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Domingo XXII del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“La comedia se puede convertir en tragedia”

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (7,1-8.14-15.21-23):

 

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas).

Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: “¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?” Él les contestó: “Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”.

Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: “Escuchen y entiendan todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.

Vivimos innumerables incoherencias entre la práctica de la ley y su contenido, entre la teoría y la práctica, entre Dios y nuestras “tradiciones”. Hoy la Palabra de Dios nos invita a profundizar y reflexionar sobre esta disonancia e incongruencia en nuestras vidas.

Los fariseos observan, indignados, que los discípulos de Jesús comen con manos impuras. No lo toleran. “¿Por qué tus discípulos no siguen las tradiciones?” Aunque hablan de los discípulos, el ataque es contra Jesús. Tienen razón. Él rompe la obediencia a las tradiciones, al crear en torno suyo un espacio de libertad donde lo decisivo es el amor.

En la tradición del Antiguo Testamento, se atribuía gran importancia a los rituales. Numerosas y detalladas prescripciones eran impuestas en nombre de Dios, y la observancia de ellas adquiría, indirectamente, significado religioso. Es por eso que los judíos se le acercan a Jesús y le “reclaman” el obrar de sus discípulos, exponiéndolos como agresores de la tradición. Es decir a la religión.

El error de los expertos de la ley es muy grave y con consecuencias devastadoras. Aquel grupo de maestros religiosos, líderes espirituales de la época, no entiende nada del reino de Dios que Jesús les anuncia. En su corazón no reina Dios, sino la ley, las normas, los usos y costumbres marcadas por las tradiciones, y a veces la simple comodidad del uso de la Palabra de Dios.

Para ellos lo importante es observar lo establecido por “los mayores”. No piensan en el bien de las personas, sino declaran la guerra a cualquier individuo que amenaza sus reglas. No les preocupa el desarrollo personal ni comunitario de los fieles, sino su comodidad basada en el miedo al castigo. ¿Qué tal nosotros hoy en día? ¿Prevalece el rechazo y el miedo a “los jefes” y a “los sabios de la ley”?

Jesús escucha a sus acusadores y como siempre, muy apropiado, les responde citando la misma Palabra de Dios: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Is. 29. 13). Jesús los tilda de hipócritas con dureza, no quiere dejar duda de donde está el error: es la hipocresía. No hay integridad. ¿Dónde está el mandamiento “nuevo”: amar al prójimo y ser misericordioso como el Padre celestial?

El gran regalo de Dios Veterotestamentario se convirtió en amenaza para los fieles. El pueblo se sentía más pecador y obsesionado por cumplir. Y lo peor de todo, era que el amado Hijo del Padre no se hallaba en ese círculo. ¡Y todo en el nombre de Dios!

No se puede proclamar con los labios ni con gestos aquello que no se siente en el corazón. Jesús les explica la verdadera intención de la ley, ya que los fariseos y letrados habían recibido un sentido material a las palabras espirituales de los Profetas, que se referían a la corrección del espíritu y del cuerpo. Con estas prácticas los judíos se lavaban más para purificarse exteriormente, descuidando las manchas en sus corazones.

Lo que critica Jesús no es la ley como tal, sino el uso que los jefes religiosos hacían de ella. En nombre de esa ley oprimían a la gente y le imprimían torturas, con la promesa o amenaza de que sólo así Dios estaría de su parte.

Los fariseos veían pecado en todo y amenazaban con el castigo del infierno. No hagamos lo mismo viendo nuestra religión como consecuencia del miedo o posible castigo. Sería un grave error que la Iglesia quedara prisionera de tradiciones humanas de nuestros antepasados. Lo que nos ha de preocupar no es conservar intacto el pasado, sino hacer posible el nacimiento de una Iglesia y comunidades católicas capaces de reproducir con fidelidad el Evangelio, y de actualizar el proyecto del Reino de Dios en la sociedad contemporánea. Se pueden crear nuevas tradiciones vinculadas al proyecto de Dios.

Los fariseos eran judíos practicantes; gente consciente y con conocimiento de la ley, como muchos de nosotros que participamos en celebraciones y sacramentos. ¿Cuál fue su error? Su fe, su corazón y su mente estaban separados de la vida. Por eso Jesús les recordará el mandamiento del amor, que consiste en amar al ser humano antes de observar o entender las leyes. No caigamos en el culto vacío, porque por fuera puede ser muy bello pero sin corazón, y el Espíritu que revitaliza la Iglesia “no tiene cerebro” y se puede convertir en una mascarada donde “se obedece por miedo”.

¿Qué crees que te diría el Señor que conoce tu interior? ¿Externas lo que vives con el corazón? Si no es así, “una piedad sin caridad es una farsa, un legalismo sin corazón es fanatismo mortal”. Ojalá no caigamos en este vicio tan repugnante, porque las máscaras no son más que eso, y la comedia se puede convertir en tragedia.

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