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Domingo XI del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“Tu voto, semilla del bien”

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (4,26-34):

 

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”. Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”. Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.

 

Jesús era buen observador, y veía varias “campañas de autopromoción y engaño” de los dirigentes políticos y religiosos. La mayoría se basaban en absurdas e ingenuas soluciones en contra de las injusticias y el mal. Todo justificaba los fines e intereses de los líderes, en una sociedad marginada y desinformada.

La experiencia de los campesinos de Galilea le anima a Jesús a trabajar siempre con realismo, paciencia y gran confianza. En este Evangelio hay un llamado para todos, y consiste en sembrar pequeñas semillas de nueva humanidad, sociedad, Iglesia… Jesús no habla de cosas grandes.

El reino de Dios es humilde y modesto en sus orígenes. Algo que puede pasar desapercibido, como la semilla más pequeña, está llamado a crecer y fructificar de manera insospechada. Cuánto tenemos que aprender todavía en torno a que las cosas más sencillas son más importantes, y a la vez menos valoradas. “En la vida ni se gana ni se pierde, ni se fracasa, ni se triunfa. En la vida se aprende, se crece, se descubre, es escribe, se borra. Y se reescribe otra vez, se hila, se deshila y se vuelve a hilar”, dice con toda su sabiduría la poesía purépecha.

¿No crees que quizás necesitemos aprender de nuevo a valorar las cosas pequeñas y los pequeños gestos? Viendo la realidad de nuestro Estado, “realmente cada voto cuenta” sin importar la clase social o partido político. Cada uno podría ser la semilla del bien que sembramos para cambiar, primero, lo más cercano; después, el país entero. No nos sentimos llamados a ser héroes ni mártires cada día, pero a todos se nos invita a poner un poco de dignidad en cada rincón de nuestro pequeño ambiente familiar, social, laboral, eclesiástico.

Un gesto amistoso al que vive desconcertado o rechazado por la sociedad no te cuesta nada. Una sonrisa acogedora a quien está solo porque perdió a sus familiares y amigos en esta dolorosa pandemia parece nada, pero cambiaría mucho. Una señal de cercanía a quien comienza a desesperar, un rayo de alegría en un corazón agobiado por la injusticia en la política, no son cosas grandes. Son pequeñas semillas del reino de Dios que todos podemos sembrar en una sociedad complicada y triste, que ha olvidado el encanto de las cosas sencillas y buenas.

¿Y si empezamos a sembrar esas semillas de bien, como las de mostaza, de la que nos habla Jesús? No son los líderes políticos y religiosos quienes han de promover los cambios que se necesitan para avanzar hacia una convivencia más digna, más humana y dichosa. Sería demasiado fácil e infantil ver la vida de esta manera. Tú y yo tenemos que ser los protagonistas del cambio. Tu voto y tu consciencia valen mucho más de lo que piensas. Es una semilla del bien.

Los comienzos de toda siembra siempre son humildes. Más todavía, si se trata de sembrar el Proyecto de Dios en el ser humano. La fuerza del Evangelio no espectacular o clamoroso. Es como sembrar algo pequeño e insignificante que germina secretamente en el corazón de las personas. Nunca sabrás hasta que punto tu gesto, palabra, actitud pueden promover el cambio en otra persona. Seamos “maestros de cambio” que siembran en los demás el futuro, sabiendo que, tal vez, nunca lo podremos ver ni disfrutar. Un buen maestro lo sabe, sin embargo sigue sembrando porque es su vocación, y sabe que valdrá la pena.

En la Iglesia no sabemos cómo actuar ante esta situación nueva e inédita, en medio de una sociedad cada vez más indiferente y complicada. Ya no basta mirar a los demás y dejar que la masa decida, o desde una autoridad decidan por ti. Busquemos a Jesús humilde, busquemos lo sencillo del Evangelio. No te desanimes cuando te digan que hoy nadie tiene la receta para la felicidad. Lo que necesitamos es buscar caminos nuevos, con la humildad y la confianza de Jesús.

Mira a tu alrededor, también debes de ser sembrador de semillas del bien. No te dejes llevar por la ambición de las cosas que no son para ti ni para el bien de los demás. El mal siempre grita y es escandaloso, pero el que vence al final es el bien. Tiempo al tiempo, decía mi amigo, para animarme a seguir confiando en la siembra.

Nuestra tarea es sembrar, no cosechar y no vivir pendientes de los resultados. A muchos líderes les preocupan demasiado la eficacia y el éxito inmediato. Por ello, toman decisiones drásticas sin pensar de las consecuencias del futuro. Siembran la discordia y enemistad, teniendo en cuenta solo sus expectativas e intereses. Nuestra atención ha de centrarse en lo positivo, y aunque escuchemos tantas noticias, quedarnos con las buenas y sembrar bien el Evangelio y las semillas de la vida de Jesús.

Estoy seguro que tarde o temprano los seguidores de Jesús sentiremos la necesidad de volver a lo esencial, y descubriremos que solo su fuerza puede regenerar la fe en la sociedad desanimada y sin valores. Entonces aprenderemos a sembrar con humildad el Evangelio como inicio de fe renovada, no transmitida por nuestros esfuerzos pastorales, sino engendrada por él.

Empecemos de nuevo a agradecer a tantas personas que alegran nuestra vida. Ellos ya sembraron el bien en ti. Solo agradéceles y saborea la vida como gracia. No olvides llevarte por el amor, déjate sorprender por lo bueno de cada día, déjate agraciar, bendecir y perdonar por Dios y por los hombres. Y terminemos con la mencionada sabiduría de la poesía purépecha: “El día que comprendí que lo único que voy a llevar es lo que vivo, empecé a vivir lo que me quiero llevar”.

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