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 Domingo XIII del Tiempo Ordinario

 Sebastián Korczak

 “Dos vidas, dos milagros”

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (5,21-43):

 

En aquel tiempo Jesús atra­vesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alre­dedor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: “Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos so­bre ella, para que se cure y viva”. Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretuja­ba.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de trata­mientos y se había gastado en eso toda, su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercán­dose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuen­te de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que, había salido fuer­za de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: “¿Quién me ha tocado el man­to?” Los discípulos le contesta­ron: “Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: ¿quién me ha tocado?”

Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y tem­blorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”. Todavía estaba ha­blando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decir­le: “Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?”

Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas; basta que tengas fe” No permitió que lo acompañara nadie, más que Pe­dro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: “¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muer­ta, está dormida”.

Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acom­pañantes entró donde estaba la niña, la tomó de la mano y le dijo: “Talitha qumi (contigo ha­blo, niña, levántate)”. La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar —tenía doce años—. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se en­terase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Dos vidas diferentes. Pareciera que no tienen nada que ver una con la otra, sin embargo las dos tienen a Jesús. Él quiere hacer lo posible para devolverles su dignidad y sanarlas íntegramente. Dos mujeres, dos mi­lagros. El primero, a una considerada impura a causa de una hemorragia que padecía desde hacía doce años; otro, a una niña de 12 años (recién muerta). Según la mentalidad de la época, cualquier persona que tocase la sangre o un cadáver era conside­rada impura. ¡Sangre y muerte eran factores de exclusión! Por eso, ambas eran marginadas, excluidas de la par­ticipación de la comunidad, excomul­gadas y enemigas de la religión.

Son dos formas diferentes de acer­carnos a Jesús para pedirle un favor. En el primer caso encontramos a Jai­ro, uno de los jefes de la sinagoga co­nocido y respetado por todos, que se acerca a Jesús para pedir por su hija de doce años que estaba muriendo. En el segundo, una desconocida. El evangelista ni siquiera dice el nom­bre de esta mujer que ha gastado todo su dinero tratando de curarse y que sigue peor, por lo tanto considerada impura.

La mujer se acerca a Jesús en medio de la multitud y le “roba” un milagro, porque quiere pasar desapercibida. Vemos que, en el primer caso, un re­ligioso intercede por su hija; en el se­gundo, una desconocida busca reme­dio para sí misma. Marcos describe los dos milagros con imágenes muy vivas y expresivas. El texto es largo, y pare­ce que estamos en medio de la escena acompañando a Jesús hacia la casa de Jairo. Todo parece muy real y fácil de imaginarlo, porque somos parte de esta historia de experiencia de dolor.

No olvidemos que las enfermeda­des nos ubican en un lugar de fragili­dad, de total dependencia emocional y física de otras personas. El capítulo 5 del libro de Marcos es como la sala de un hospital, llena de “pacientes terminales”. Uno de esos lugares a los que evitaríamos entrar, a menos que sea por accidente o porque somos los pacientes. Todos los enfermos de este capítulo han sido “diagnosticados” como enfermos terminales.

Cada personaje sufre una condi­ción letal: un endemoniado, una hija agonizante y una mujer con hemo­rragia continua. Todos proceden de trasfondos distintos. El endemoniado, de una tierra pagana; la hija de Jairo, de un hogar lleno de privilegios; y la mujer del flujo, se había empobrecido dando todo en tratamientos médicos infructuosos. Y todos tienen en co­mún dos cosas: la pérdida de la salud física y la seguridad personal, y que la fe en Jesucristo será su única y eficaz puerta de salvación y de salud.

Tener fe en Jesús rompe las barre­ras. Vivir en la esperanza cobra un nuevo sentido cuando vemos a Cris­to caminando sobre el lago de la des­esperación, de la enfermedad, de la soledad y de la necesidad. Él cambia la experiencia del dolor; con Él todo puede ser distinto. Un minuto de fe puede más que mil horas de angus­tias; un solo minuto de fe pudo sanar a un endemoniado y a dos mujeres.

Los personajes tienen gran fe. De acuerdo al relato, los enfermos del alma y del cuerpo ni siquiera tuvie­ron que ir a buscar a Jesús. Él cruza el lago para detener la muerte con una sola palabra de su boca. Le da espe­cial atención a las necesidades del ser humano desde una óptica integral. Al sanar a la mujer anónima del flujo, Je­sús le responde: “Hija, tu fe te ha sal­vado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

La enferma de hemorragia se dio cuenta que ha sido descubierta. Sin embargo, para ella es un momento di­fícil y peligroso, pues según la creen­cia de la época, una persona impura contaminaba a todos al tocarlos. Por esto, el castigo era que podía ser apar­tada y apedreada. Pese a todo, la mu­jer tiene el valor de asumir lo que ha hecho. Llena de miedo y temblando, se le echa a los pies y confiesa la ver­dad. ¡Qué valentía!

Con la palabra “Hija”, Jesús acoge a la mujer en la nueva familia que se forma en torno a Él. Cuánto tenemos que aprender de ella. No sigamos haciendo las cosas por opinión, con miedo de ser criticados y llamados “impuros”. No vale la pena.

En la casa de Jairo, Jesús con mu­cha paz y seguridad dice: “La niña no está muerta, está dormida”. Los cria­dos se ríen de Él y de su “mal gusto”. Jesús toma la mano de la jovencita y le dice: “¡Talitha qumi!”, y ella se le­vanta. A pesar de una gran conmo­ción, Jesús conserva la calma y pide que le den de comer a la niña.

Él se preocupa por todo, porque le importa la persona y no las aparien­cias. Ojalá lo entendamos en nuestras comunidades. ¡Es llamativo que Cris­to curó a estas dos enfermas, y sólo necesitó de su arrepentimiento since­ro y de su sencillez de corazón! ¿Nos estará pidiendo lo mismo?

Hoy también pronuncia estas pala­bras sobre ti: ¡Talitha qumi! Levánta­te de tu enfermedad, miedo, sea cual sea, que no sólo mata tu cuerpo sino el alma. Confía en Dios, ya que aun estando enfermo puedes serle útil a los demás. Levántate de tu vicio que te está llevando a la muerte y a la de tu familia. Levántate de tu apatía re­ligiosa, que no te permite dar más de lo que Cristo espera. No duermas, le­vántate.

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