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Saboreando la vida

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Sebastián Korczak

De ventana y cristales rotos

 

Hay una herramienta en psicología cognitiva que se llama “La ventana de Johari”. La teoría trata de ilustrar el proceso de comunicación y las relaciones personales. Considera el espacio interpersonal dividido en cuatro áreas o cristales de una ventana, definidas por la información que se transmite. El primer cristal (área pública) es la parte de nosotros que los demás ven. El segundo (área ciega) es lo que los otros perciben, pero nosotros no. El tercero (área oculta) es el espacio personal privado. El cuarto y último (área desconocida) es la parte más misteriosa del inconsciente, que ni el sujeto ni su entorno perciben.

Estos cristales están continuamente interactuando entre sí, de tal forma que, si se produce un cambio en alguno de ellos, afectará a los demás. Según la teoría, la persona en la que predomina el cuadrante público funciona de manera más harmónica y sana, pues se muestra tal cual es, se conoce a sí misma y no vive con miedo a que los demás la conozcan. Hay en ella un fluir de energía transparente y armónica.

Philip George Zimbardo, psicólogo social e investigador del comportamiento de la Universidad de Stanford, llevó a cabo en el año 1969 un interesante experimento. Abandonó un coche en el Bronx de Nueva York con señales de deterioro y abandono: placas de matrícula arrancadas, puertas abiertas, etc. Observó que sucedía. Al cabo de tan solo diez minutos, el coche quedó desvalijado y, pasado tres días, no quedaba nada de valor y el destrozo era evidente.

La segunda parte del experimento consistía en abandonar un vehículo idéntico y en las mismas condiciones, pero ahora en un barrio rico en Palo Alto, en el Estado de California. Durante una semana, permaneció intacto. Entonces, los investigadores golpearon algunas partes del vehículo y, con un martillo, rompieron una de sus ventanas. Ahora mostraba claros signos de abandono. A partir de ese momento, el vehículo quedó completamente destrozado a la misma velocidad que había sucedido en el Bronx de Nueva York.

 

EL CUIDADO DEL SER

Apliquémosle estos dos preámbulos al cuidado del ser. La relación con los demás, la relación social, es una de las dimensiones esenciales del ser humano. “El ser humano es un ser social por naturaleza”, defendía Aristóteles. Nacemos con esa capacidad relacional y la vamos desarrollando a lo largo de nuestra vida. Además la necesitamos para vivir satisfactoriamente.

En las relaciones nos jugamos todo, hasta nuestra felicidad. La psicología positiva afirma que unas buenas relaciones sociales son necesarias para tener unos elevados niveles de felicidad. Así lo atestiguan múltiples investigaciones avaladas por, entre otros, Martin Seligman, fundador de la psicología positiva.

El cuidado esmerado de cada una de las “ventanas” se nos presenta como un reto y una necesidad. Cuando aparecen fracturas en cualquiera de ellas, si no procedemos con cautela, puede ser una invitación a continuar con el desastre, como ocurría con los coches abandonados en las investigaciones de Zimbardo.

Un área descuidada que da muestras de abandono, afecta negativamente al resto de áreas colindantes y corre el riesgo de acabar destrozada. La autoobservación frecuente nos aporta datos sobre nuestro estado de “salud”. En la teología espiritual y en la forma tradicional en la Iglesia católica, inmediatamente podríamos referirnos al término del “examen de consciencia”, tan útil en la autoobservación y relación con el Ser Supremo.

Estas revisiones deberían ser “serológicas” (revisiones del “ser” de forma lógica) y continuadas. Así podemos ir tomando la tensión ofreciéndonos datos sobre nuestra evolución y poder hacer análisis de conciencia. Una actitud compasiva y de cuidado con nosotros mismos será el clima adecuado para una buena construcción de la personalidad.

Somos seres humanos y, por tanto, poseedores de fortalezas y debilidades. Todos tenemos nuestras virtudes y nuestras áreas de mejora. Aceptarnos tal como somos es el primer paso, el paso esencial. En las relaciones que desarrollamos vamos creciendo, nos vamos haciendo, vamos “siendo”. Los encuentros con otras personas crean y/o fortalecen vínculos que, en muchos casos, son nuestra tabla de salvación. Unas ricas relaciones sociales nos hacen personas afortunadas. Los dos preámbulos descritos al principio nos van a ayudar a enfocar nuestra reflexión sobre el autocuidado y el cuidado de los demás.

 

EL AUTOCUIDADO

Respecto a la “ventana” pública, esa que es visible tanto para los demás como para mí mismo, ¿la cuido? ¿Trato de ser amable y honesto conmigo mismo y con los demás? No es otra cosa que tomar en serio el mandamiento de “amar al prójimo como a mí mismo” ¿Por dónde suelo romperme y romper este mandamiento de amor que nos dejó Jesús? ¿Cuál es mi eslabón más débil?

Respecto a la ventana ciega, esa que los otros ven y yo no, ¿escucho con apertura y amabilidad lo que dicen de mí? ¿Suelo estar inmediatamente a la defensiva? Los encuentros con los otros me enriquecen: ¿soy una persona afortunada? ¿Selecciono bien mis amistades?

La tercer ventana es el área oculta, ese espacio personal y privadísmo: ¿cuido con delicadeza mi mundo interior? ¿Cultivo mi relación con Dios que sondea como nadie mis entrañas, mi corazón y está presente en lo más íntimo de mi ser? ¿Qué tal me llevo conmigo mismo en silencio y soledad?

La victoria pública siempre está precedida de la victoria privada: ¿me venzo a mí mismo? ¿Me supero? ¿Soy consciente de que el éxito no está en ser mejor que otra persona, sino en ser mejor que mi yo anterior? Mi vida ha de ser un proceso y no un simple suceso de los acontecimientos. Todo tiene su finalidad y está en el plan escrito en nuestras vidas.

El área desconocida es, sin duda, la más especial. Nos pasa desapercibida. ¿Hago prácticas de introspección (examen de consciencia) para conocerme más y mejor? ¿Me da miedo remover sentimientos íntimos porque temo no saber gestionarlos? Recuerda que todas estas ventanas interactúan y son interdependientes. Un cambio en una afectará al resto.

 

EL CUIDADO DE LOS DEMÁS

Respecto al cuidado de los demás, unas preguntas sinceras: ¿cómo actúo cuando veo a una persona que lo está pasando mal, viviendo una situación vulnerable? Si soy consciente de que alguien tiene, metafóricamente, algún “cristal roto”, ¿incremento el estado de desastre o cultivo la compasión?

Recuerda los experimentos de Philip George Zimbardo: ¿estoy convencido de que los otros son otro yo? ¿Me supone internamente algún tipo de tensión o enfrentamiento la confluencia entre el bien privado y el bien común? ¿Soy consciente de la interdependencia con los demás? Un autocuidado sistemático, sistémico y consciente genera estrechos vínculos con los demás y hace de los encuentros momentos sanadores cargados de felicidad.

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