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Perfiles constitucionales

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Víctor Collí Ek

Necesitamos redimensionar la democracia

Las democracias actuales están en problemas, eso es indudable, y mucho de ello está en que la democracia representativa el día de hoy y quizá nunca ha podido cumplir con el ideal del Gobierno popular. Por esa razón estamos en la necesidad de un paradigma alternativo. Esas son palabras de la profesora de la Universidad de Yale Hèlén Landemore en su reciente libro “Open Democraciy. Reinventing Popular Rule for the Twenty-First Century”.

Los hechos no mienten y son muy notorios, el día de hoy somos testigos de un significativo apagón en el votante, al igual de un declive de los partidos como vehículos de participación masiva, o la gran polarización en el escenario político, así como el resurgimiento del extremismo y el populismo —por lo menos de la versión que descalabra—.

Para algunos, estos factores son síntomas innegables de crisis. Sin embargo para otros no es un signo de ello, sino de ajuste, en un mundo cambiante —la más reciente pandemia ha tenido un efecto significativo como ejemplo— con una economía globalizada —o glocalizada— y un mundo interconectado.

Para ellos estamos siendo testigos de un paso evolutivo más, lo que quiere decir que han habido otros que antecedieron. Cambiaron las democracias parlamentarias, a las constitucionales, a las liberales, a las democracias de partidos, posteriormente a las democracias de audiencias o a las democracias del público.

En esta última etapa por ejemplo, la elección de Trump en esta visión más optimista, es símbolo de necesidad de un nuevo tipo de democracia. Nos expresan que donde deberíamos de tener cuidado es en el hecho de que la gente pierde el interés en lo político, los optimistas de la democracia dirían que no parece ser lo que está sucediendo, lo vemos en lo que está pasando en Chile con la Constitución, en Brasil con las elecciones, en Francia y España con la crisis económica-energética de cara al invierno.

Entonces una pregunta interesante es, ¿se trata de sólo problemas o de una genuina crisis interna o externa de los regímenes democráticos? Que tal si lo que está pasando es causa de factores externos a lo democrático, como por ejemplo: la globalización, el cambio tecnológico, las crecientes inequidades económicas o la crisis del capitalismo.

Un problema es que igualmente podemos hacer la lectura contraria, ¿qué tal si estos factores “externos” no son afectaciones a la democracia, sino resultados de sus diseños defectuosos? Esto los convertiría en un problema interno que debe ser atacado.

Para esta postura un punto central está en que al descansar fuertemente el actual diseño de la democracia representativa en la participación de los partidos, estos no van bien con algo que es fundamental, la deliberación. En ese sentido, donde estaría el defecto es en la traducción institucional de la democracia.

El concepto protagónico —inclusive más que la democracia— de este entramado institucional actual es el de representación, altamente cargado de ideología. Lo que nos propone la profesora Landemore es un cambio de términos, para lo cual sería necesario renovar los antiguos paradigmas y empezar frescos por varias razones.

Primera. La nomenclatura. En la actualidad llamar a la democracia representativa es redundante e infructífero.

Segunda. Al haber surgido la democracia representativa como una alternativa al Gobierno representativo, es difícil desestructurar lo construido con el paso del tiempo.

Tercera. Es difícil limpiar el nombre de un paradigma que es mundialmente asociado con la dimensión electoral y por tanto elitista. ¿Cómo recobrar formas no electorales y significados diferentes de representación, cuando la democracia representativa está definida por las elecciones?

Cuarta. La asociación de facto de la democracia representativa con el Estado-nación y el corto entendimiento de lo que significa lo político, especialmente en un mundo global, genera una barrera infranqueable.

Un nuevo entendido de lo democrático debe de ser más ambicioso, expandirse lateralmente a la esfera económica y verticalmente al nivel internacional, con la posibilidad de desmaterializarse o por lo menos desterritorializarse.

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