Layda presume seguridad y acusa misoginia, mientras el estado suma 32 ejecuciones
Mientras el estado acumula ejecuciones, y la percepción ciudadana sobre la inseguridad crece, la gobernadora Layda Sansores San Román prefiere justificar la incompetencia de su secretaria de seguridad y sus nulos resultados al afirmar que es culpa del machismo por lo que los campechanos no la aceptan.
En gira por el municipio de Candelaria, volvió a cerrar filas en torno a Marcela Muñoz Martínez, al afirmar que las críticas que recibe su jefa policiaca se deben a que es “una mujer competente”.
“Ese es el problema que tienen: que es mujer y competente”, dijo sin titubeos, como si bastara esa afirmación para justificar lo injustificable.
Campeche, que durante años presumió de ser un estado tranquilo, hoy enfrenta una ola de violencia que ni el discurso optimista del gobierno ni las gráficas semanales pueden ocultar. En lo que va de abril se han reportado al menos cinco ejecuciones, sumando 32 víctimas en lo que va del año. Ninguna de estas cifras se reflejó en el mensaje de Sansores, quien incluso aseguró que “hasta el gobierno de Estados Unidos” reconoce el nivel de seguridad en la entidad.
La narrativa oficial parece divorciada de la realidad. Para la gobernadora, los señalamientos hacia Muñoz Martínez no se deben a los abusos policiales, ni a la represión documentada contra periodistas y ciudadanos, ni al nulo esclarecimiento de homicidios, sino a que “no están acostumbrados a tener mujeres en la seguridad”.
Echar mano del discurso de género para blindar a una funcionaria cuestionada no sólo es reduccionista, sino peligroso. Porque si las mujeres tienen todo el derecho de ocupar puestos clave —como lo tienen—, también deben estar sujetas al escrutinio público cuando sus resultados no están a la altura. Competente no es quien lo dice su jefa política; competente es quien ofrece resultados, y hasta ahora, Campeche tiene poco qué presumir.
La insistencia de Sansores en defender lo indefendible revela más una cerrazón que una convicción. En vez de abrir el diálogo, escuchar las voces críticas o reconocer errores, el gobierno estatal prefiere construir una burbuja narrativa donde todo marcha bien y las críticas son pura misoginia.
Pero la realidad, esa que no se maquilla con gráficas, sigue hablando fuerte: ejecuciones, impunidad y miedo. Y para eso, no hay retórica que alcance.


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