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Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

Sebastián Korczak

“Pobre, pero endeudado sólo conmigo”

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,17-30):

 

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”.

Él replicó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”. A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!” Los discípulos se extrañaron de estas palabras.

Jesús añadió: “Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios”.

Ellos se espantaron y comentaban: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús se les quedó mirando y les dijo: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”. Pedro se puso a decirle: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Jesús dijo: “Les aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna”.

 

Jesús va hacia Jerusalén, pero antes de llegar lo retiene un desconocido. Necesita urgentemente a Jesús. Su acercamiento y deseo es aplaudible. No es un enfermo que pide curación, ni un leproso que implora compasión. Su petición es de otra índole. Lo que busca en aquel maestro “bueno” es luz para orientar su vida: “¿Qué haré para heredar la vida eterna?” No es cuestión teórica ni superficial, sino existencial. No habla en general, quiere saber qué ha de hacer, identificarse con el proyecto de Jesús y vivir la felicidad para siempre.

El Maestro le recuerda que “no hay nadie bueno más que Dios”. Es importante ese detalle, porque Jesús marca un paradigma claro: antes de plantearnos qué hay que hacer, hemos de saber que somos y vivimos ante un Dios Bueno.

Si sabemos que Dios es como nadie en su bondad insondable, nunca perderemos su presencia en nuestras vidas y marcará nuestro ser. Cuando aceptemos ese fundamento recordamos sus bondades. Por ello Jesús no cita los posteriores comentarios y mandamientos rabínicos, sino recuerda “los mandamientos” que tienen su origen en ese Dios Bueno.

La respuesta del hombre es correcta y admirable. Todo lo ha cumplido desde pequeño. Probablemente iba a las escuelas de los mejores rabinos y creció en un ambiente familiar ortodoxo, pero siente dentro de sí una aspiración y deseos más hondos. Busca algo que le asegure lo que más quiere un creyente: la vida con Dios, la vida eterna.

Miremos la respuesta del Señor: “Jesús se le queda mirando con cariño”. Su mirada expresa la relación personal e intensa que quiere establecer con él. Es admirable la vida de una persona que no ha hecho daño a nadie. Jesús lo atrae para que colabore con él en su proyecto de hacer un mundo más humano y solidario. Le mira con esperanza y comprensión.

Siguiendo esa lógica de “hacer” lo mandado para “poseer” la vida eterna, aunque viva de manera intachable, no quedará plenamente satisfecho. No olvidemos que el ser humano aspira, necesita y desea verdadera felicidad. Y no se puede llenar con cualquier cosa, tampoco por cualquier persona ni satisfacción. Dios, Absoluto, Adonaí, o como quieran llamarlo en diferentes culturas y religiones, dejó un hueco en el corazón del hombre, que hemos de llenar.

Jesús le invita a orientar su vida desde una lógica nueva, no vivir agarrado a sus posesiones, a ayudar a los pobres y a seguirle. A Jesús le parece posible que podrán recorrer juntos el camino hacia el reino de Dios, la vida eterna. Sin embargo, la respuesta y actitud del joven rompe la dinámica. El hombre se levanta y se aleja de Jesús pues no esperaba esa respuesta. Buscaba luz a su inquietud religiosa, y Jesús le habló de los pobres. Olvida su mirada cariñosa y se va triste. No basta el entusiasmo, buenas intenciones y deseos, si no los ponemos en práctica. Sabe que nunca podrá conocer la alegría y la libertad de quienes siguen a Jesús.

Marcos nos explica que “era muy rico”, bueno, pero apegado a su dinero. Jesús le pide que renuncie a su riqueza y la ponga al servicio de los pobres, pues sólo compartiendo lo suyo con los necesitados podrá colaborar con Jesús en su proyecto. Las riquezas le tienen atadas y toda su forma de entender a Dios es según los bienes materiales, su comodidad. No está preparado para los sacrificios y exigencias. Necesita bienestar y comodidad, pero no tiene fuerzas para vivir sin su riqueza. Su dinero está por encima de todo.

Renuncia a seguir a Jesús. Llegó entusiasmado hacia él, pero se aleja triste. No conocerá la alegría de colaborar con Jesús. Me pregunto: ¿Vivimos atrapados por el bienestar material? ¿Le falta a nuestra sociedad la convicción del posible cambio? ¿Por qué siguen siendo las mismas personas, familias, “pequeñas tradiciones y costumbres” las que no dejan lugar a un auténtico avance del pueblo? ¿No nos falta la alegría y libertad de los seguidores de Jesús para ser los promotores del cambio?

El mensaje de Jesús es claro. No lo intentemos disfrazar. No basta pensar en la propia salvación, hay que pensar en las necesidades de los pobres. No basta preocuparse de la vida futura, hay que preocuparse de los que sufren en la vida actual. No basta con no hacer daño a otros, hay que colaborar en el proyecto de un mundo más solidario, tal como lo quiere Dios Bueno.

Esa es, precisamente, la cara de un Dios Bueno. Quiere felicidad y bienestar de todos sus hijos, y no sólo de los que invocan su nombre o le pagan limosnas y cumplen mandamientos. Todos somos sus hijos predilectos sin importar la situación económica, ni apellido. Parece obvio, pero seguimos con esa mentalidad judía, pensando que si logramos bienestar y cosas en esta vida, es porque somos más que otros o bendecidos por Dios.

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