro buscando la vida. A Jesús vivo no lo encontraremos en cualquier lugar, aunque sea más sagrado o bajo el nombre sofisticado.

No lo verás en una fe estancada y rutinaria, gastada por toda clase de tópicos y fórmulas vacías de experiencia. No lo encontrarás en los lugares donde amenazan, sino buscando una calidad nueva en nuestra relación con Jesús y en nuestra identificación con su proyecto. Un Jesús apagado e inerte, que no enamora ni seduce, que no toca los corazones ni contagia su libertad, es un “Jesús muerto”.

No es el Cristo vivo, resucitado por el Padre al que hoy celebramos. Antes de encontrarse con el Jesús Resucitado, los evangelistas hablan de la desorientación de los Apóstoles, de su búsqueda en torno al sepulcro, de sus interrogantes e incertidumbres. Nosotros como ellos, tenemos dudas y buscamos la fe en Cristo Resucitado, y a veces nada ni nadie nos convence.

Este Domingo de la Resurrección tenemos que reconocer que Dios es un Padre fiel, digno de toda confianza y nos dio una prueba irrefutable. Un Padre que nos ama más allá de la muerte, y sabemos que no nos defraudará nunca. Le seguiremos llamando “Padre” con la fe más firme y cercana, como nos lo enseñó su hijo Jesús.

Tenemos una ventaja grande, porque sabemos que tenía que llegar este día de Pascua, y sabemos que caminamos hacia el sepulcro vacío. Ninguno de los discípulos se esperaba la resurrección de Jesús. Puede notarse el simbolismo de esa escena: Jesús se ha “desatado” de los lazos del reino de la muerte; en cambio, Lázaro tiene que ser “desatado” para poder caminar (para seguir a Jesús).

Esto es lo que “ve”, desde la fe, el Discípulo amado que escribe este Evangelio. Todos ellos creen que la muerte ha triunfado; buscan a Jesús como un cadáver, no conciben aún la muerte como muestra de amor y fuente de vida. En el relato de Juan no hay ángeles ni mensajes pascuales. Para Juan, el mensaje pascual y el triunfo de Jesús están en la cruz. La resurrección de Jesús es su amor a prueba de la propia vida. ¿Crees que la vida triunfará? El hecho de la resurrección cambió por completo la perspectiva de los seguidores de Jesús. La cruz ahora tiene su sentido, y el sufrimiento, dolor, injusticia, mentira ya no tienen la última palabra, la tiene el poder del Amor.

La carrera de los dos discípulos puede hacer pensar en un cierto enfrentamiento, en un problema de competencia entre ambos. De hecho, se nota cierto estira y afloja: “El otro discípulo” llega antes que Pedro al sepulcro, pero le cede la prioridad de entrar. Pedro (que representa la autoridad eclesial) entra y ve la situación, pero es el discípulo amado quien “ve y cree” (representa la comunidad de creyentes).

El evangelio de Juan presenta al discípulo amado como modelo del verdadero creyente. De hecho, este discípulo, contrariamente a lo que hará Tomás, cree, sin haber visto a Jesús. Sólo lo poco que ha visto en el sepulcro le permite entender lo que anunciaban las Escrituras: que Jesús no sería vencido por la muerte.

Juan ve las vendas, pero no hace caso. En efecto, su mirada se ha vuelto ya hacia el interior; si revuelve algo, es en sus recuerdos y en su corazón. Juan empezó recordar: el vino de las bodas, el templo purificado, Lázaro, etc. Y creyó que el amor es más fuerte que la misma muerte.

¿Y tú, crees esto? Sigue caminando hacia el Sepulcro y conviértelo en un camino hacia la Pascua, hacia la vida. El Sepulcro está vacío y tenemos que volver a la vida al lado del Señor Resucitado. El nos llevará por los sepulcros de nuestra vida y nos guiará hacia la Pascua.

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