Tribuna Campeche

Diario Independiente

De política… y cosas peores | Onerosos caprichos

Catón

En inglés se llama un quickie. En español se conoce como “un rapidito”. Es el acto sexual llevado a cabo presurosamente. Esa premura atenta contra la calidad de tan íntima acción. Para obtener el mayor deleite del acto del amor éste debe ser moroso, lento, precedido por caricias y juegos eróticos que pongan a los amantes en el estado de ánimo propicio a la mutua entrega y los lleve a la plenitud de espíritu y de cuerpo que ninguna otra experiencia humana puede brindar. Pienso en aquel fraile goliardo a quien las mujeres apodaban “el padre Incapaz”, porque las hincaba y ¡pas! Y traigo a colación ahora el caso del joven marido a quien lo acometió el deseo amatorio en el momento en que debía levantarse para ir a trabajar. Le propuso a su linda esposa: “Vamos a echarnos un rapidito”. Replicó ella: “¿Acaso sabes de otros?”. Moraleja: para comer y para con ge no hay que correr. Lo que en seguida voy a relatar no es histórico: es verídico. En tiempos de Abderramán, califa de Córdoba en la España musulmana, había un excelso cantor cuyo nombre era Ziryáb. Tenía una voz que acariciaba a la vez el oído y el alma, y un sentimiento que conmovía a quienes lo escuchaban. Un día deleitó al poderoso señor con una canción tan bella que Abderramán ordenó al punto que se le dieran 30 mil dinares, extraordinaria suma que bastaba para comprar un palacio. Los tesoreros recibieron la orden, y el principal entre ellos, Musa, dijo: “Aunque se nos llame tesoreros del califa somos en verdad tesoreros del pueblo. Percibimos sus tributos no para dilapidarlos o apoderarnos de ellos, sino para emplearlos en aquello que sea de verdadera utilidad para la gente. Ninguno de nosotros querrá que cuando se nos juzgue seamos acusados de haber tomado 30 mil dinares de la comunidad para darlos a un cantante por haber regalado al califa una copla”. El enviado de Abderramán le llevó la respuesta de los tesoreros. Todos pensaron que el señor los iba a hacer ejecutar por desobedecerlo. Se equivocaron. Dijo el califa: “Los tesoreros tienen razón. Los haré ministros, pues resistieron una orden mía mal dada”. Y de su peculio le dio al cantor la prometida recompensa. De un coronista árabe español saqué esa anécdota que no requiere de comento, aunque sí de comparación con los actuales tiempos de nuestro país, donde los dineros que los contribuyentes pagamos al Gobierno, dineros ganados con nuestro trabajo de cada día, son empleados no en procurar el bien público, sino para cubrir el oneroso costo de los caprichos de un solo hombre, el presidente López, que gasta lo que no es suyo en obras enrumbadas al fracaso y en dádivas para aquéllos que a cambio le darán su voto. Su sexenio está por terminar, pero con Sheinbaum su poder no acabará… El doctor Duerf, psiquiatra de prestigio, le dijo a doña Gules, su paciente: “En las 154 sesiones anteriores hemos trabajado con su subconsciente. A partir de la próxima semana empezaremos a trabajar con el inconsciente”. Declaró doña Gules: “No creo que mi marido quiera venir”… Con varios nombres es conocido el pavo en México: guajolote, pípilo, totol, cócono, mulito, cholo, concho. El padre Sahagún, relator de las cosas del México antiguo, escribió que los guajolotes tienen una gran papada que les cuelga del pico, y la mujer que quiere mal a un hombre porque le hizo algún daño le da a comer de esa carne “para que ya no pueda armar el miembro gentil”. Lo anterior viene a cuento porque ayer un pavo de granja le dijo a otro: “Es tiempo de empezar la dieta, hermano. Ya se acerca la temporada en que a los compañeros gordos se los llevan y no los volvemos a ver”. FIN.

Manganitas

AFA

“… El invierno será frío…”.

Aunque la época invernal
este año sea canija,
no aguantará una cobija
de tequila o de mezcal.

Mirador

Armando Fuentes Aguirre

Nada es como antes, y nada será como es ahora. Lo dijo el sabio Heráclito al hablar del permanente cambio de las cosas y del eterno devenir del tiempo: el agua del río que moja tu pie no es el agua del río que moja tu pie.
A veces lo que los sabios dicen no es tan sabio. En mi ciudad, por estos días, los días son como los días de antes. Vuelvo a vivir los tiempos en que mi niñez se gozaba viendo la neblina que no dejaba ver nada. Desaparecían en ella el alto campanario de la Catedral y la gran cúpula del templo jesuita de San Juan Nepomuceno, y desaparecían también las casas de la cercana esquina, y el carro del cochero, y se perdía en la bruma la ingente mole de la sierra de Zapalinamé, que tenía el tamaño de todo el universo.
Ha vuelto esa neblina, y es la misma de antes. Hay una diferencia, sin embargo. Ahora yo también me pierdo en ella. Soy una más de las cosas que desaparecen. Quien me busque no me encontrará. Si yo mismo me busco no me encontraré. Bendita niebla.
¡Hasta mañana!…

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