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Domingo 5º de Pascua

Sebastián Korczak

¿De qué nos sirve?

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (15,1-8):

 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Ustedes ya están limpios por las palabras que les he hablado; permanezcan en mí, y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecerán en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no pueden hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanezcan en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que desean, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que den fruto abundante; así serán discípulos míos”.

Jesús es la vid verdadera, llena de vida; los discípulos, sarmientos que viven de la savia que les llega de Jesús. El Padre es el viñador que cuida personalmente la viña para que dé fruto abundante. La imagen es sencilla y de fuerza expresiva: lo importante es que se haga realidad su proyecto de un mundo más humano y feliz para todos, que haya una “común-unión” —comunión— entre nosotros los sarmientos. No hay otra manera para que demos frutos.

La imagen pone de relieve el problema. Hay sarmientos secos por los que no circula la savia de Jesús, discípulos que no dan frutos porque no corre por sus venas el Espíritu del Resucitado. Comunidades cristianas que languidecen desconectadas de su persona, donde prevalecen luchas, ambiciones de poder e intereses lejanos a lo que proponía Jesús. Por eso la afirmación intensa: “el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid”.

La vida de los discípulos es estéril “si no permanecen” en Jesús. Sus palabras son categóricas: “Sin mí no pueden hacer nada”. ¿Nos devela la verdadera raíz de la crisis de nuestra misión, religión, el factor interno que resquebraja sus cimientos como ningún otro? Nuestros proyectos diocesanos, parroquiales, por más grandes que fueran, y deliberados en miles de reuniones, no servirán de mucho si “el sarmiento no permanece en la vid”.

No es nueva pero sí más notoria y preocupante la forma en que viven su religión muchos católicos. Sin unión vital con Jesucristo no subsistirá por mucho tiempo; quedará reducida a folclor anacrónico, que no aportará la Buena Noticia del Evangelio. La Iglesia no podrá llevar a cabo su misión en el mundo contemporáneo si los que nos decimos cristianos no nos convertimos en discípulos de Jesús, animados por su espíritu y su pasión por un mundo más humano. El domingo pasado contemplamos la imagen del buen pastor, hoy los sarmientos. Ambas parábolas nos exigen el testimonio, empezando por los pastores y terminando con todos los que formamos el redil.

Ser cristiano exige experiencia vital con Jesucristo, conocimiento de su persona y pasión por su proyecto, que no se requerían para ser practicante dentro de una sociedad cristiana. Si no aprendemos a vivir del contacto inmediato y apasionado con Jesús, la decadencia de nuestro cristianismo se puede convertir en una enfermedad mortal. Nos quedaremos con lo antiguo, los recuerdos, olores del incienso, colores de las vestiduras y cantos más o menos solemnes, dependiendo del liturgo conservador o progresista.

Los católicos vivimos preocupados y distraídos por muchas cuestiones, pero no debemos olvidar lo esencial: somos sarmientos. Solo Jesús es la verdadera vid. Lo decisivo en estos momentos es permanecer en él, aplicar nuestra atención al Evangelio, alimentar en nuestros grupos, redes, comunidades y parroquias el contacto vivo con él. No desviarnos de su proyecto.

El énfasis de la parábola de la vid es dar frutos. ¿Cuál es el fruto que Dios produce en tu vida? “La vid” será la salida natural de la vida. Cuando estamos unidos con Él, nos identificamos y “producimos” el vino de la esperanza y la alegría. El discípulo de Jesús no es el amargado y descontento que se queja de todo y de todos.

Un discípulo unido con la vid crece a pesar de todo, y aunque a veces parece que le falta el sol o la lluvia, sigue amarrado a la única fuente de su vida. Sin la vid los sarmientos se secan. ¿De qué sirve un cántaro si nunca entra en contacto con el agua? ¿De qué sirve una lámpara si nunca se enciende? ¿De qué nos sirve la vida cristiana si, tal vez, la dejamos mediatizada por muchos preceptos y desvinculada de Jesús?

Dios esperaba que Israel produjera uvas deliciosas, hermosas, ricas en la selección de justicia. Produjo uvas amargas, podridas, apestosas, de mal gusto. Dios estaba en busca de la justicia y la rectitud, en su lugar encontró opresión, crueldad, explotación. No cometamos el mismo error.

Jesús dijo que el propósito de la vid fue seguir dando cada vez más frutos, por eso Dios Padre nos “poda”. Él mismo encuentra una rama que produce frutos y comienza a reducirla hasta que se lleve a la semejanza de Cristo. Su objetivo es limpiar las ramas que quedan a fin de producir fruto. Todo énfasis es “más fruto”. No se detendrá hasta que los vea.

Dios corta la madera muerta, las partes enfermas y podridas de nuestras vidas. A veces sentimos que sus métodos son crueles, pero lo hace tan bien que luego se produce una obra divina y maravillosa. No olvidemos que sus caminos no son iguales a los nuestros. Esta “poda” es una limpieza necesaria. ¿Por qué  estamos “secos” y nuestra vida no da frutos? ¿Qué hacemos mal?

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