Tribuna Campeche

Diario Independiente

De política… y cosas peores | Tauromaquia

Catón

Rancho Seco, la ilustre y prestigiosa ganadería de reses bravas de don Sergio Hernández, gran criador de toros, gran señor, cumplió recientemente un siglo de edad. El lema de la celebración fue “100 años de amor al toro”. Expresiva es la frase, y verdadera. En efecto, nadie ama y nadie cuida al toro de lidia como el que lo prepara para ser lidiado. El toro de casta no es una res cualquiera, de las destinadas al matadero para aprovechar su carne. Ver a un toro bravo en la dehesa es mirar a uno de los animales más bellos y majestuosos que sobre la tierra existen. En su raza lleva la majeza; la bravura es parte de su instinto. He visto becerritos de días de nacidos embestir al hombre que se acerca a ellos o a su madre. Bien conocida es la leyenda del toro que embistió de frente a la locomotora que por primera vez cruzó su prado. Gallardo, hermoso, fiero, y al mismo tiempo noble es el toro de lidia. Prohibir las corridas de toros es condenar a esa magnífica criatura a la extinción. Es falsa la idea de que puede sobrevivir en otro ambiente que el de las ganaderías donde nace y crece especialmente para ser lidiado. Desde hace miles de años la humanidad ha aprovechado su bravura para mostrar arte, destreza y desafío a la muerte. Lo sabe quien ha visto —como yo— los murales de Creta, cuyas esbeltas mujeres de desnudos torsos desafiaban al toro, y cuando las embestían saltaban sobre él para apoyarse en su lomo y caer luego de pie luego del osado y grácil giro en que burlaban al Minotauro. Más de un milenio hace que hay fiesta de toros en España, y varias centurias de que existe en México. Los llamados animalistas tienen buenas intenciones, pero no buenas razones. Sus ataques contra la tauromaquia son en verdad ataques contra el animal al que dicen defender y al que con sus acciones, fincadas en el desconocimiento de la fiesta, condenarían irremisiblemente a la desaparición. ¿Que hay sangre en el curso de la lidia del toro? La hay con motivo, para hacer posible su toreo y su destino final, digno y no sórdido como el de la matanza de reses en el rastro. Y en ocasiones la sangre es de torero, como escribió Lara en su vibrante pasodoble: “Torero: quién sabe / si el precio del triunfo lo paguen tu vida y tu sangre”. Hoy reconozco a Yasmín Esquivel, pues por su intervención fue posible levantar la absurda e ilegal prohibición de las corridas de toros en la Plaza México, la más grande del mundo, indebido veto que no sólo atentaba contra una tradición valiosa, un arte único y una fuente de sustento para millares de personas, sino también contra los derechos y la libertad de incontables aficionados. Acotación final. No dudo que desgraciadamente al paso de los años la fiesta de toros desaparezca, por su alto costo, por la ignorancia y desinterés de las generaciones nuevas y por la estolidez general que condena a la extinción a muchas cosas bellas. Pero en cualquier caso les ruego con respeto y consideración a los animalistas, algunos tan agresivos a veces, y aun tan violentos, que permitan que la fiesta brava muera de muerte natural. No la asesinen. Er Ninio der Cipote, matador de toros, llegó a su casa hecho una laceria después de la corrida. Traía una sola zapatilla; llevaba las medias color de rosa en los tobillos, rotas; el terno todo desgarrado, y había perdido la montera. Lleno de polvo, desgreñado, parecía echar sangre por los nueve orificios naturales de su cuerpo. “¡Josú der Gran Poé! —exclamó asustada su mujer, gachí agitanada—. ¿Te cogió er toro?”. Respondió con gemebundo acento Er Ninio: “¡Nomás eso le faltó al hijoeputa!”. FIN.

Mirador

Armando Fuentes Aguirre

El perro de don Abundio el del Potrero tiene sonoroso nombre: el Almirante. Explica su dueño:
—Es que el animalito es blanco, negro y amarillo, y todos se almiran al verlo.
La misma admiración me causaba a mí el perro del doctor Mariano Narváez, gran médico, gran melómano y gran maestro mío en la Normal Superior de Coahuila. Ponía el doctor un disco de música clásica en la consola de su casa y el can venía y se echaba al pie de la bocina para escuchar a Bach, a Mozart o Beethoven. Cambiaba el disco don Mariano, ponía uno de música corriente, y el perro escapaba de inmediato lanzando ladridos de protesta.
La música amansa a las fIeras, dice el aforismo.
Habrá que añadir: la buena música.

¡Hasta mañana!…

Manganitas

AFA

“…Exhiben una película sobre Napoleón Bonaparte…”.

Preguntó, fruncido el ceño,
alguien de la oposición:
“Es sobre cuál Napoleón:
¿el de Francia o el tabasqueño?”.

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