Tribuna Campeche

Diario Independiente

De política… y cosas peores: Buenos frutos revolucionarios

Catón

“Aprendan, flores, de mí, / lo que va de ayer a hoy, / que ayer maravilla fui / y ahora ni sombra soy”. Esa dolorida endecha podría recitarla el PRI, que durante décadas gobernó en todos los Estados del país y ahora está reducido a solamente dos. El priísmo nacional, desprestigiado hasta el extremo por una vergonzosa cúpula, se mantiene nada más por la inercia que le dan sus 70 años de dominación. Me temo, sin embargo, que los mexicanos salimos de la sartén sólo para caer al fuego. El poderío del PRI guardaba ciertas formas; si alguno se apartaba de ellas lo pagaba con defenestración o cárcel. A veces, ciertamente, la llamada “dictadura benévola” se volvía malévola. Si aquella sosegada fiera se sentía amenazada daba rabiosos coletazos, como en el 68 o el 71, y no mentirá quien diga que en ocasiones recurrió al asesinato como instrumento de política. Pero esos eran casos de excepción, y en general los regímenes priístas gobernaban sobre un pueblo sometido pero satisfecho. “Que roben, pero que hagan”, era la resignada consigna popular. Y ellos robaban, pero hacían. Los buenos frutos dados por “la familia revolucionaria” fueron de mucha consideración. Llegó el tiempo, no obstante, en que los ciudadanos despertaron de aquel largo letargo y votaron por la alternancia. Vinieron entonces dos sexenios panistas, el uno frívolo e ineficaz, el otro ineficaz y cruento, y eso favoreció que regresara el PRI en la persona de Enrique Peña Nieto. La corrupción de su régimen fue tal que motivó que un hombre como López Obrador llegara al poder. Ni con el pétalo de una mañanera ha tocado el tabasqueño a quien lo antecedió en el cargo, lo cual ha dado base a muchos para pensar que Peña ofreció facilidades y AMLO prometió impunidades. Al parecer Peña cumplió, y López, según se ve, ha cumplido. La derrota del PRI en el Estados de México añade un clavo más, y de los grandes, al ya casi cerrado ataúd de la cúpula priista. Si los verdaderos militantes del partido tricolor —muchos hay todavía, y muy valiosos— no se rebelan contra la mafia que se ha apoderado de la dirigencia, y que tan malas cuentas ha rendido; si esos cuadros no demuestran que en el PRI nacional todavía queda algo de decencia, entonces el partido alcanzará la menguada estatura e indigna calidad del PT o el Partido Verde, y ningún otro partido querrá hacer alianza con él, por elemental vergüenza. Pero basta de vergüenzas. Procederé a narrar un curioso chascarrillo y luego haré discreto mutis… El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Quinta Venida (no confundir con la Iglesia de la Quinta Avenida, que permite el adulterio a los miembros de la congregación que estén al corriente en el pago del diezmo), preguntó a los asistentes al servicio si alguno quería dar gracias al Señor por algún beneficio recibido. Una señora se puso en pie y narró: “Mi esposo tuvo un accidente de motocicleta a consecuencia del cual el escroto le quedó todo destrozado”. Los varones presentes se estremecieron al oír eso. Pensaron en lo doloroso que debe haber sido para aquel infeliz tener destrozada la bolsa que cubre los testículos y las membranas que los envuelven. Prosiguió la señora: “Los médicos le quitaron lo que le quedaba del escroto y le pusieron uno metálico”. Otra vez los hombres se estremecieron. Concluyó la mujer: “Ahora mi esposo sufre ciertas incomodidades con su escroto de metal, pero agradezco al Señor que lo haya conservado”. “Precioso testimonio, hermana —agradeció el pastor—. ¿Alguien más quiere hablar?”. Un feligrés se levantó: “Yo soy el esposo de la señora, y quiero decirle que la palabra no es ‘escroto’. Es ‘esternón’”. FIN.

El señor “fraudes”

Mirador

Armando Fuentes Aguirre

Cuando llueve en el Potrero los hombres vuelven a creer en Dios. Las cabras, que antes rechazaban al chivo, lo reciben ahora de buen grado, pues saben que habrá hierba para su alimento, y por tanto leche para sus crías.
En la cocina de la antigua casa las conversaciones que siguen a la cena se animan otra vez. Doña Rosa, la mujer de don Abundio, narra:
—Cuando Abundio era joven fue a Saltillo. Era la época de Navidad, y cuando compró unas botas en la zapatería le dieron un almanaque. Después surtió el mandado que le encargó su madre, y el abarrotero le regaló igualmente un almanaque. Lo mismo le sucedió en la botica: también ahí le dieron su almanaque. Por la noche fue con las pintadas. Estuvo con una de ellas, y cuando le pagó le dijo: “¿No me va a dar mi almanaque?”.
Todos reímos, y don Abundio se enfurruña:
—Vieja habladora.
Doña Rosa figura con índice y pulgar el signo de la cruz, lo besa y jura:
—Por ésta.

¡Hasta mañana!…

Manganitas

AFA

“…AMLO cenó en restorán con gobernadores morenistas.”.

La gente estuvo contenta.
Hubo brindis animados.
Debimos ser invitados:
tú y yo pagamos la cuenta.

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