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Domingo XVII del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“¿Es poco lo que tenemos?”

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6,1-15):

 

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos.

Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: “¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?” Lo decía para tentarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe contestó: “Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo”.

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?”

Jesús dijo: “Decid a la gente que se siente en el suelo”. Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.

Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: “Recojan los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie”. Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: “Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo”. Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

 

Desde las primeras comunidades cristianas, la “comida multitudinaria” organizada por Jesús, en medio del campo y cerca del lago de Galilea, es el único episodio recogido en todos los evangelios. Sin duda Jesús ocupa el lugar central. Nadie le pide que intervenga ni sea protagonista. Él intuye el hambre de la gente y plantea alimentarla. No es un líder concentrado en sus ideales, sino un Maestro humano y preocupado por sus seguidores.

Es conmovedor saber que Jesús no sólo alimentaba a la gente con la Buena Noticia de Dios, sino que le preocupaba también el hambre de sus hijos. Le interesa la humanidad en su totalidad, con su alma y necesidades espirituales, pero también con su cuerpo y necesidades fundamentales.

La pregunta que hace Jesús a sus Apóstoles les compromete y provoca, porque no encuentran solución. Felipe dice que no se puede comprar pan sin dinero; Andrés que se podría compartir lo que hay, pero apenas un muchacho tiene cinco panes y un par de peces. ¿Qué es eso para tantos? Exacto. Así pensamos, y parece que todos los factores determinan un obstáculo para el cumplimiento del deseo de Jesús.

Nos parece poco lo que tenemos: nuestros logros, ideales, vivencias, lo que ofrecemos o encontramos en la vida. Sin embargo, para Jesús es suficiente. Ese joven, sin nombre ni rostro, hará posible lo que parece imposible. Pero no a través de magia, sino por su disponibilidad para compartir lo que tiene, que es el camino para alimentar a esa gente. Jesús hará lo demás; toma en sus manos los panes del joven, da gracias a Dios y comienza a repartirlos entre todos.

No es un banquete de ricos, no hay vino ni carne, ni manjares exquisitos; es la comida sencilla de la gente que vive junto al lago: pan de cebada y pescado en salazón. Una comida fraterna, servida por Jesús a todos, gracias al gesto generoso de un joven.

Imaginemos la escena. La muchedumbre sentada sobre la hierba verde del campo, compartiendo la comida un día de primavera. Esta comida era —para los primeros cristianos— un símbolo atractivo de la comunidad nacida de Jesús para construir una humanidad nueva, fraterna, basada en los lazos de solidaridad y compasión por los más necesitados. Sin duda les evocaba la eucaristía que celebraban el día del Señor, para alimentarse del espíritu y la fuerza de Jesús, el Pan vivo venido de Dios. Pero nunca olvidaron el gesto del joven.

Después de esta lección, me queda claro que el hambre en el mundo no es por escasez de alimentos, sino por falta de solidaridad. Hay pan para todos, pero falta generosidad para compartirlo. Hemos dejado al mundo en manos del poder económico, quizá inhumano. Nos da miedo compartir lo que tenemos, y la gente muere de hambre por nuestro egoísmo irracional. La pandemia nos recordó la sencilla necesidad de compartir y ser solidario, como la actitud del joven. No es cuestión de tener medios, ni dinero, sino actitud generosa.

Jesús piensa en Dios. No es posible creer en él como Padre de todos, y a la vez vivir dejando que sus hijos e hijas mueran de hambre. Todas estas familias marginadas apenas pueden comer una vez, y nosotros seguimos quejándonos porque no hay dinero. Este joven moriría de vergüenza viendo a quienes se hacen ricos, pero son incapaces de compartir como lo hizo Dios.

Por eso, Jesús toma los alimentos que han recogido en el grupo, “levanta los ojos al cielo y dice la acción de gracias”. La tierra y todo lo que nos alimenta lo hemos recibido de Dios, es regalo del Padre para todos sus hijos. Si vivimos privando a otros de lo que necesitan para vivir, es porque lo hemos olvidado. Es nuestro gran pecado, aunque casi nunca lo reconocemos.

Al compartir el pan de la Eucaristía, los primeros cristianos se sentían alimentados por Cristo resucitado, pero al mismo tiempo recordaban el gesto de Jesús y compartían sus bienes con los más necesitados. Se sentían hermanos. No habían olvidado todavía el Espíritu de Jesús.

Hoy hemos olvidado ese Espíritu de Jesús que demostró el joven. Según el evangelista, los discípulos se desentienden de aquella gente necesitada y le dicen a Jesús dos palabras que muestran su falta de solidaridad y su individualismo: “Despídelos”, que se vayan a las aldeas y “que se compren algo de comer”.

El hambre no es problema suyo… que cada uno se procure su sustento. Qué triste que así pensaban los más cercanos y enviados por Jesús. Seguimos teniendo el mismo problema hoy, y da tristeza ver a quienes no se involucran en los problemas de los necesitados. Parecemos bien acomodados y conformistas pensando en mantener el “status quo” del pasado.

El relato culmina con un gesto que llama a la solidaridad responsable. Los discípulos, viendo el gesto del joven y la insistencia de Jesús, cambian de actitud y ponen a disposición todo lo que hay entre ellos. Jesús tiene paciencia, seguro que más que nosotros, y bendice y pone toda su fuerza al servicio de la muchedumbre hambrienta. Todos quedan saciados. El “milagro” es signo del mundo querido por Dios: uno fraterno y solidario, donde todos compartan dignamente la vida que reciben de Él.

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