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Domingo 3º de Pascua

Sebastián Korczak

“Falta de testigos”

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (24,35-48):

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: “Paz a ustedes”. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: “¿Por qué se alarman?, ¿por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Tóquenme y dense cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como ven que yo tengo”. Dicho esto, les mostró las manos y los pies.

Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen ahí algo que comer?” Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.

Y les dijo: “Esto es lo que les decía mientras estaba con ustedes: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ustedes son testigos de esto”.

 

El deseo de Jesús es claro. Su tarea no ha terminado en la cruz. Resucitado por Dios después de su ejecución, hace contacto con los suyos para poner en marcha un movimiento de “testigos”, capaces de contagiar a todos los pueblos su Buena Noticia: “Ustedes son mis testigos”.

Lucas nos relata la aparición de Jesús a los Once, el mismo día de la resurrección. Los discípulos de Emaús, después de que reconocieron a Jesús, tomaron la decisión de regresar inmediatamente a Jerusalén para referir a los apóstoles lo ocurrido. Los encontraron reunidos, porque Jesús también se había aparecido a Pedro y lo comentaban.

Contaron lo que había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido en la fracción del pan. “Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz con ustedes”. La expresión: “en medio de ellos”, está cargada de intención. Nos recuerda otras palabras de Jesús: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

La aparición de Jesús resucitado es siempre nueva y sorprendente. Jesús desea darles ánimo para que sigan adelante y contagien a otros. Que sean sus testigos. Aunque los discípulos de Emaús y Pedro ya lo habían visto vivo, y todos ya sabían que había resucitado, de todas maneras “sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu”.

Jesús les comprende y de nuevo les perdona su dureza de corazón para creerle. Se pliega a sus desconfianzas, y recurre a todos los medios posibles para disipar sus dudas y miedos. Necesitan de su paz y valentía. “Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo”.

Este gesto no tendría sentido y no serviría como identificación, si no se subentendiera la crucifixión de Jesús. En sus manos y sus pies se veían las señales de los clavos. El gesto quiere demostrar que quien está vivo delante de ellos es el mismo que estuvo crucificado. Y para demostrar que no es un espíritu, Jesús les da otras dos pruebas.

La primera consiste en hacerlos verificar su condición material: “Tóquenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo”. El hombre es un compuesto de alma espiritual y cuerpo material, y así lo será también después de su resurrección final.

La segunda prueba consiste en comer delante de ellos. Jesús les pregunta: “¿Tienen algo de comer?”. Y habiéndole presentado parte de un pescado asado, “lo tomó y comió delante de ellos”.

En la resurrección no será necesario comer, y tampoco tenía necesidad de comer Jesús resucitado; pero puede hacerlo y lo hizo para demostrar que no es un espíritu. También en su última aparición, Jesús come con sus apóstoles: “Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se alejasen de Jerusalén” (Hech 1,4). No olvidemos que este será el argumento más fuerte en el testimonio de los apóstoles: “Hemos comido y bebido con él después de que resucitó de entre los muertos” (Hech 10,41).

No es fácil convertir en testigos a aquellos hombres hundidos en el desconcierto y el miedo. A lo largo de toda la escena, los discípulos permanecen callados, en silencio total. El narrador solo describe su mundo interior: están llenos de terror; solo sienten turbación e incredulidad; todo aquello les parece demasiado hermoso para ser verdad. Es Jesús quien va a regenerar su fe. Lo más importante es que no se sientan solos, lo han de sentir lleno de vida en medio de ellos. Estas son las primeras palabras que han de escuchar del Resucitado: “La paz esté con ustedes… ¿Por qué surgen dudas en su interior?”.

Jesús necesitaba y necesita testigos auténticos, y no unos pobres imitadores y usurpadores. Muchos hablan de Jesús pero, ¿realmente cuántos nos llegan al corazón? ¡Solo los que viven lo que predican! Cuando olvidamos la presencia viva de Jesús en medio de nosotros, cuando lo ocultamos con nuestros protagonismos, cuando la tristeza nos impide sentir todo menos su paz, cuando nos contagiamos pesimismo e incredulidad… estamos pecando contra el Resucitado. Así no es posible tener más testigos.

Es muy llamativo que para despertar su fe, Jesús no les pide que miren su rostro, sino sus manos y sus pies. Que vean sus heridas de crucificado. Que tengan siempre ante sus ojos su amor entregado hasta la muerte. No es un fantasma: “Soy yo en persona”. El mismo al que han conocido y amado por los caminos de Galilea.

No me queda duda que siempre, cuando pretendemos fundamentar la fe en el Resucitado con nuestras elucubraciones, lo convertimos en fantasma. Para encontrarnos con él hemos de recorrer el relato de los evangelios, descubrir esas manos que bendecían a los enfermos y acariciaban a los niños, los pies cansados de caminar al encuentro de los más olvidados, descubrir sus heridas y su pasión. Es ese Jesús el que ahora vive resucitado por el Padre. No es ningún fantasma ni recuerdo emotivo del pasado.

A pesar de verlos llenos de miedo y de dudas, Jesús confía en sus discípulos. Él mismo les enviará el Espíritu que los sostendrá. Por eso les encomienda que prolonguen su presencia en el mundo: “ustedes son testigos de estas cosas”. No han de enseñar doctrinas sublimes, ni obediencia o normas canónicas, sino contagiar su experiencia. No han de predicar grandes teorías sobre Cristo, sino irradiar su Espíritu. Han de hacerlo creíble con su vida, no solo con palabras… Este es siempre el verdadero problema: la falta de testigos.