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Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“Te necesita”

 

VANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (7,31-37)

 

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: “Effetá” (ábrete). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

 

Encontramos a Jesús mientras hace salir a un hombre de su discapacidad. Es decir, algo que está en contra de nuestra naturaleza humana y en todos sus aspectos está orientado a comunicarse en distintos niveles.

El gran Padre de la Iglesia, san Ambrosio, llama a este episodio y su repetición en el rito bautismal: el misterio de la apertura. Contemplamos a Jesús entrar al mundo interior del sordomudo por medio del tacto, de la saliva, de su mirada hacia el cielo y de su palabra con autoridad, que reconstruye, regenera la vida del enfermo.

Lo mismo quiere hacer con cada uno de nosotros para que recobremos la vista y todos los sentidos, y vivir nuestra vida más auténtica y feliz. Es decir, seguir perfeccionando nuestra naturaleza humana. Nunca deberíamos quedarnos mudos, incomunicados interior y exteriormente en nuestras vidas. Ser indiferente es una muerte súbita para la personalidad.

La escena parece idónea para que todos entiendan la gran pedagogía del Maestro. Le presentan un sordo, medio mudo, y le piden que le imponga las manos. Jesús deja a los demás y se preocupa por el sordomudo, dándole cariño y atención. Quizá nadie antes lo había tratado así. Jesús retira al enfermo de la gente, lo toma consigo, se retira a un lado y se concentra en él. Y realiza la curación valiéndose de las prácticas terapéuticas corrientes en su época: “metió los dedos en los oídos de él, y con la saliva tocó la lengua”.

En la antigüedad a la saliva se le atribuían propiedades curativas. El significado de la saliva es muy hondo. ¿De qué otra manera se podría describir la intensa identificación entre Jesús y el sordomudo? La increíble manera que Jesús tiene para entrar en la vida de una persona encerrada en su propio mundo, en su inercia para sacarla de allí, no superficialmente sino para que se exprese de manera clara, sencilla y bien entendida. La saliva es un modo de adentrarse desde fuera con el mundo autista del enfermo.

Después de eso, Jesús actúa de forma original, saliéndose de los moldes culturales de entonces. Primero, lo que hizo Jesús fue levantar los ojos al cielo, que demuestra su dependencia del Padre. Después “gimió, y su suspiro demuestra simpatía y compasión por el sordomudo y le dijo con fuerza: “Effetá” (ábrete).

Aunque puso sus dedos en las orejas del hombre y le tocó la lengua al estilo de la época, el verdadero sanar ocurrió a través de la palabra autoritaria: ¡Ábrete! Tenía que impresionarle muchísimo a san Marcos el obrar y autoridad de Jesús, porque aunque escribió su Evangelio en griego, se acuerda perfectamente bien de la palabra aramea “Effetá”.

Los profetas de Israel usaban con frecuencia la sordera como metáfora, que representaba la cerrazón y resistencia del pueblo a su Dios: “Tiene oídos pero no oye”. Las curaciones de sordos —narradas por los evangelistas— las podemos interpretar como relatos de conversión, que nos invitan a dejarnos curar por Jesús de sorderas y resistencias que nos impiden escuchar su llamada al seguimiento.

Jesús, en la persona del sordomudo, abre los oídos de sus discípulos y de todos nosotros para que escuchemos y entendamos. También desata nuestra lengua para que le hablemos y anunciemos lo que hemos visto y oído. De esta forma, la curación del sordo, medio mudo, se convierte en símbolo del milagro de la fe. Además, Jesús se encuentra en territorio pagano, que simboliza que su misión se dirige a todos los pueblos, no solamente a los hijos de Israel. Su mensaje es universal, aunque su método parezca poco ortodoxo.

No realiza de manera inmediata el milagro, quiere hacerle entender al hombre que lo quiere mucho, que su caso le interesa, que puede y quiere ocuparse de él para restablecerle su condición para vivir. Se aleja y comunica a solas con el enfermo, y lo lleva del bullicio al silencio absurdo al que ha sido sometido por su enfermedad. Jesús lo lleva a un nuevo silencio que brota de la comunión íntima entre los dos. Además, lo separa de una multitud que busca a Jesús con expectativas “folcloristas”.

Hay otro elemento importante. El evangelista precisa los detalles sobre el sufrimiento del sordomudo. Recibimos dos afirmaciones concretas sobre la situación del sordomudo: primero, lo describe como un sordo que además hablaba con dificultad. Se trata de una persona que no oye y que se expresa con sonidos confusos, de los que no se consigue captar sentido.

En segundo lugar, san Marcos especifica que le ruegan a Jesús que imponga la mano sobre él. Un signo de dependencia y bendición de Dios. El enfermo tiene que dejarse llevar por la autonomía y soberanía de Jesús. Notemos también el orden de los gestos de Jesús: comienza con la sanación de la escucha, y como consecuencia la sanación de la lengua. Primero saber oír para después poder hablar. Y a estos dos gestos agrega un tercero: “un gemido”, que indica su sufrimiento y su participación en una situación tan dolorosa como la de este hombre.

Dios quiere sanar el oído, después enseñará a hablar, y lo hará con una enorme empatía y comprensión que siente por el necesitado. Jesús trabaja intensamente los oídos y la lengua del enfermo, pero no basta. Es necesario que el sordo colabore. Por eso Jesús, después de levantar los ojos al cielo buscando que el Padre se asocie a su trabajo curador, le grita al enfermo la primera palabra que ha de escuchar quien vive sordo a Jesús y a su Evangelio: “Ábrete”.

Jesús no quiere hacer este milagro solo, necesita ayuda del enfermo… te necesita para hacer milagros.

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