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Jorge Gustavo Sansores Jarero

Experimentos

En marzo del 2022 cumpliremos dos años de pandemia en México, que se traduce en menor crecimiento económico, atraso en el desarrollo del país, miles de muertes, y un futuro incierto para millones de mexicanos y avecindados en nuestro territorio. Las variantes del Covid-19 aún no terminan, y la que hoy nos azota, la Ómicron, es más contagiosa que ninguna de las anteriores. El panorama es desolador.

 

Esta cuarta ola, que las autoridades federales de Salud desestimaron y aseguraban que jamás llegaría, llegó, y vino muy fuerte. Tal vez, como imprimieron científicos de Israel, Ómicron sería la variante que diera paso a la desactivación del virus, pero para que eso suceda se necesitan dos cosas: vacunarse y seguir implementando las medidas recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Sin embargo, parece que el tema de la vacunación es y será demasiado abstruso. Por un lado hay gobiernos, como el nuestro, que inició lenta la inmunización, pues no definieron estrategias para la aplicación de las dosis antiCovid. Ahora que ya entramos a la tercera dosis de refuerzo, el problema radica en quienes han relajado las medidas. Cuando no es una es otra.

Pero lo peor, es que muchas personas aún creen que las vacunas no sirven. Persisten con el tema de que son “experimentales”, que nos usan como “conejillos de indias”, y que es mejor no vacunarse. A dos años de su inicio, insisten en que la pandemia es una conspiración de los gobiernos y de las farmacéuticas para mantenernos encerrados y vender vacunas.

Ahora resulta que vacunarlos trasgrede sus derechos, que es un acto de violación a su libertad. Primero exigían cura para el Covid, cuando menos vacunas o medicamentos, incluso consumían lo que algún vecino les recomendaba, o hasta preparaban recetas caseras para “sanar”, y ahora resulta que no se vacunan. “Es que son experimentales”, dicen… ¿y hacerle caso al vecino no lo es?

La realidad es que, tal y como he escrito con antelación, el tema de la pandemia debió ser tratado a la par con el de la ignorancia. A muchas personas, tristemente, les tuvo que contagiar la enfermedad y ser hospitalizada para creer en ella. Otros ni porque vieron —y aún ven— imágenes crudas de gente muriendo, entienden la magnitud del caos. Aunque sean sus familiares quienes mueran.

Quienes no acceden a vacunarse, porque aseguran que somos parte de un experimento mundial, son los mismos que consumen alimentos chatarra, que no conocen lo que contiene una gaseosa y la toman por litros, y consumen galletas empaquetadas aunque tampoco sepan qué ingredientes llevan.

Aquellos que se quejan por las filas y el desorden en las vacunaciones —que a decir verdad ha sido mínimo—, generalmente nunca se habían quejado cuando guardaban lugares bajo el sol en el Bando o, tantito peor, les ganaban sus sillas en el terreno donde se presentan los bailables y los artistas durante el Carnaval. A ese que le llaman foro —que no es— Ah Kim Pech.

Esa misma gente que dicen que nos inyectan agua, tampoco saben lo que hay en otras vacunas, en las inyecciones que les aplican cada vez que se enferman y acuden a su clínica favorita. Porque una cosa es leer el envase y saberse el nombre, otra muy diferente es saber lo que contiene y cómo funciona.

Pese a todo, la comunidad científica ha reconocido que las vacunas minimizan los síntomas del Covid —no lo eliminan—, y que hay menos gente inmunizada hospitalizada, que cuando desisten a ser vacunados. Al menos este experimento ya tiene resultados y son positivos.

Y de esta forma, entre la negativa para vacunarse y la cerrazón para cuidarse, y a la vez cuidar a los demás, mucha gente sigue disfrutando la vida en tertulias, paseos, reuniones, antros y demás, porque sólo le hacen caso a un reducido grupo de aduladores, que aplauden a quienes dicen que no pasa nada, y que hasta podemos andar por la vida sin el tapaboca, o que “el Ómicron es un covidcito”. ¡Qué estúpidos!

Ahora que tenemos la oportunidad de vacunarnos con la dosis de refuerzo que ya hemos pagado con nuestros impuestos, vayamos a recibirla sin importar lo que diga el vecino, lo que piensen los “influencers” o haya emitido en sus redes sociales algún artista reconocido. Ellos no son —ni yo, claro— científicos.

Hagamos caso a quienes a diario dan su vida por la nuestra, a quienes se arriesgan estudiando el virus. Seamos empáticos y recordemos a tanta gente conocida que ha muerto a causa de este Covid-19, pero aún mejor, aportemos nuestro granito de arena para que acabe pronto la pandemia. Si ya hay pruebas de que las vacunas sirven, entonces el experimento sí funcionó.

 

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