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Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“La obra”

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6,24-35):

 

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo has venido acá?” Jesús les contestó: “Les aseguro, me buscan ustedes, no porque han visto signos, sino porque comieron pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios”.

Ellos le preguntaron: “Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?” Respondió Jesús: “La obra que Dios quiere es esta: que crean en el que él ha enviado”. Le replicaron: “¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: ‘Les dio a comer pan del cielo’”.

Jesús les replicó: “Les aseguro que no fue Moisés quien les dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”. Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de este pan”. Jesús les contestó: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”.

 

San Agustín escribió que “nuestros caminos de la verdadera felicidad tienen un nombre, se llama Jesús”. Con los años, cada vez más me doy cuenta que la fe en Jesús me abre a la felicidad. Y estoy seguro que es lo único que quiere Él, vernos felices. A veces nos alejamos de Él, nos equivocamos, no le hacemos caso y vamos buscando distintos manjares, panes con diferentes sabores y hasta, podridos. Él lo sabe e intuye que por ello nos quedamos con hambre y nunca nos hartamos. Sin duda, Él es el único Pan verdadero que alimenta la felicidad, pese a nuestras negligencias y errores.

Me gustaría decir que los que tienen experiencia en Jesús no pisan dos veces la misma piedra, pero no es así. Si alguna vez nos equivocamos, no significa que tenemos la receta mágica para no volver a caer en lo mismo. Sin embargo, es cierto que Jesús quiere abrirnos los ojos; nos señala donde poner el pie y donde el corazón, pero la respuesta siempre está en nuestra actitud y nuestras decisiones. ¿Qué manjar, qué alimento buscas?

Este Evangelio el reencuentro de la gente con Jesús en Cafarnaúm. Le acompaña un escandaloso diálogo sobre el pan, que culmina con la reunión de la gente en torno de Jesús, y la proclamación epifánica de Jesús como “pan de vida”.

Aunque la gente aún no es discípula de Jesús —no se han embarcado con Él—, al parecer están dispuestas a recorrer el camino discipular. Según el evangelista, muchos lo hacen porque el día anterior les ha distribuido pan para saciar su hambre.

Hay cosas que conviene aclarar. El pan material es muy importante. Él mismo les ha enseñado a pedir a Dios “el pan de cada día” para todos. Pero el ser humano necesita algo más. Jesús quiere ofrecerles un alimento que pueda saciar para siempre su hambre de vida, dar el paso a la verdadera felicidad. La gente intuye que les está abriendo un horizonte nuevo, pero no saben qué hacer ni por dónde empezar.

Como buen rabino, suscita en la gente el deseo ansioso del pan perdurable que ofrece. Pero para que el milagro del pan de la vida suceda, se tienen que hacer las obras de Dios. Poner en práctica sus obras consiste en adherirse solidariamente a su acción liberadora, reconociéndolas y saliendo, como en el Éxodo, de situaciones deshumanizantes y esclavizantes.

Por lo tanto, el pan de vida que ofrece Jesús no sucede por arte de magia ni por caprichos humanos; requiere de fe y adhesión total a la propuesta de Jesús. Lamentablemente, la gente, al parecer, no está dispuesta ni preparada para recibir y creer en Jesús. Se coloca en la postura de aquella comunidad del desierto, en la que “Dios mismo les dio de comer” (Ex 16:4, 15, 35 y Sal 78:24). Para Jesús, comer ese tipo de maná/pan en el desierto no es garantía de discipulado. Es necesario ir a Él y creer en él como auténtico pan de vida.

El evangelista resume sus interrogantes con estas palabras: “y ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?”. Hay en ellos un deseo sincero de acertar. Quieren trabajar en lo que Dios quiere, pero, acostumbrados a pensarlo todo desde la Ley, preguntan a Jesús qué obras, prácticas y observancias nuevas tienen que tener en cuenta.

La respuesta de Jesús toca el corazón del cristianismo: “la obra (¡en singular!) que Dios quiere es esta: que creas en el que él ha enviado. Dios sólo quiere que crean en Jesucristo, pues es el gran regalo que ha enviado al mundo. Esta es la nueva exigencia. En esto han de trabajar. Esto lleva a la felicidad. Lo demás es secundario.

Después de veinte siglos de cristianismo, ¿necesitamos descubrir de nuevo que toda la fuerza y la originalidad de la Iglesia, está en creer en Jesucristo y seguirlo? ¿No necesitamos pasar de la actitud de adeptos de una religión de creencias y de prácticas, a vivir como discípulos de Jesús?

La fe católica no consiste primordialmente en cumplir correctamente un código de prácticas y observancias nuevas superiores a las del antiguo testamento. No. La identidad cristiana está en aprender a vivir un estilo de vida que nace de la relación viva y confiada en Jesús Salvador. Nos vamos haciendo sus discípulos en la medida en que aprendemos a pensar, sentir, amar, trabajar, sufrir y vivir como Jesús.

Ser católico exige una experiencia de Jesús y una identificación con su proyecto, que no se requería hace unos años para ser buen practicante. Para subsistir en medio de la sociedad laica, las comunidades cristianas necesitan cuidar más que  nunca la adhesión y el contacto vital con Jesús el Cristo.

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