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Reconstruyen Campeche del siglo XVIII

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En Campeche han surgido obras para transformar el aspecto urbano. El trabajo de mejoramiento de imagen urbana, que incluyó reconstrucción de tramos de murallas en el 2013, específicamente en los baluartes de San Pedro y San Juan.

También se emprendieron, a finales de ese año, los trabajos de excavación para la reconstrucción de la Aduana Marítima y Las Atarazanas, edificios del siglo XVIII que completaban el conjunto del antiguo Palacio de Gobierno (frente al Parque Principal del centro).

Miguel Cárdenas Barrera, historiador de la Coordinación de Sitios y Monumentos Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), expresó que la vida de la Villa de San Francisco de Campeche giró siempre alrededor de la plaza principal, que en un principio (siglos XVI y XVII) fue una plaza abierta al mar. Pocas ciudades como Campeche, si acaso La Habana, pudieran darse ese lujo.

En el siglo XVIII se dan las construcciones de edificios frente a la plaza, que son el conjunto de la Aduana, Palacio y Atarazanas, “se trata de una serie de edificios, de carácter más o menos militar, pero que tuvieron como origen la prolongación de las edificaciones del Baluarte de la Soledad”, describe José Antonio Calderón Quijano, en su libro “Fortificaciones en Nueva España”, página 281.

En el libro se explica que en 1778, Rafael Llobet proporciona un plano en el que se habían emplazado edificios antiguos “y el nuevo destino que da a estas edificaciones es: aduana provisional, casa de Cabildo, cuerpo de guardia, principal y almacenes”.

Más tarde, el plano de García Preciat propone que el destino que se da a estos edificios, “Aduana Marítima, Palacio Municipal, sin alteración, y al cuerpo de guardia principal se le ha transformado en Palacio de Gobierno, mientras que los almacenes son las actuales Atarazanas, finalidad que como vemos tuvieron también entonces”.

Estas construcciones, desde el punto de vista del arqueólogo y arquitecto Miguel Barrera Cárdenas, arquitecto de Sitios y Monumentos Históricos del INAH Campeche, “alteraron, modificaron y agredieron los espacios históricos como el Baluarte de la Soledad”, haciendo ver encerrada en sus cuatro caras a nuestra plaza mayor.

Ciudades como Puebla, Zacatecas, Distrito Federal y Yucatán tienen este estilo de plaza principal -aporta- estilo virreinal, con sus cuatro caras rodeadas de hermosas edificaciones. Lo que hacía única a la ciudad de Campeche antes del siglo XVIII que se erigiera dicho palacio.

Fue hasta que el gobernador José Ortiz Ávila (1961-1967) ordenó la demolición del conjunto del viejo Palacio de Gobierno. Así, quedó otra vez la planta original de nuestro Centro Histórico abierto al mar, siendo obstaculizado únicamente por el lienzo de muralla que habría de llegar hasta la Puerta de Mar (demolida en 1893 y reconstruida en 1957).

Sería imposible reconstruir todos los edificios importantes que han sido demolidos a través de los años, más aún si nuestro Centro Histórico está saturado, o sobresaturado con el paso de 500 vehículos por día en el hexágono central.

Lo que es cierto, es que muchas intervenciones para recuperar la historia han sido acertadas, ejemplo claro es la hermosa Puerta de Tierra que captura las miradas de decenas de turistas que se detienen frente a ella para tomarse fotografías en el marco de la Puerta y las esculturas que la escoltan.

La demolición de muchos edificios antiguos en el siglo XIX y hasta de partes de muralla que tenían vista al mar, dio pie a la gran paradoja histórica, pues también abrió camino al desarrollo de un nuevo Campeche, tal como lo señaló el escritor Enrique Pino Castillo en su obra “Los 11 malecones de Campeche”.

Tal vez no veremos nunca una réplica del Bonete, el Fuerte de San Benito, la batería de San Lucas o los largos tramos de muralla perdidos, aunque urgente es la rehabilitación del Baluarte de San Carlos y Santa Rosa, que presentan un deterioro visible.

Lo cierto es que, el hexágono que es nuestro bello Centro Histórico, late como un corazón de venas obstruidas por el paso cotidiano de vehículos, el amontonamiento, la histeria de la contaminación del ruido, venas que de ninguna manera deberían seguir siendo saturadas, sino liberadas para que el espíritu cultural e histórico siga vivo.

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