Tribuna Campeche

Diario Independiente

De política… y cosas peores | En presencia del amor o la muerte

Catón

Él era el artista; yo quien lo iba a presentar. Momentos antes de que empezara la función me preguntó entre bambalinas. “¿Estás nervioso?”. “Sí —le contesté. Me dijo: “No te preocupes. Yo también lo estoy”. El Teatro de la Ciudad “Fernando Soler”, de Saltillo, estaba lleno a su máxima capacidad. Hice la presentación; actuó el artista, y el aplauso que recibió al final fue de apoteosis. Fuimos a celebrar la ocasión en el restaurante que frente a la Alameda tenía Rebeca Garza Arocha, amiga inolvidable que a su calidad de excelentísima anfitriona añadía un gran gusto por la música. Cenamos estupendamente, y cuando llegó la hora de cerrar se abrió para nosotros el goce del buen vino y la canción. Como por magia de arte apareció una guitarra que traía consigo a su respectivo guitarrista. Comentó el personaje a quien yo había presentado: “He aprendido una bella canción mexicana que se llama ‘A la orilla de un palmar’”. Se volvió hacía mí. “¿La sabes?”. “Claro”. Me emplazó: “Vamos a cantarla. Toma tú la primera voz”. La tomé, porque estaba algo tomado, y canté “A la orilla de un palmar” con Giuseppe Di Stefano, el más grande y famoso tenor en ese tiempo. No me he cansado nunca de presumir ese memorable dúo, a la manera del organillero que en una calle de Milán daba vueltas a la manivela de su organillo, el cual tocaba “La donna è mobile”. Pasó por ahí Verdi y le indicó al hombre que el tempo del aria era más rápido. Tomó la manivela del aparato y le mostró cómo debía tocarla. A partir de ese día el organillero llevaba en su organillo un gran cartel en el cual proclamaba con orgullo: “Fulano de Tal. Discípulo del maestro Verdi”. Así yo, que me jacto de haber formado parte del dueto “Di Stefano-Fuentes”. (Se citan por riguroso orden alfabético). Amo la ópera, ese extravagante, absurdo género donde la gente canta en presencia del amor o de la muerte. Considero que el mejor tenor del mundo es en la actualidad un mexicano: Javier Camarena. Y mi corazón, tan difícil de alegrar últimamente, se alegró cuando supe que ese extraordinario artista va a cantar una serie de recitales con canciones de Cri Cri. El hombre en quien encarnó el Grillito Cantor, Francisco Gabilondo Soler, fue un genio, un amable genio. En sus canciones infantiles abordó una amplísima variedad de ritmos: la marcha, el vals, el tango, la música ranchera, el bolero, la guaracha, el fox-trot y un largo etcétera más. En su obra hay lo mismo gracia que hondo sentimiento, y hasta mensajes sociales como en “El jicote aguamielero”. “La muñeca fea” es una conmovedora muestra de solidaridad, de amor a quien lo necesita. En “El ropero” hay nostalgia de pasados tiempos, bellas evocaciones de cosas idas que jamás se van. Una de las más tristes frases que se pueden oír en toda la canción mexicana es aquella que no puedo escuchar sin que mis ojos se humedezcan, sensible —o sensiblero— como soy: “Di por qué frente al ropero / donde hay tantos retratos, / di por qué lloras a ratos, / dime abuelita por qué”. Y es que recuerdo a la madre de mi esposa llorando ante la luna del espejo en el que tenía puestos los retratos de su hija y su hijo mayores, muertos los dos en plena juventud cuando apenas habían pasado los 20 años. Aplaudo desde ahora a Javier Camarena con una ovación tan larga como las que recibió en el Teatro Real y las muchas que le han tributado en el Met. Aplaudo también a las cantantes que lo acompañarán en el escenario. Y felicito a quienes tuvieron la idea de homenajear a ese notable artista, Francisco Gabilondo Soler, Cri Cri, que ha puesto letra y música a la vida de millones de niños mexicanos. FIN.

Mirador

Armando Fuentes Aguirre

Paso ante el nogal grande del huerto y ganas me dan de quitarme el sombrero ante él.
Tiene quizás el doble de los años que yo tengo. Don Licho —Eliseo—, que está por cumplir el centenario, dice:
—Ese nogal ya era árbol cuando yo era niño.
El rayo partió su tronco en dos. Su fronda se secó. Pensamos que había muerto. Pero al llegar la siguiente primavera reverdeció y dio fruto.
Este año volvió a darlo. Es nogal criollo; sus nueces son pequeñas, de cáscara muy dura. Pero las palomas de ala blanca saben que son las más sabrosas y más ricas, y disfrutan las que han sido aplastadas por los hombres, los animales o los vehículos que por el camino pasan.
Mañana muy temprano iré a visitar al nogal grande. Si nadie anda por ahí me quitaré el sombrero y me inclinaré, respetuoso, ante él como ante un venerable sembrador que a pesar del rayo y del tiempo no se rinde. Se agitarán sus hojas en las ramas aunque no haya viento, y sabré que me está agradeciendo la visita.

¡Hasta mañana!…

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