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Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“Dios los entiende”

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (10,2-16):

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?” Él les replicó: “¿Qué les ha mandado Moisés?” Contestaron: “Moisés Permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio”. Jesús les dijo: “Por su terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios ‘los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne’. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.

En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: “Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”. Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí: no se lo impidan; de los que son como ellos es el reino de Dios. Les aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.

No es primera vez que los fariseos plantean a Jesús una pregunta para ponerlo a prueba. No es algo sin importancia y para dejarlo mal ante sus seguidores, sino un hecho que hace sufrir mucho a las mujeres de Galilea y es motivo de discusiones entre los seguidores de diversas escuelas rabínicas.

No se trata del divorcio que conocemos, sino de la situación en que vivía la mujer judía dentro del matrimonio, controlado por el varón. Según la ley de Moisés, el marido podía romper el contrato matrimonial y expulsar de casa a su esposa. La mujer, por el contrario, sometida en todo al varón, no podía hacer lo mismo. La mujer completamente dependía del varón y sus caprichos, sospechas o amenazas.

La respuesta de Jesús sorprende. No entra en discusiones. Invita a descubrir el proyecto original de Dios que está por encima de leyes y normas. Esta ley “machista” se ha impuesto en el pueblo judío por la dureza de los varones, que controlan a las mujeres y las someten a su voluntad. Jesús ahonda en el misterio original del ser humano. Dios los ha creado varón y mujer en igualdad. No ha creado al varón con poder sobre la mujer, ni sometida al varón. Entre varones y mujeres no habrá dominación.

Desde esta estructura original del ser humano, Jesús ofrece una visión del matrimonio que va más allá de lo establecido por la dureza de corazón de los varones y de las leyes de Moisés. Mujeres y varones se unirán para “ser una sola carne” e iniciar una vida compartida en la mutua entrega, sin imposición ni sumisión. Este proyecto matrimonial es para Jesús la suprema expresión del amor humano, basado en la libertad y servicio mutuo.

El varón no tiene derecho a controlar a la mujer como si fuera su dueño. La mujer no ha de aceptar vivir sometida. Es Dios quien los atrae a vivir unidos por un amor libre y gratuito. Jesús concluye de manera rotunda: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el varón”.

Con esta posición Jesús destruye el patriarcado bajo todas sus formas de control, sometimiento e imposición del varón sobre la mujer. No sólo en el matrimonio, sino en cualquier institución civil o religiosa. Hemos de escuchar el mensaje de Jesús. No es posible abrir caminos al reino de Dios y su justicia, sin luchar activamente contra el patriarcado. ¿Cuándo reaccionaremos en la Iglesia con energía evangélica contra tanto abuso, violencia y agresión? ¿Cuándo defenderemos a la mujer?

En nuestras parroquias hay personas que, una vez fracasado su primer matrimonio, se han vuelto a unir civilmente o han formado otra pareja. La realidad es compleja y delicada. Separación y divorcio son experiencias que generan casi siempre lucha interior y sufrimiento y, muchas veces, soledad e incomprensión. Muchos no se sienten queridos ni comprendidos por la comunidad e Iglesia. No es sólo la disciplina canónica de la Iglesia la que les hace sufrir, también la actitud que perciben en su entorno.

Debemos recordar que ser fieles a la enseñanza de Jesús sobre el amor conyugal único, fiel e indisoluble, no significa dejar de seguir su actitud de comprensión y misericordia hacia todos, y de manera particular hacia los que más sufren. La primera actitud del cristianismo ante estas parejas ha de ser de respeto, cercanía y amistad. No hay razón alguna, ni religiosa ni moral, para adoptar otra postura diferente contraria al amor.

No conocemos los motivos ni causas de esas separaciones y divorcios, y pueden ser muy complejas, dolorosas y justificadas. La comunidad cristiana no los debe marginar ni excluir de su seno. Al contrario, como dice Juan Pablo II, se les ha de ayudar a “que no se consideren separados de la Iglesia pues pueden y deben, en cuanto bautizados, participar en su vida” (Familiaris Consortio, n. 84).

No puede ser otra la postura de una Iglesia que pregona el perdón, la unidad y el amor. Debemos comprender el desgarro de quienes se sienten cristianos, atraídos por Jesús, y no pueden salir de la situación en que se encuentran. Les resulta difícil sintonizar con una Iglesia que no aprueba su unión actual. Necesitan percibir en nosotros actitudes y gestos que los hagan sentirse acogidos.

Es injusto que una comprensión estrecha de la disciplina de la Iglesia, y un rigorismo que tiene poco que ver con el espíritu de Jesús, nos lleven a marginar y abandonar incluso a personas que se esforzaron sinceramente por salvar su primer matrimonio, que no tienen fuerzas para enfrentarse solos a su futuro, que viven fielmente su matrimonio civil, que no pueden rehacer en manera alguna su matrimonio anterior o que tienen adquiridas nuevas obligaciones morales en su actual situación.

No olvidemos lo más importante: en esas parejas está Dios buscando su bien. No seamos sus verdugos para sentirnos mejores. Podemos encerrarnos en nuestros juicios y condenas, seguir sin comprender los errores y las culpas que los han conducido hasta el divorcio, pero Dios sigue escribiendo su propia historia de amor por caminos que se nos escapan. Dios es infinitamente más grande, más comprensivo y más amigo que todo lo que puedan ver en nosotros. Cuando nosotros no los entendemos, él lo hace.

 

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