Tribuna Campeche

Diario Independiente

De política… y cosas peores: Sexualidad

Catón

Declaró un sujeto: “A mi esposa le gusta el sexo oral”. Se hizo el silencio entre quienes oyeron esa indiscreta manifestación. Completó el tipo: “No deja de hablar mientras lo hacemos”. El maestro de Derecho Penal les dijo a sus alumnos: “Si tienen sexo con una mujer mayor de edad sin su consentimiento, eso es un delito: violación. Si tienen sexo con una mujer menor de edad, con o sin su consentimiento, eso también es un delito; estupro. Si tienen sexo con una mujer mayor de edad con su consentimiento, eso es un deleite. Felicitaciones”. Un amigo mío de madura edad suele decir: “Nunca supe mucho de sexo, y lo poco que llegué a aprender se me ha olvidado. Aun así pienso que en el sexo debe haber consentimiento, y que debe hacerse con sentimiento”. Explica su juego de palabras: “La unión carnal no es plena si no hay en ella libertad y amor. Todo lo que en el acto sexual se haga debe hacerse con libre aceptación de la pareja y sin daño para nadie. Lo que a una parte da satisfacción, y a la otra dolor, molestia o desagrado, ha de estar fuera de la relación. Una buena educación sexual es importante, de modo que el placer no sea estorbado por prejuicios, temores infundados o tabúes religiosos. En esto, como en todo, la integración de la pareja se consigue cuando hay absoluta igualdad entre los dos, comprensión mutua y, sobre todo, amor”. Sigue mi amigo: “Yo soy del tiempo en que las cosas del sexo las aprendíamos en pláticas morbosas de esquina o de taberna, pues ni en la casa ni en la escuela se trataba el tema. Nuestra iniciación sexual tenía lugar casi siempre en los burdeles, con mujeres endurecidas por el oficio y por los años y que mascaban chicle mientras hacían su trabajo. Y sin embargo las mamás de las muchachas en edad de merecer esperaban que el hombre con quien su hija se iba a casar estuviera ya “corridito” o “paseadito”, para que no sintiera la tentación, luego de matrimoniado, de seguir con sus devaneos. Sé que las cosas han cambiado, y que hay ahora un mayor grado de igualdad entre el hombre y la mujer. Aun así ésta sigue siendo víctima de acoso y de violencia. El machismo no ha desaparecido, ni ha bajado el índice de delitos sexuales. Por encima de anacrónicas ideas y absurdos dictados religiosos los temas relacionados con la sexualidad deben ser abordados tanto en el hogar como en la escuela con prudencia y conocimiento. Así se evitarán problemas como los muy graves de los embarazos entre adolescentes, la violencia doméstica y las agresiones contra mujeres”. Postula mi amigo: “El ejercicio de la sexualidad, ya sea para propósitos generativos o por placer y expresión mutua de afecto, es el mayor goce que una pareja puede experimentar, pero sólo si su unión está presidida por el amor y el sentido de responsabilidad”. Y concluye: “Si Diosito inventó algo mejor que eso, seguramente se lo guardó para él”. He transcrito las tesis de mi amigo porque creo que puede ser de interés para alguno de mis cuatro lectores, y también para dejar de hablar, siquiera un día, de López Obrador. Dos viajeros llegaron a un pueblo de regular tamaño llamado Cuitlatzintli. Entraron en un restorán a comer algo, y en el curso de la charla empezaron a discutir sobre la manera correcta de escribir el nombre del poblado. Llamaron al encargado del local y le pidieron: “Díganos el nombre del lugar donde nos encontramos, pero deletreándolo despacio para poder luego escribirlo correctamente”. Deletreó el hombre: “B-u-r-g-e-r-K-i-n-g”… Una recién casada le contó a su amiga: “Mi marido me trata muy mal. En tres meses de matrimonio he perdido 12 kilos”. Exclamó la otra: “¡Préstamelo!”. FIN.

Mirador

Armando Fuentes Aguirre

El día que el padre Pater falleció se llevó una gran sorpresa: llegó al cielo. No esperaba verse ahí. Nunca había pecado gravemente, es cierto, pero tenía una culpa que a nadie reveló jamás: no creía en Dios. En algún momento de su vida, sin darse cuenta, se había vuelto ateo.
Siguió cumpliendo los deberes de su ministerio. Oficiaba la misa con piedad; sus homilías se apegaban a la más rígida ortodoxia. Aunque era cura de aldea su obispo lo ponía de ejemplo a los demás presbíteros.
El padre Pater se vio en presencia del Señor. Le dijo éste:
—¿Creerás ahora en mí?
Respondió el buen sacerdote:
—No me queda otro remedio.
Sonrió el Señor y le hizo otra pregunta:
—Si no creías en mí ¿por qué seguiste siendo sacerdote?
—Porque amaba a mis feligreses, y quería darles los dones de la fe, la esperanza y el amor.
El Señor le dijo:
—Si amaste a tu prójimo y le hiciste el bien, entonces me amaste a mí, aunque no creyeras. Es más importante amar que creer. Entra a mi casa.
¡Hasta mañana!…

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