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Saboreando la vida

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Adviento: educar el ser

Sebastián Korczak

 

En el “ser” nos jugamos todo. El hacer y el tener deben estar al servicio del ser. Podemos llenar nuestro tiempo y nuestra vida haciendo y teniendo mucho, y aún así sentirnos vacíos. La última semana de Adviento, es un excelente tiempo para hacernos la pregunta fundamental del ser humano: ¿quién soy?

Recordemos que esa misma pregunta le hizo Jesús a sus Apóstoles. “Quién soy”, nos ayuda a entender a quién estamos preparando para la venida del Hijo de Dios. Le respuesta es como el ancla que nos mantiene a flote, cuando “hacer” y “tener” agitan el mar de nuestra existencia. No permitamos que en esos últimos días de la preparación para la Navidad, queramos hacer y tener más de lo necesario.

Aunque todos somos seres humanos, somos peculiares, iguales y distintos. Venimos con un kit básico que cada uno irá trabajando para ser lo que podemos llegar a ser. En esto tiene mucho que aportar la educación, pues uno de sus objetivos no es llenar la mente de contenido, sino dotar de estrategias y recursos para que la persona crezca en toda su integridad, cultivando todas sus dimensiones, y que sea todo lo que pueda llegar a ser.

Sin duda que esta es una labor sinfónica: individual, familiar, educativa, social, humanitaria y espiritual. No “soy”, a secas, soy con otros en un marco de referencia cósmico-universal. Es decir, cuando afirmo mi identidad a nivel ontológico, siempre tendré que hablar en plural: no “soy”, sino “somos”.

En el trabajo del ser siempre aparece el “ego”, que es muy revoltoso. A menudo andamos de vueltas con él. Nuestro trabajo interior tiene este interlocutor que somos nosotros mismos, y nuestra felicidad depende, en gran medida, de nuestra pacífica convivencia. Para orientar mejor nuestra reflexión, vamos a partir de un continuo de tres términos: a un lado, el ego concentrado; en la posición central, el centrado; y en el otro extremo, el descentrado.

En uno de los extremos se sitúa el ego concentrado, que está centrado en sí mismo. El mundo, los proyectos, personas giran en torno a él. Es el centro de “todo”. Infantil a nivel evolutivo, pero que, alimentado, sigue presente en la madurez. Esta fijación o asentamiento puede considerarse peligroso, ya que es excluyente del resto de personas.

Empobrecido personalmente y empobrecedor de las relaciones, no crece, se estanca. Lo estancado frena el movimiento y la evolución. En el ambiente religioso, puede tender hacia el individualismo extremo y continuas competencias entre los participantes y líderes de los grupos. Todos nos podemos sorprender en alguna de nuestras acciones, dando protagonismo a este ego. Hemos de mantener una raya para prevenir desastres mayores de este ego.

Tal vez una mirada humilde al niño indefenso, al sencillo pesebre, te puede ayudar. Su Padre, y él mismo en toda su vida, irán pensando en los demás para salvar y anunciar el Reino de Dios. En su amor no hay lugar para este tipo de ego. Una de las mejores fórmulas para controlar este ego insaciable es la salida hacia afuera, la mirada hacia otros, la empatía, la solidaridad, la entrega generosa. No esperes…

En el otro extremo nos podemos encontrar con el ego descentrado. No hay centro o lo tiene fuera de la posición debida. Un riesgo que se puede correr en este extremo, es que el ego no se tenga en cuenta a sí mismo y viva en el afuera, siempre vertido en el exterior. Internamente supone una descompensación agotadora.

Dice un refrán filosófico que: “nadie da de lo que no tiene”. Este desparrame tiene que verse compensado con energía interior, de lo contrario el desgaste y el vaciamiento llegan pronto. A esa posición de desequilibrio se puede llegar de múltiples formas, por eso debemos estar atentos. No vivir en apariencias y buscando la aprobación de la opinión pública. Tiende mucho hacia la “obediencia perfecta” en el ámbito religioso o laboral, pero sin ninguna profundización de los sucesos.

El camino para trabajar con este ego, que puede parecer entregado y generoso, pero que esconde mucha pobreza y vive de la imagen, sería la entrada hacia el interior. Tal vez nos ayudaría una mirada a la Virgen María, a su confianza y gran espíritu generoso, pero a la vez a la vida auténtica, verdadera y nada superficial. El Adviento es precisamente ese tiempo del encuentro con uno mismo, en soledad y silencio. ¡Necesitamos ese cultivo de interioridad!

En las ruedas de los coches, para que estén bien centradas y equilibradas, se fijan en los bordes de la llantas unos contrapesos que eliminan las vibraciones. El propósito es evitar su transmisión a la dirección y al volante. El objetivo es la seguridad, y previene el desgaste prematuro. Algunos impactos pueden desequilibrar y desplazar los contrapesos, lo que aumenta el peligro.

Los “impactos de la vida” pueden descentrarnos, haciendo que nuestro ego no esté en su sitio y se desequilibre. Son necesarias frecuentes revisiones de puesta a punto. El abandono produce deterioro. No abandonemos nuestro interior sólo por lo externo.

El Adviento significa volver a equilibrar nuestras actividades de hacer y de volver a tener recursos para los proyectos, cosas. Sin embargo el corazón, la intimidad, lo más profundo que se revela y comunica, ha de ser alimentado y centrado en su lugar. Hay un pensamiento que hace referencia a este yo desequilibrado, que produce desajustes: “la magnitud de tu drama es proporcional al tamaño de tu ego”. Es urgente buscar contrapesos que lo equilibren.

En el centro de ambos extremos se encuentra el ego centrado, ni encerrado y concentrado en sí mismo, ni desplegado sin control, descentrado y desajustado. Aristóteles identifica la virtud, con el hábito de actuar entre esos dos extremos (“en el término medio está la virtud”).

Situarse en este punto medio exige entrenamiento, un hábito. Adquiriendo ese hábito llegaremos a ser virtuosos. Este “centramiento” tiene que ver con un yo sereno y enfocado, siempre en la búsqueda del equilibrio de lo espiritual y exterior. No debemos permitir que en nuestro fluctuar hacia un lado u otro, dependiendo de situaciones personales y acontecimientos, algo nos “desestabilice”. Como seres humanos, estar de continuo en ese centro es difícil y complicado. ¡Hay tarea!

No olvidemos que una actitud que alimenta, desafortunadamente al ego, es  querer tener siempre la razón. El yo prudente, centrado, acepta amablemente el no tenerla. Esto oxigena y sana nuestras relaciones en la sociedad, Iglesia, familia. Ojalá lo entendieran algunos líderes políticos y eclesiásticos de estas bellas tierras.

Un pensamiento sabio expresa: “¿Qué prefieres: llevar siempre la razón o ser feliz?” En este aspecto, también podemos interpretar este pensamiento de Judy Brown: “Lo que hace que prenda el fuego es el espacio entre los troncos. Un espacio para respirar. Demasiado de algo bueno, demasiados troncos apiñados pueden sofocar las llamas, del mismo modo que lo haría el agua. Por tanto, para preparar el fuego, hemos de prestar tanta atención a los espacios de entre el medio como a la madera. Un fuego prende simplemente porque hay espacio para que la llama, que sabe cómo arder, encuentre su camino”.

El trabajo con el ego es continuo, de toda la vida, ya que es muy revoltoso, como decíamos al principio. Pero no olvidemos que es nuestro y debemos querernos y cuidarnos. Aprovechemos esos últimos días de Adviento para educar nuestro ser, y presentar la auténtica versión de nosotros ante un Dios que quiso ser como todos.

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