Tribuna Campeche

Diario Independiente

Frente a la pobreza | ¿Vamos bien?

Rogelio Gómez Hermosillo

Los resultados presentados por Coneval son “agridulces”. Hay buenas y malas noticias. Enfatizar unos u otros puede ser válido, pero negarlos es propaganda. Prefiero mostrar puntos para comprender cómo vamos y sobre todo para trazar cómo podemos avanzar más en construir un país más justo, equitativo e incluyente.
Es muy buena noticia que la pobreza se reduce. Baja de 42% a 36% de la población de 2018 a 2022. Son 5 millones de personas menos en pobreza.
Es mala noticia el desplome en el acceso a servicios de salud (y no, no es por cómo se preguntó). La carencia sube más del doble de 16% a 39% en el mismo periodo. Son 30 millones de personas más, en total 50 millones carecen de acceso a servicios de salud. Es grave sobre todo porque afecta a personas con trabajos precarios, es decir “informales”.
La pobreza baja, pero aún es muy alta. Afecta a 46 millones de personas. Y nos mantiene muy por debajo del nivel de nuestra economía y sus fortalezas. Está bien la reducción, no está muy bien el nivel. Y menos aún, tres condiciones —que aun mejorando— tienen efectos duraderos:
1) La pobreza crónica de indígenas que se arrastra por décadas. 2 de cada 3 indígenas viven en condición de pobreza y 9 de cada 10 presentan al menos una carencia social. Son menos que antes. Son muchos y la mejora es poca.
2) La pobreza de la mitad de las niñas y los niños, pues tiene efectos duraderos, en su futuro. Crea un círculo vicioso que reproduce la pobreza, pues, por ejemplo, se relaciona con desnutrición crónica en la primera infancia que afecta el desarrollo de las capacidades del cerebro y con bajo desempeño educativo.
3) La pobreza que afecta a más de la tercera parte de jóvenes (37%), pues también tiene efectos duraderos al futuro. Las y los jóvenes de hogares en pobreza tienen mayor deserción escolar y con ello, mayor probabilidad de quedar sin trabajo o acceder a trabajos precarios con bajos salarios.
Finalmente, el tema más polémico y usado en la discusión polarizada que afecta toda la conversación pública refiere al impacto de los programas gubernamentales de transferencias monetarias.
Una evaluación requiere considerar el impacto social y ubicar cada programa en su mérito, y no como un conjunto homogéneo. No es posible en este espacio. Lo posible es tratar de estimar el efecto de los programas en el ingreso de los hogares, pues es la forma “directa” como inciden en la reducción de la pobreza.
Coneval nos da datos valiosos. En 2018, con una inversión de casi 25 mil millones de pesos (trimestrales, en valor constante a 2022), los programas tuvieron un efecto de casi 2 puntos porcentuales (1.9). Sin transferencias la pobreza subiría en 2018 a 43.8% (fue 41.9%).
En 2022, con una inversión casi tres veces mayor (268% más), de 66.7 mil millones de pesos, los programas tuvieron un efecto de 2.7 puntos porcentuales. Sin transferencias la pobreza subiría a 39% en 2022 (fue 36.3%). 8 décimas de punto más, con un monto mucho mayor. No es buena noticia. Convendría estimar el efecto de esa cantidad de recursos si se canalizaran sin sesgos hacia los más pobres.
Desde Acción Ciudadana Frente a la Pobreza, reiteramos la urgencia de tomar medidas efectivas para: lograr trabajo digno con remuneración suficiente; fomentar emprendimientos y economía social, para jóvenes y en comunidades indígenas; crear la infraestructura de servicios de cuidado (estancias infantiles, escuelas de tiempo completo y otros), para facilitar la inclusión económica de mujeres; política de empleabilidad para jóvenes en rezago educativo. Y por supuesto, para garantizar acceso universal a servicios de salud (ver análisis completo en frentealapobreza.mx)

Twitter: @rghermosillo

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